Un insulto racial, un video viral y un ajuste de cuentas

Dan Levin
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Mimi Groves en la casa de sus padres en Leesburg, Virginia, el 27 de octubre de 2020. (Alyssa Schukar/The New York Times)
Mimi Groves en la casa de sus padres en Leesburg, Virginia, el 27 de octubre de 2020. (Alyssa Schukar/The New York Times)
Mimi Groves sostiene medallas de porrista en la casa de sus padres en Leesburg, Virginia, el 27 de octubre de 2020. (Alyssa Schukar/The New York Times)
Mimi Groves sostiene medallas de porrista en la casa de sus padres en Leesburg, Virginia, el 27 de octubre de 2020. (Alyssa Schukar/The New York Times)

LEESBURG, Virginia — El año pasado, Jimmy Galligan estaba en clase de historia cuando una alerta de su teléfono sonó porque había recibido un mensaje. Una vez que hizo clic para ver su contenido, se encontró con un video de tres segundos de una compañera blanca que miraba a la cámara y profería un insulto racial contra la gente de color.

Ya había escuchado ese insulto, dijo, en los salones y pasillos en sus años en el distrito escolar del condado de Loudoun. Les había mencionado el tema a maestros y administradores, pero, para su enojo y frustración, sus quejas no habían llegado a ninguna parte.

Así que conservó el video, que le envió un amigo, y tomó una decisión que repercutiría en toda Leesburg, Virginia, una ciudad llamada así por un antepasado del general confederado Robert E. Lee y cuyo sistema escolar había luchado contra una orden de desegregación durante más de una década después del histórico fallo de la Corte Suprema.

“Quería hacerla entender la gravedad de esa palabra”, dijo Galligan, de 18 años de edad, cuya madre es negra y su padre blanco, acerca de la compañera de clase que pronunció el insulto, Mimi Groves. Guardó el video y decidió que lo haría público cuando fuera el momento adecuado.

En un principio, Groves había enviado el video, en el que miraba a la cámara y decía: “Puedo conducir”, seguido del insulto, a un amigo en Snapchat en 2016, cuando era estudiante de primer año y acababa de obtener su permiso de manejo. Poco después, el video circuló entre algunos estudiantes de la Escuela Preparatoria Heritage, a la que ella y Galligan asistían, pero no causó mucho revuelo.

Galligan no había visto el video antes de recibirlo el año pasado, cuando él y Groves estaban en el último año. Para entonces, ella era capitana del equipo de porristas y soñaba con asistir a la Universidad de Tennessee, campus Knoxville, cuyo equipo de porristas era el actual campeón nacional. Cuando entró al equipo en mayo, sus padres lo celebraron con un pastel y globos naranjas, el color oficial de la universidad.

Al mes siguiente, mientras protestas se extendían por toda la nación tras el asesinato policial de George Floyd, en una publicación de Instagram, Groves instó a la gente a “protestar, donar, firmar una petición, manifestarse, hacer algo” en apoyo del movimiento Black Lives Matter.

“Tienes la audacia de publicar esto, después de decir la palabra con ‘n’”, respondió alguien a quien Groves dijo no conocer.

Su alarma ante el comentario del desconocido se convirtió en pánico cuando sus amigos comenzaron a llamarla, dirigiéndola a la fuente de un furor creciente en las redes sociales. Galligan, que había esperado a que Groves eligiera una universidad, publicó el video esa tarde. En cuestión de horas, el video se había compartido en Snapchat, TikTok y Twitter, donde se hicieron llamados furiosos para que la Universidad de Tennessee revocara su oferta de admisión.

Para esa tarde de junio, una semana después del asesinato de Floyd, los adolescentes de todo el país habían empezado a utilizar las redes sociales para denunciar la conducta racista de sus compañeros. Algunos estudiantes crearon páginas anónimas en Instagram dedicadas a responsabilizar a sus compañeros, incluso en el condado de Loudoun.

Las consecuencias no tardaron en llegar. En los dos días siguientes, Groves fue retirada del equipo de porristas de la universidad. Luego se retiró de la escuela bajo presión de los funcionarios de admisión, que le dijeron que habían recibido cientos de correos electrónicos y llamadas telefónicas de indignación de exalumnos, estudiantes y el público en general.

“Están enojados y quieren ver que haya alguna consecuencia”, comentó un funcionario de admisiones a Groves y su familia, según una grabación de la emotiva llamada que revisó The New York Times.

Groves fue una de muchos estudiantes de primer año en el país, cuyas ofertas de admisión fueron revocadas por al menos una docena de universidades después de que aparecieron videos en redes sociales en los que se les veía usando lenguaje racista.

En cierto sentido, la humillación pública de Groves pone de relieve el poder de las redes sociales para hacer responsables de sus actos a las personas de todas las edades, con consecuencias que en ocasiones incluyen el acoso y la “cancelación” tanto en línea como en el mundo real. Sin embargo, la historia detrás de las reacciones también revela un cuadro más complejo de comportamiento que durante generaciones no se había controlado en las escuelas de uno de los condados más ricos del país, donde los estudiantes negros dijeron haber sido objeto de escarnio durante mucho tiempo. Algunos comentaron que, en las clases, los estudiantes blancos les decían: “Vete a recoger algodón”.

Una atmósfera ‘hostil’

Leesburg, la sede del condado de Loudoun, se encuentra justo al otro lado del río Potomac desde Maryland, más o menos a una hora en auto desde Washington. Fue el lugar de una de las primeras batallas de la guerra de Secesión y alguna vez se celebraron subastas de esclavos en los terrenos del juzgado, donde una estatua de un soldado confederado estuvo en pie durante más de un siglo hasta que fue retirada en julio.

