Incertidumbre y coronavirus

Jorge Albin

Imagínese. Madrugada de invierno. 5 AM. No hay nadie en la calle. Frío. No tanto al caminar rápido. Bosques de Palermo. Neblina cerrada. Faroles que ofrecen luz sepia, desparramada por el agua suspendida. No se ve nada. Más que esa luz, que no ilumina sino más bien oculta. Imposible discernir o distinguir. Algunos elementos conocidos. La respiración jadeante, el farol, la noche. Adivinamos y seguimos. Detrás de la niebla, que hace secreto el más allá, existe algo que intuimos.

¿Y más allá? Solo nuestros pasos a tientas y algunas rutas en nuestra mente. Lo que viene es incierto.

Actualmente, algo de este fenómeno llamado pandemia nos mantiene en el mismo estado de inseguridad. Lo llamamos incertidumbre.

Contamos con esquemas mentales, mapas o programas, para interpretar lo que pasa ahí afuera y aquí adentro.

¿Qué pasa si los programas que disponemos para interpretar o procesar esta situación son insuficientes?

Naves españolas llegando al nuevo continente, nuestros antepasados sudamericanos miran a lo lejos esos objetos enormes, flotantes, ¿alados? Nuestros antepasados, incrédulos, intentan darles significado. Pero carecen de esquemas de referencia para descifrar eso que sus ojos ven. El resultado: estupor e incertidumbre.

Vivimos una situación donde nuestra mente no dispone de esquemas, o los que tenemos son insuficientes.

¿Por qué? ¿Cómo? ¿Por cuánto tiempo? ¿Cómo es y qué es lo que pasará? Actualmente, la única certeza es la incertidumbre. Tanto individuos como comunidades balbucean significados sobre este fenómeno al que asistimos absortos.

¿Sabe qué? No sabemos nada.

En este sentido, es admirable la sinceridad del mundo científico y de algunos políticos. Con cautela, abiertamente expresan la mayor de las sabidurías: no sabemos.

¿Sabe qué? Nosotros tampoco.

Nuestra mente no tolera bien este fenómeno universal de no saber. Se inquieta buscando comprensiones y soluciones.

La situación, ahora, nos propone aceptar lo imprevisible y desconocido.

Llegar a la aceptación realista y sincera de los hechos tal como son es el objetivo de todo accionar psicoterapéutico.

Aceptar nuestras vivencias confusas, ambiguas y contradictorias sobre la situación actual es en apariencia liberador y nos permite actuar más efectivamente.

Las preguntas abiertas y la sabiduría de no saber se imponen.

Nuestra mente busca, inútilmente, la seguridad, la permanencia y el control. Busca saber. Así, nos olvidamos de vivir.

El allí y el después parece que lo construiremos desde aquí y ahora. Con senderos no trazados y mapas antiguos.

Solo se trata de vivir, y ahora más que nunca.

Buscamos seguir teniendo razones y certezas. Hagamos lugar a la flexibilidad de no saber y seguir buscando.

Con dudas, hacemos esto, que es seguir viviendo, plenamente, todo lo que ocurre y nos ocurre. Guiados por eso que queremos ser individual y colectivamente.