Un intérprete varado y los soldados que no lo abandonaron

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Unas familias llegan al aeropuerto al amanecer en Kabul, Afganistán, el 24 de agosto de 2021. (Jim Huylebroek/The New York Times)
Unas familias llegan al aeropuerto al amanecer en Kabul, Afganistán, el 24 de agosto de 2021. (Jim Huylebroek/The New York Times)

Los estadounidenses le decían “Mikey” y, como intérprete de las Fuerzas Especiales, no se limitó a zanjar las diferencias lingüísticas. Hizo de todo, desde facilitar las negociaciones con los afganos locales leales a los talibanes hasta advertirle a un convoy para que se alejara de una emboscada.

“Mikey no era solo un intérprete normal”, recordó el sargento de primera clase Joseph Torres, un texano que prestó sus servicios en las Fuerzas Especiales. “Era nuestro salvavidas. Iba a todos los lugares a los que íbamos en las misiones más remotas y peligrosas. Gracias a él volvíamos a casa vivos después de los despliegues”.

No obstante, el día después de que Kabul cayó en manos de los talibanes, este afgano de 34 años se quedó solo.

Decidido a salir de Afganistán, se encontraba en una carrera desesperada hacia el aeropuerto con su esposa y sus dos hijos pequeños cuando fueron alcanzados por un tiroteo en medio de la multitud que se había reunido ahí para escapar. Su esposa y uno de sus hijos, de 6 años, resultaron heridos de bala en un pie.

Mikey relató que, mientras buscaba un hospital con el niño ensangrentado y gritando en brazos, recordó su época en el campo de batalla con el ejército de Estados Unidos.

“No dejaba de pensar, después de todo lo que hice por los estadounidenses”, dijo. “Después de todo mi trabajo duro y de arriesgar mi vida, ¿esto es lo que le pasa a mi familia ahora? Nos dejan morir aquí”.

Mikey (a quien se identifica por su apodo estadounidense por razones de seguridad) es uno de las decenas de miles de afganos que trabajaron para Estados Unidos y tienen solicitudes pendientes de visas aceleradas que les permitan reubicarse en Estados Unidos. El presidente Joe Biden ha prometido que los aliados afganos serán acogidos en “sus nuevos hogares” y ha calificado la situación en el lugar de “desgarradora”.

En una foto sin fecha de Joseph Torres, una captura de pantalla de los mensajes intercambiados entre Mikey y Joseph Torres esta semana. (Joseph Torres vía The New York Times)
En una foto sin fecha de Joseph Torres, una captura de pantalla de los mensajes intercambiados entre Mikey y Joseph Torres esta semana. (Joseph Torres vía The New York Times)

No obstante, la evacuación de los ciudadanos estadounidenses y de las personas con permiso de residencia sigue siendo la prioridad inmediata de la operación militar en curso en el aeropuerto de Kabul. Eso significa que muchos afganos que trabajaron con Estados Unidos, no pueden hacer mucho más que esperar… y tratar de mantenerse lejos de la vista de los talibanes.

Mikey trabajó como intérprete para las Fuerzas Especiales de 2009 a 2012 en Kandahar, y de 2015 a 2017 en Kabul. Una vez resultó tan malherido en una explosión que tuvo que ser trasladado por aire a un hospital de campaña.

La noche en que le dispararon a su mujer y a su hijo, Mikey los llevó a un hospital y luego se ocultó. Como prefería las habitaciones sin ventanas, cambió de ubicación cuatro veces en una semana.

Estaba esperando que el gobierno estadounidense le proporcionara un plan de evacuación; así como la aprobación de su solicitud de visa.

Y esperaba el momento en que lo encontraran los talibanes.

En las entrevistas realizadas desde sus búnkeres en Kabul a medida que se desarrollaban los acontecimientos durante la semana pasada, Mikey habló del calvario de intentar mantenerse con vida y mantener a su familia a salvo en medio del caos que ha dejado la salida de Estados Unidos de Afganistán. Sin noticias del gobierno estadounidense sobre cuándo o cómo podría salir, se dio cuenta de que los lazos que había forjado con los soldados estadounidenses podrían ser su única esperanza de salvoconducto.

Ahí es donde entró Torres, que ahora vive en Pecos, Texas.

Había trabajado con Mikey en múltiples despliegues, y ahora tenía una nueva batalla: liderar una operación global para sacarlo.

