Impotencia y dolor: vio como destruyeron en pocos minutos el hotel que costó 22 años construir

El apagón general de los primeros días de marzo fue sucedido en Maracaibo por una serie de saqueos que dejaron unos 500 comercios con escasas posibilidades de volver a levantarse. El Hotel Brisas del Norte fue uno de ellos. Odalis Vergara, su directora general, hizo todo para evitarlo. Pero tuvo que resignarse a ver, desde un puente cercano, cómo destruían 22 años de trabajo.

Texto: Jhoandry Suárez /Fotografías: Fernando Bracho Bracho  vía La Vida de Nos

Odalis Vergara vio cómo, en minutos, su trabajo de 22 años quedó hecho añicos

El miércoles 13 de marzo de 2019, el sol ya no bañaba de la misma forma al Hotel Brisas del Norte, enclavado entre los techos de zinc y las calles de arena del barrio del mismo nombre, al norte de Maracaibo, al occidente de Venezuela. La luz no podía ser la misma. No para Odalis Vergara, quien el día anterior vio cómo, en minutos, su trabajo de 22 años quedó hecho añicos.

El martes, como era habitual, la mujer de 60 años llegó a las 7:00 de la mañana para comenzar su rutina como directora general en el hotel de dos grandes jefes y amigos, que ella ayudó a fundar. La jornada se anticipaba muy diferente a la usual: no había huéspedes y se cumplía el quinto día sin luz, por el apagón general que tenía al país entero en una desconcertante pausa. Eso quizá podría olvidarlo con el tiempo, no así lo que ocurriría un par de horas después.

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La mañana estuvo signada por un único tema de conversación entre ella y los 14 empleados que fueron ese día: la oscuridad de Maracaibo y la cantidad de gente que había llegado a solicitar habitación la noche anterior, pensando que en el hotel contaban con una planta eléctrica que les permitiera dormir con aire acondicionado en una ciudad donde la temperatura puede llegar a los 40 grados. Odalis contó que había rechazado, incluso, a quienes insistieron en quedarse de todos modos. No podía permitirse que alguien durmiera en su hotel en esas condiciones.

De eso conversaban cuando una de las empleadas caminó en dirección al depósito externo, y se encontró de frente con una escena que la espantaría.

En medio del apagón en Maracaibo, unos 10 hombres invadieron el complejo recreacional y se llevaron todo

“No se confíe”

Unos 10 hombres habían invadido el complejo recreacional, constituido por el hotel y un área con 24 habitaciones en forma de tráileres, un restaurante, una pizzería y un jardín infantil. Era una masa de cuerpos que corría ensopada en sudor y movida por el furor.

La empleada alertó a todos. Y Odalis recordó lo que le habían dicho la tarde anterior.

No se confíe, vamos a entrar de cualquier modo.

La amenaza provino de una persona que venía entre una muchedumbre que pasó frente al hotel, luego del asalto a una fábrica de refrescos. Ningún punto cardinal de la ciudad se había salvado. La Cámara de Comercio de la capital zuliana contabilizó luego un total de 500 establecimientos saqueados entre lunes y martes: locales de comida, medicinas, electrodomésticos, centros comerciales enteros.

La piscina del hotel completamente inservible

Aún así, Odalis pensó que eran palabrerías. ¿Por qué habrían de saquear un hotel? Frecuentemente, comisiones de cuerpos de seguridad llegaban allí a tomarse un trago en el bar. Esa camaradería formada a lo largo del tiempo le hizo pensar que nada pasaría. Que las fuerzas del orden estarían allí en caso de que los forajidos intentaran entrar.

Sin embargo, estaba intranquila.

En busca de ayuda

Su primer instinto fue ir al Comando Regional número tres de la Guardia Nacional Bolivariana, no muy lejos de allí. Eran las 9:00 de la mañana.

En el cuartel solo le dijeron dónde podía alcanzar a la patrulla de motorizados que acababa de salir. Cuando los interceptó, le prometieron que irían de inmediato a enfrentar a los asaltantes. Pero eso no ocurrió. En su lugar, se dirigieron hacia un supermercado mayorista vandalizado el día anterior.

Odalis los siguió hasta ahí, insistió en que necesitaba ayuda, pero no la dejaron pasar. Y comenzó a desesperarse.

—¡Cálmese, vamos a tomar el control! —le dijo un oficial que accedió a hablar con ella.

Odalis recobró en algo la calma y se dio marcha atrás.

Así quedó el techo del hotel Brisas del Norte de Maracaibo

A merced de invasores

Al regresar, encontró una tanqueta de la GNB en el puente de hojalatas que cruzaba la cañada y comunicaba con el hotel. Se mantuvo allí, sin cruzar el puente, observando cada movimiento.