Los suburbios del condado de Loudoun son de los más ricos en la nación y las escuelas suelen figurar entre las mejores del estado. El otoño pasado, según el Departamento de Educación de Virginia, el alumnado de la Preparatoria Heritage era un 50 por ciento blanco, un 20 por ciento hispano, un 14 por ciento asiático-estadounidense y un 8 por ciento negro, con un 6 por ciento de estudiantes de origen mestizo.

En las entrevistas, alumnos y exalumnos de color describieron un entorno plagado de insensibilidad racial, que incluía el uso casual de insultos.

Un informe del año pasado encargado por el distrito escolar documentó un patrón en el que los líderes escolares ignoraban el uso generalizado de insultos raciales por parte de estudiantes y profesores, lo cual fomentaba un “creciente sentimiento de desesperanza” entre los estudiantes de color, algunos de los cuales se enfrentaban a medidas disciplinarias desproporcionadas en comparación con los estudiantes blancos.

“Resulta alarmante el grado en el que los estudiantes informan sobre el uso de la palabra con ‘n’ como la preocupación predominante”, decía el informe. Los empleados del sistema escolar también tenían un “bajo nivel de conciencia y alfabetización racial”, mientras que la falta de repercusiones en el lenguaje hiriente obligaba a los estudiantes formar parte de una “atmósfera hostil para el aprendizaje”, señalaba el texto.

Tras la publicación del informe, el distrito publicó en agosto un plan para combatir el racismo sistémico. La medida fue seguida de una disculpa formal en septiembre por la historia de segregación del distrito.

Los funcionarios de la Preparatoria Heritage no respondieron a las solicitudes de entrevistas.

Una reacción implacable

Groves dijo que el video comenzó como un mensaje privado de Snapchat a un amigo. “En ese momento, no entendía la gravedad de la palabra ni la historia y el contexto detrás de ella porque era muy joven”, afirmó en una entrevista reciente, añadiendo que el insulto estaba en “todas las canciones que escuchábamos, y no estoy usando eso como excusa”.

Groves, quien acaba de cumplir 19 años, vive con sus padres y dos hermanos en River Creek, un fraccionamiento privado predominantemente blanco y afluente construido alrededor de un campo de golf. Hace poco, se sentó en la terraza con su madre, Marsha Groves, quien describió cómo toda la familia tuvo que enfrentar las consecuencias de la humillación pública.

Una vez que el video se hizo viral, la reacción fue rápida e implacable. También comenzó a circular en línea una fotografía de Groves, acompañada de un insulto racial, pero ella y sus padres dicen que alguien más lo escribió para empañar aún más su reputación. En las redes sociales, la gente etiquetó a la Universidad de Tennessee y a su equipo de porristas, para exigir que su admisión fuera rescindida. Algunos profirieron amenazas de violencia física si ella iba al campus de la universidad. Al día siguiente, los medios locales de Virginia y Tennessee publicaron artículos sobre el escándalo.

El día después de que el video se hizo viral, Groves intentó defenderse en llamadas tensas con la universidad. Pero el departamento de atletismo no tardó en retirarla del equipo de porristas. Luego llegó la llamada en la que los funcionarios de admisión empezaron a tratar de convencerla de anular su inscripción a la universidad, con el argumento de que temían que se sintiera incómoda en el campus.

La universidad se rehusó a comentar el caso de Groves, excepto por un comunicado que publicó en Twitter en junio, en el que los funcionarios dijeron que se tomaban muy en serio las quejas sobre la conducta racista.

Los padres de Groves, que afirmaron que su hija estaba siendo atacada por una “muchedumbre” en las redes sociales por un error que cometió de adolescente, exhortaron a los funcionarios universitarios a que evaluaran su carácter mediante charlas con sus profesores de preparatoria y sus entrenadores del equipo de porristas. En lugar de eso, los funcionarios de admisión le dieron un ultimátum: anula tu inscripción o la universidad rescindirá su oferta de admisión.

“Solo queríamos que todo acabara, así que anulamos su inscripción”, dijo su madre, y agregó que toda la experiencia había “evaporado” 12 años de arduo trabajo de su hija. “Se precipitaron a juzgarla y, por desgracia, eso la afectará por el resto de su vida”.

Lecciones aprendidas

En los meses transcurridos desde que Galligan publicó el video, él comenzó su primer año en la Universidad Vanguard de California, y Groves se registró a clases en línea en una universidad comunitaria cercana. Aunque se llevaron bien en los primeros años de la preparatoria, no han hablado sobre el video ni sus repercusiones.

En su casa, la habitación de Groves está engalanada con una colección de trofeos y medallas de torneos de porristas, así como un par de pompones rojos: recordatorios del rumbo que pudo haber tomado su vida. Su desesperanza se ha convertido en resignación. “He aprendido la rapidez con la que las redes sociales pueden tomar algo que conocen muy poco, tergiversar la verdad y posiblemente arruinar la vida de una persona”, afirmó.

Desde el movimiento de reflexión sobre la historia racial del país durante el verano, muchos adolescentes blancos, cuando publican videos de bailes en redes sociales, ya no cantan los insultos que se escuchan en las canciones de rap. En cambio, se cubren los labios con el dedo. “Pequeñas cosas como esa realmente hacen una diferencia”, dijo Galligan.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company