Expectativa vs. Realidad: cuando pretendemos que los niños aprendan responsabilidad con un perro

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Probablemente seas padre o madre con niños en casa y en algún momento has evaluado la posibilidad de acoger a un perro como nuevo miembro de la familia. De ser así quiero advertirte sobre una creencia muy común que circula en torno a la relación entre perros y niños. Se trata de la idea de llevar un peludo a casa para que los niños desarrollen responsabilidad. Quiero invitarte a dimensionar la distancia que existe entre esta expectativa y la realidad, para que tomes decisiones bien informadas. Comienzo por enumerar alguna de las responsabilidades que supone tener un perro.

Lo primero que necesitamos saber es que un perro es un animal que dependerá enteramente de nuestros cuidados y recursos para sobrevivir durante el resto de su vida. Salvando las diferencias respecto a los cuidados mucho más exigentes que requiere un niño, un perro no es como un ser humano que al llegar a la adultez se hace autónomo y se emancipa. Esto significa que requerirá de la inversión de tiempo, energía, cuidados, dinero, compromiso emocional, de los adultos responsables de la familia y que un niño no está en condiciones de prodigar por su condición de dependencia madurativa. Los niños están en el momento vital de recibir cuidados, compromiso emocional, tiempo y recurso de sus padres. Quizás en la medida en que se hacen mayores, pueden ir asumiendo ciertas tareas relacionadas con el cuidado de su mascota, pero hay que entender que no podemos esperar que se hagan cargo. Esto sería como pretender que nuestro hijo de doce años se ocupe de criar a sus hermanos pequeños. Es decir, una sobre exigencia que raya en el abuso.

Cuando se toma la decisión de llevar un perro a casa, la emoción de imaginarnos compartiendo afecto, juego y compañía con el animal, nos puede hacer perder de vista la responsabilidad real que conllevará alimentarlo, cubrir sus gastos veterinarios, de medicinas, toda la energía y el dinero invertido en los cuidados de su salud, en su educación, porque necesitamos convivir dentro del hogar y en la comunidad bajo ciertas normas, sobre todo cuando son espacios urbanos, y hay que enseñar a nuestra mascota lo mínimo necesario para garantizar su seguridad y la de los demás, enseñarle a venir cuando lo llamas, quedarse quieto, sentarse, caminar a tu lado, prevenir o corregir problemas de comportamiento que para nuestra mascota pudieran ser solo la manifestación de su propia naturaleza instintiva pero que sin embargo pueden requerir que se gradúen respetuosamente, sin maltratarlos, en aras de una convivencia lo más armónica y disfrutable posible para todos, humanos y perros, sean mestizos o de raza, cachorros o adultos.

Según el lugar donde vivas, y la raza del perro que tengas, necesitarás cumplir con determinados requisitos y trámites (seguro de responsabilidad civil, inserción de microchip, permisos, etc..) que requieren inversión de tiempo, esfuerzo y dinero.

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Un perro de acuerdo a su edad o características tendrá necesidades concretas de ejercitarse, jugar, socializar con otros perros… también tendrá que aprender junto a su propietario a llevar la correa, el bozal cuando y donde lo exijan las ordenanzas, además de espacios físicos adecuados, paseos diarios bajo la supervisión adulta, así como una ristra de exigencias más, para adaptarse a requerimientos de la civilización en la que le ha tocado vivir. Si no se cubren las necesidades propias de cada perro según su especie o raza, pueden surgir comportamientos que compliquen la convivencia con el animal que desde el momento que lo hemos traído a la familia, es y será nuestra responsabilidad de por vida.

Cada vez más familias o propietarios de perros recurren a los etólogos o educadores caninos para conocer mejor a su mascota, conseguir una adaptación respetuosa, pariendo de una buena conexión y comunicación que permitan el mejor vínculo y mayor disfrute posible con su peludo.

¿Cómo aprenden los niños responsabilidad?

Los niños aprenden a tener responsabilidad primero que nada observando el ejemplo de los adultos, en este caso, con nuestra conducta responsable hacia las mascotas que dependen de nuestros cuidados.

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En la primera infancia (cero a siete) los niños están regidos por el principio del placer, se trata de una etapa egocéntrica orientada por hacer lo que les produce placer y estar donde se sienten confortables. No entienden que deben bañarse para mantener la higiene, recoger para mantener el orden, que hay que ir a la escuela “para aprender cosas”. El disfrute del momento presente a través del juego y la fantasía es la característica en esta instancia psíquica infantil. A partir de los siete años abandonan el período egocéntrico y, además del placer, reconocen el principio de la realidad (me gustaría jugar todo el día pero la realidad es que tengo que ir a bañarme, a comer, a la escuela…) Sin embargo todavía no han interiorizado el “deber hacer” que es una instancia psíquica inherente a la adultez. Por tanto, hasta entonces, los niños cumplen con el deber por una la presión impuesta por los adultos o para no sentirse desaprobados por sus padres, pero no porque lo puedan internalizar. En resumen, un niño no está preparado para asumir los deberes relacionados con la educación y el cuidado de un perro. Estas corresponden a los adultos de casa. Lo que sí que pueden hacer los niños es disfrutar y beneficiarse de la convivencia con sus amigos peludos.

Algunos beneficios emocionales para los niños en convivencia con perros

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Los peludos pueden ser excelentes compañeros de juego, una buena compañía para dormir, para intercambiar contacto epidérmico, conectar emocionalmente y regular las emociones. Los perros mantienen viva la intuición en niños y adultos gracias a la posibilidad que nos brindan de reconectar con el instinto mamífero. Proporcionan estímulo para el juego en casa y al aire libre, lo cual es un buen motivo para interactuar en el mundo real, ejercitarse y mantenerse alejados de pantallas. Favorece vínculos de empatía, amor incondicional y felicidad debido a que el contacto visual y epidérmico afectivo con los perros genera oxitocina, conocida como la hormona del amor. 

Contrario a lo que se piensa, los niños que crecen con perros tienden a desarrollar inmunidad a las alergias. Cuando son bebés, durante la etapa del suelo, el juego con sus amigos peludos favorece al desarrollo psicomotriz, así como el desarrollo sensorial y cognitivo. Los amigos peludos ayudan a evitar el sentimiento de soledad en niños y adultos. Nos motivan a abrir el corazón y a poner amor y benevolencia en circulación.

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