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De repente, se escucharon disparos. Ella se animó, los guardias comenzaban a enfrentar a los ladrones, pensó. Miraba como una madre ve a su hijo luchar por la sobrevivencia, con una mezcla de esperanza y angustia. Pero presentía que algo iba mal.

Detonaciones. Silencio. Detonaciones. Gritos. Detonaciones. El vehículo militar seguía a la mitad del puente, sin moverse. De él no salía ningún funcionario. En los alrededores tampoco se veía ninguno. Los refuerzos no llegaban. Otra vez disparos. La mujer miraba hacia el edificio y se entregaba a la idea de que el negocio estaba a merced de los invasores.

El Hotel Brisas del Norte de Maracaibo fue destrozado tras la serie de apagones más largos y amplios en la historia de Venezuela

Se sentía segura

Era el mismo proyecto que en un principio le pareció utópico cuando se lo bosquejaron sus jefes. Planeaban erigir el hotel donde no había más que maleza. El lugar no se caracterizaba por ser turístico y tenía un talón de Aquiles: el terreno estaba en medio de una barriada popular. Empresarios y comerciantes decían que era una locura.

—Por eso es que los barrios no progresan —escuchaba responder a sus jefes—, porque no se les brinda una oportunidad.

Odalis se convenció de que funcionaría. Comenzaron con 48 remolques acondicionados como habitaciones para camioneros. Luego, apostaron a construir un edificio de cinco pisos para alojar a ejecutivos y familias provenientes de otras regiones del país y extranjeros.

La estructura del Hotel Brisas del Norte

El Banco de Desarrollo Económico y Social de Venezuela (Bandes) les rechazó el crédito tres veces, entre 2000 y 2002. Solo consiguieron el financiamiento de una parte, la otra correría por cuenta propia. En medio de cada complicación, estaba Odalis cargada de optimismo y confiada en el futuro.

El tiempo conviviendo con la comunidad de Brisas del Norte la hacía sentir segura. Los fines de semana se alegraba por la presencia de las familias vecinas en la piscina. Ella, oriunda de Colombia, no tenía hijos, pero llenaba su vida de sentido con la crianza de tres sobrinos y el cuidado de hotel.

“¿Queda algo?”

Mientras se producía el saqueo, dentro de las instalaciones permanecían solo dos empleados, entre los que estaba Leonardo Pinzón, otro de los directores. A unos metros del puente y sin poder hacer nada, Odalis temblaba de pavor pensando que algo les pudiera ocurrir.

Pasadas las 10:00 de la mañana, ambos escaparon a través del patio de una casa y fue cuando pudo conversar con Leonardo.

—¿Se metieron en el bar? —le preguntó.

—En todos lados.

—¿Y en la piscina?

—También.

—¿Queda algo?

—No están dejando nada.

Ninguna autoridad llegó. La tanqueta de la Guardia Nacional no se movió del puente. A las 2:00 de la tarde, resignada, Odalis se marchó. Llevaba un nudo atravesado en la garganta.

Hastas los ascensores quedaron destruidos, pero lo más impresionante es lo que hicieron los antisociales con el techo del hotel ante la mirada indiferente de las autoridades

No era su hotel

A la mañana siguiente, su ilusión era llegar y encontrarse con que se habían robado solo el mobiliario. Pero lo que vio le hizo parecer que había llegado a un hotel devastado en Siria, en Afganistán.

Tramos del techo de yeso guindaban como lámparas sin forma. Las ventanas rotas en el suelo. Mesones de mármol sin mármol. Pisos alfombrados sin alfombra. Puertas con lectores inteligentes con los artefactos desprendidos. Calentadores de agua arrojados en medio de los pasillos. Ascensores violentados. Piezas de baño tiradas en las escaleras. Una lluvia de papeles caídos en cada rincón.

Aquel no era el hotel que Odalis dirigía.

El llanto se volvió una pulsión incontrolable. Se mezcló con gritos, con rabia e impotencia.

Como para no volver a levantarse

Han pasado dos semanas y se pregunta quiénes pudieron hacer todo aquello y por qué. Mientras narra su historia, mantiene su mirada en una de las ventanas del frontis del hotel.

—Estaba segura de que nos ayudarían —dice.

Viste con una camisa gris identificada con el nombre del hotel, pantalón negro y zapatos marrón claro.

Otra lágrima se le escapa.

La situación fue tan asfixiante que sufrió una crisis de nervios y tuvieron que hospitalizarla por varias horas.

No sabe de dónde eran los saqueadores o cómo sabían dónde estaban las llaves del agua que cerraron antes de desmantelar los baños. No se atreve a plantear hipótesis porque sufriría aún más.

Ella ha ido todos los días al hotel, no sabe muy bien a qué. De los dos propietarios, solo uno ha tenido la fuerza para acudir una vez, suficiente para no querer regresar más. El otro, aquejado por el parkinson, hasta los momentos no ha visto el lugar.

—Nos dejaron como para no levantarnos más —se repite.