Imposible de callar: Javier Milei, un bulleado para el desierto argentino

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Javier Milei la noche de las PASO
Tomás Cuesta

“Yo grito”: con esas dos palabras se presentó al público el economista Javier Milei en el debate de candidatos por Buenos Aires. El chillido desencajado y los insultos ya son parte de su marca personal, así como su pelo batido linyera style. Milei admite que grita, porque espera que su conducta sea leída como los exabruptos de un apasionado, un freak, una víctima del sistema. Sus accesos de furia representarían el universo mental de los argentinos: su despliegue neurótico sería el reflejo de lo que le pasa a la Argentina que no tiene voz (y por eso grita).

El estilo bizarro de Milei terminó por cuajar en la escena argentina, que tiende a pensarse como una familia. En una sociedad donde hay Abuelas que son actores políticos, donde las oficinas del Estado se empapelan con duplas matrimoniales (Perón y Eva, Néstor y Cristina), y se celebran las apariciones de Nietos, Milei ascendió rápidamente al rol del hijo disfuncional. En las PASO sacó un fulgurante 14%, y las probabilidades de que se consolide como tercera fuerza en las elecciones del 14/11 están a su favor. Como un Pity Álvarez de la política, Milei es desprolijo y entrañable: un rockstar desmesurado con un lado tierno, que cae bien.

Milei sueña con ser el Charlie Manson de la casta política: el líder de un movimiento subterráneo sin piedad, con un abanico de utopías audaces listas para detonar el status quo. Propone destruir el Banco Central, “aplastar” políticos, echarlos a patadas: se declara anarcocapitalista, lo que justificaría su retórica categórica y agresiva. Oscila entre los extremos: pasa de ser la víctima del sistema, a victimario del sistema. Su aire nervioso y explosivo se presenta como el caparazón traumado de un corazón bueno y justiciero: Milei quiere ser el síntoma que combate la enfermedad general.

El show de Milei es irresistible porque tiene un brillo patológico auténtico: es el bulleado que hace bullying. Su despliegue de chico maltratado y maltratador repite su historia familiar. Milei contó que su padre empleaba la fuerza física contra él, además de violencia psicológica: le pegaba y lo hacía sentir mal, un fracasado, y su madre era cómplice: ella contemplaba las escenas de violencia, pero no hacía nada, no lo defendía. En términos similares describe su relación con el Estado, y es lo que vuelve su performance hipnótica: es la voz del abusado por la autoridad, por el Estado, que estalla en escena.

Ahí radica su diferencia esencial con los políticos tradicionales: Milei parece vivir intensamente su relación de abuso con el Estado. Milei es tan cándido en su dramatismo que todas sus peleas supuestamente ideológicas terminan en psicodramas. Dice que su pésima relación con su padre le dio resiliencia: “Sé que bajo la máxima presión, yo rindo, porque ya lo viví”. En efecto, rinde muchísimo en televisión: cualquier pregunta (en general de mujeres) puede transformarlo en un sapo rojo hinchado que agrede a los gritos (donde los que miran son cómplices mudos). Su expertise en economía le da contenido a su rol de maltratador que goza repitiendo estas escenas de autoridad-que-castiga hasta el hartazgo. A una periodista tucumana le chilla que es una burra y una estúpida ante un auditorio lleno, o le aúlla a un Larreta ausente “te voy a aplastar, zurdo de m…”, entre otros sinónimos fecales. Caca, aplastar: este léxico del abusado infantil convive con una jerga técnica que Milei arroja orondo y jactancioso como si fueran misiles de precisión (el teorema de Arrow, “falacia” cuando quiere decir error, etc).

Por eso fue interesante el acercamiento en los últimos días entre Milei y Mauricio Macri. Milei había denostado al gobierno de Cambiemos, pero pronto declaró que Macri “no es casta política”: planteó que Macri mismo no habría sido el problema de su gobierno, sino el entorno. Una explicación maradoniana. Milei está tan desesperado por agradar, tan preso de su psicodrama, que no puede resistirse a un halago (especialmente uno que viene de una figura paterna). Y Macri, cuya correcta clasificación zoológica corresponde al zorro, más que al gato, vio esta debilidad en él: bastaba con elogiarlo para tenerlo ronroneando suavemente junto a él, y así robarle la escena. Naturalmente, Milei cree que es su propia genialidad la que lo acerca a Macri, porque su fantasía acaricia un proyecto presidencial. Su 14% que se pliega sobre el 41#, como un boleto capicúa de su padre colectivero.

