Después de impulsar el ascenso de China no les queda nada

Un trabajador migrante lleva dos bolsas pesadas con sus pertenencias en una estación de tren de Pekín, el 18 de enero de 2023. (Gilles Sabrie/The New York Times).
Un trabajador migrante lleva dos bolsas pesadas con sus pertenencias en una estación de tren de Pekín, el 18 de enero de 2023. (Gilles Sabrie/The New York Times).

Cuando Zhang se fue de su pueblo ubicado al noreste de China hace una década para trabajar como soldador en una gran ciudad, los empleos abundaban. Ganaba unos 50 dólares al día y logró ahorrar la mayor parte de lo que ganó.

Sin embargo, este año todavía no encuentra trabajo de soldador. Después de mudarse a la metrópolis meridional de Cantón en marzo, solo recibió un único pago, unos 820 dólares durante 40 días, por vender productos para adelgazar en una aplicación de redes sociales. Tenía que responder las preguntas de los clientes a todas horas. Ahora no trabaja en nada y se quedó sin ahorros. Paga una renta de 55 dólares al mes por un estudio diminuto, pero gasta lo menos posible. La mañana que hablamos, dijo que había comido un tazón de fideos instantáneos, una de las dos comidas que hace al día.

La situación no sería mucho mejor en su pueblo. La familia de Zhang cultiva maíz en un pequeño terreno y genera unos 200 dólares al año. Sus abuelos, ambos de 74 años, todavía se dedican a la agricultura; cada uno recibe una pensión de menos de 15 dólares al mes. Su padre es un trabajador inmigrante en Pekín. Su madre, desempleada, busca trabajo.

A sus 28 años, Zhang, quien me pidió que utilizara tan solo su apellido, no está casado y no planea tener hijos. “No me atrevo a pensar demasiado en el futuro”, comentó. “Solo quiero ganar algo de dinero para mantenerme vivo”. Mencionó que volvería pronto a casa si no encontraba trabajo.

Durante años, los trabajadores migrantes fueron el arma secreta del ascenso económico de China. Abandonaban sus pueblos para ir a las grandes ciudades a ganarse la vida y enviar dinero a casa, aunque eso significara trabajar muchas horas, vivir hacinados en dormitorios y no ver a sus seres queridos casi nunca.

Construyeron los rascacielos, las autopistas y los ferrocarriles de alta velocidad de China, a pesar de que algunos altos funcionarios los llamaban “población de bajo nivel”. Sus salarios bajos ayudaron a China a convertirse en el principal fabricante del mundo y a hacer de las megaciudades del país lugares de mucha actividad.

Los trabajadores migrantes, quienes se mudaron de pueblos de China a sus grandes ciudades, fueron un arma secreta para construir la economía. Ahora muchos ven pocas opciones. (Xinmei Liu/The New York Times).
Los trabajadores migrantes, quienes se mudaron de pueblos de China a sus grandes ciudades, fueron un arma secreta para construir la economía. Ahora muchos ven pocas opciones. (Xinmei Liu/The New York Times).

Ahora que los tiempos son difíciles y es más complicado encontrar empleo, los casi 300 millones de trabajadores migrantes de China, con unas prestaciones sociales endebles, casi no tienen recursos a los que recurrir. No disfrutan de los mismos seguros de salud, desempleo y prestaciones de jubilación que la gente nacida en la ciudad, por muy débil que sea su red de seguridad. Cuando los trabajadores migrantes superan su edad más productiva, se espera que regresen a sus pueblos de origen para que no se conviertan en una carga para las ciudades.

Los trabajadores migrantes son uno de los grupos más vulnerables en la recesión económica de China porque los empleos en el sector inmobiliario y la construcción de infraestructura son más difíciles de encontrar. Xi Jinping, el máximo dirigente de China, reconoció en un discurso de 2020: “Cuando la economía experimenta fluctuaciones, el primer grupo afectado son los trabajadores migrantes”.

Xi señaló que más de 20 millones de trabajadores migrantes no habían podido encontrar trabajo y habían regresado a sus pueblos durante la crisis financiera de 2008. Mencionó que, en 2020, casi 30 millones de trabajadores migrantes tuvieron que quedarse en casa y lejos de los empleos, debido a la pandemia.

Es difícil medir el efecto de los problemas actuales en los trabajadores migrantes. La tasa de desempleo nacional, según el cálculo de la Oficina Nacional de Estadística, tan solo representa el desempleo urbano, el cual se ubica justo por encima del cinco por ciento y se cree que está infravalorado. En 2022, el ingreso promedio mensual de los trabajadores migrantes era 630 dólares, menos de la mitad de los ingresos de quienes trabajaban para el gobierno. Y esos datos son erróneos porque solo incluyen los meses en los que el trabajador tiene un empleo.

En su discurso, Xi afirmó que el regreso masivo de los trabajadores migrantes en 2008 y 2020 no había sido la causa de ningún problema social porque “tienen tierras y casas en sus pueblos de origen, por eso pueden volver a cultivar la tierra, tener alimentos para comer y trabajar en algo”.

Sin embargo, la idea de volver a los pueblos suele ser sombría e incluso aterradora, en especial para los trabajadores migrantes más jóvenes que han pasado su vida adulta en las ciudades. Se dan cuenta de lo que les espera allá. Sus padres y abuelos tal vez tengan que trabajar hasta que su condición física ya no se los permita y duden en buscar atención médica. No suelen tener prestaciones de desempleo ni pueden depender de sus familias, como algunos jóvenes urbanos, porque las pensiones de sus padres y abuelos “solo alcanzan para comprar sal”, como me confesó otro trabajador migrante, Hunter Ge.

“Para los chinos, en especial en el campo, la jubilación no existe”, afirmó. Su abuelo tiene 90 años y limpia a diario el estiércol de los cerdos en una granja de la provincia central de Henan.

La otra realidad a la que se enfrentan los trabajadores migrantes es que regresar a sus pueblos para ganar dinero cultivando la tierra no es una opción, como afirmó Xi. No hay suficientes tierras esperándolos. No por nada en el discurso oficial y académico de China se refieren a ellos como “fuerzas laborales rurales excedentes”.

“Tan solo la gente que no pudo encontrar trabajo se dedica a la agricultura, porque los ingresos de la agricultura son demasiado bajos”, comentó Guan, un trabajador migrante de la provincia noroccidental de Gansú.

Guan, de 30 años, trabajó como agente inmobiliario en Shenzhen durante cinco años antes de volver a su pueblo natal a finales de 2019. Ahora, opera máquinas excavadoras. Vive en casas temporales hechas de lámina de metal que se encuentran en las obras, trabaja 10 horas al día y cobra solo los días trabajados, unos 50 dólares al día sin prestaciones.

Quiere ganar todo el dinero que pueda mientras es joven. Con base en sus muchos grupos de mensajes de WeChat sobre proyectos en los que ha trabajado, también sabe que la cantidad de proyectos de construcción está disminuyendo y que algunos trabajadores no están cobrando lo que les corresponde. Cree que la jubilación podría no llegar nunca.

“Para ser sincero, en el fondo me siento perdido”, admitió. “Lo único que puedo decir es que, por el momento, ahorraré todo el dinero posible. En cuanto a lo que me depara el futuro, es muy difícil saberlo. Tal vez ni siquiera llegue a esa edad”.

c.2023 The New York Times Company