Para coordinar esas acciones, Torres y un grupo de unos 20 miembros activos y retirados del ejército formaron un grupo de chat de WhatsApp y un hilo por correo electrónico. Se pusieron en comunicación con militares, contactos del Departamento de Estado y miembros del Congreso, para intentar que Mikey y su familia subieran a un avión militar de evacuación.

Dicen que entienden por qué los ciudadanos estadounidenses tienen prioridad en las evacuaciones. La indignación se debe a la falta de un plan claro para todos aquellos afganos que trabajaron hombro a hombro con los estadounidenses, que pueden haberse convertido en objetivos ahora que los talibanes tienen el control.

“Es exasperante”, señaló Torres. “Compadezco a todos los que no tienen el apoyo que tiene Mikey”.

Mikey no intentó salir de Afganistán hasta que el peligro se hizo evidente.

Inició su solicitud de visa especial en 2012, cuando estaba en Kandahar con el ejército. Tuvo su entrevista, uno de los últimos pasos del proceso, en noviembre de 2018, cuando trabajaba en el campamento Duskin de Kabul. Todavía está esperando los análisis médicos y la aprobación. Los correos electrónicos que ha enviado para hacer un seguimiento de su solicitud no han tenido respuesta.

En todo Estados Unidos, los miembros de las fuerzas armadas están liderando sus propias campañas para presionar al gobierno de Biden para que amplíe la evacuación de afganos que trabajaron como sus intérpretes. Han recurrido a las redes sociales y han creado campañas de recaudación de fondos como “Help Our Interpreters” (Ayuda a nuestros intérpretes).

Los intérpretes militares se encuentran entre los aliados afganos más vulnerables. La naturaleza de su trabajo requiere que acompañen al personal militar en el campo de batalla y que estén presentes durante las interacciones con la población local. Si los habitantes de las zonas donde trabajaban eran hostiles con los estadounidenses, los intérpretes podrían ser identificados con facilidad por los talibanes.

Mikey era un adolescente en Kabul cuando Estados Unidos invadió Afganistán en 2001. En la secundaria se esforzó por aprender inglés, y su profesor de idiomas le sugirió que trabajara como intérprete para los estadounidenses después de graduarse.

Lo enviaron al aeródromo de Kandahar, una de las mayores bases militares de Estados Unidos en Afganistán, y desde allí a múltiples puestos remotos, donde ascendió con rapidez hasta convertirse en intérprete principal.

“Siempre fue divertido estar con Mikey, quien tiene una mente abierta y un gran corazón”, comentó Raymond Steele, sargento de primera clase y miembro activo de las Fuerzas Especiales que ha estado en contacto regular con él a lo largo de los años.

Entre las temporadas que pasó en Kandahar y Kabul, Mikey se casó. Se compró un auto y trabajó como taxista en Kabul. Él y su esposa tuvieron hijos.

No obstante, la era de Estados Unidos en Afganistán estaba llegando a su fin, y la de los talibanes se reanudaba. Eso dejó a innumerables afganos con una sensación de desamparo y de estar a la deriva, como lo estaba Mikey cuando hablamos por teléfono el sábado pasado por la noche.

“Estamos en la oscuridad”, me dijo. “Mis amigos estadounidenses dicen que solo hay que esperar, esperar a ver qué pasa. Que estemos preparados para irnos cuando nos digan”.

Luego, el lunes, alrededor de las 4 de la tarde, Mikey recibió un mensaje de texto sorpresivo de Torres: Vamos a sacarte, decía. Prepárate ya. Espera instrucciones.

La misión de rescatar a Mikey, con la ayuda de contactos militares actuales y retirados sobre el terreno, estaba en marcha, y las cosas se movían con rapidez. En un espacio de dos horas, Mikey y su familia estaban ocultos en un auto, con sus documentos, y en camino a una puerta del aeropuerto de Kabul donde lo esperaban miembros del ejército.

El martes, Mikey y su familia salieron de Afganistán a bordo de un avión militar estadounidense, cuyo destino inicial no se dio a conocer por razones de seguridad.

Su hijo cumplía seis años.

“Estoy muy aliviado y feliz”, afirmó Mikey durante una llamada desde la pista de aterrizaje en Kabul mientras esperaba para abordar al avión. “Mi gratitud es infinita por la ayuda y la amabilidad de mis hermanos estadounidenses. Nos han dado una segunda oportunidad en la vida”.

© 2021 The New York Times Company

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