¿Como podrá digerirlo la maquinaria de PRO? Milei consiguió lo que PRO nunca se animó: dar la batalla cultural de las ideas liberales. El carece de la programática mediocridad del marketing cultural de PRO como partido de globos y paz. Como un radioaficionado, Milei sintonizó con el pitch sonoro que iba más allá de la grieta kirchnerista: encontró un tono de la bronca, a la que dotó de su aire de profesor loco. Su reivindicación de la derecha es más bien el hartazgo con la izquierda como sentido común, donde un empresario tiene que pedir perdón y ganar dinero está mal visto. Con su economía punk, “no dejes que los zurditos te roben” caló profundo en esas zonas donde el zurdito es el acomodado del Estado, y donde los hombres se tienen que hacer fuertes. Por ese motivo el gran servicio que Milei le hace a Cambiemos no es económico, sino cultural. Mostró al kirchnerismo como lo que es: el ideario de un progresismo hipócrita de señoras acomodadas cuya gran innovación es suponerle poderes mágicos a la letra “e”. Mientras el peronismo se muestra obsesionado con vestirse de feminista (mientras hombres voluminosos gobiernan), y Cambiemos cuida su discurso para “no ofender” como quien sigue una dieta estricta sin calorías, Milei y sus libertarios dieron rienda suelta a una lengua recia y machizada, entre otras ideas más cercanas a la vida cotidiana de los jóvenes.

Milei y la troupe libertaria conformaron una pequeña legión de capocómicos (con el talento tenaz de tuiteros hiperkinéticos como @Ziberial, Dannan y DAN, entre otros); juntos fogonearon un guión que Durán Barba jamás hubiera soñado para rockear los barrios carenciados. Ruidosos y entretenidos, sus exponentes intentan responder a la pregunta: ¿cómo ser hombres? Es un espacio poblado de muchachos y señores intensos donde no hay figuras paternas, como una especie de Neverland de Peter Pan hecha de fans del bitcoin. Sus popes combinan la ostentación con tips sobre cómo enjabonarse correctamente y por qué se debe siempre pagar las salidas a las señoritas (hits de Carlos Maslatón); José Luis Espert parece nacido para animar las mesas extintas de Polémica en el Bar; la palabra “trolo” se populariza para señalar la debilidad. Su zona de éxito ya no es ser emprendedores, sino apostar a la timba financiera de las criptomonedas, el deporte nacional de un país que te entrena hace generaciones para transformar los pesos en cualquier cosa que no sea pesos. Triunfa la libertad.

Los actos políticos de Milei tienen el formato de clases, lo que marca la ansiedad de los jóvenes de clase media y clase media baja por aprender. Se equivocaba Florencia de la V., vocera del desdén del Gobierno, cuando se preguntaba en Página 12: “¿Desde cuándo los chicos quieren ir a la escuela? Parece que Sarmiento pasó a ser tendencia”. El Gobierno tuvo que perder en las PASO para darse cuenta que sí, los chicos querían ir a la escuela. Y Sarmiento tuvo su comeback glorioso, junto a Alberdi y Roca. Con la simplicidad de su historia argentina de escuela secundaria, Milei reivindica a la tríada liberal -algo que, dentro de Cambiemos, sólo osaba hacer a viva voz la historiadora y candidata a diputada Sabrina Ajmechet.

La pandemia creó las condiciones para pensar el Estado. Alberto puso en escena un Estado activamente perverso: el Estado que quita, que cercena. Bajo el signo de la pandemia, el Estado peronista canceló la escuela, persiguió a los que querían salir a correr diciéndoles asesinos y liberó a los presos (por razones humanitarias). La bancarrota ideológica del peronismo quedó expuesta: su única premisa (“el Estado te da”) demostró que era mentira. Los que sostenían “el Estado te da” eran los primeros en violar la norma: el Estado que no sólo castra, sino también viola. Al final, “ese Estado opresor” que es “un macho violador”, el hit musical que cantaban las feministas a finales del gobierno de Macri, se parecía al peronismo pandémico. Pero fue Milei el que encontró el tono dramático para esa acusación de abuso estatal, de violación y de opresión. En este contexto, donde la justicia no existe, gritar con Milei es aullar “Mi Ley”, la ley soy yo. No reconozco la autoridad que me viola, la ley soy yo.

Las dotes de Milei como influencer tienen límites. Lo suyo es el monotema económico: si se sale de eso, Milei puede sostener que el cambio climático es “un invento de la izquierda”, lo que delata que se autopercibe como un republicano de Texas. Hasta ahora, Milei no ha debutado en la ironía y la elegancia. Un buen diagnóstico del profundo problema político de la Argentina es que deba ser una persona tan evidentemente desequilibrada como Milei la que hable en favor del sentido común, en contra de la presión fiscal asfixiante y de la malversación del Estado. El kirchnerismo, dedicado a invertir millones en la adquisición de referentes culturales y medios, perdió la hegemonía cultural ante el golpazo de realidad: tenía a todos los influencers comprados, pero nadie estaba escuchando.

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