Imposible de callar. Axel Kicillof, el líder sexy que raptó la educación

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Karl Marx, Axel Kicillof y Juan Manuel de Rosas
Alfredo Sabat

Antes de ser ungido Gobernador, Axel Kicillof fue bombachas en la ex ESMA. En ese instante, ante esa ristra de pequeñas tangas estampadas con caritas de Axel a la venta (merchandising K), María Eugenia Vidal debió saber que su aventura bonaerense estaba terminada. No tenía chance de repetir la proeza ante el sueño recobrado del peronismo: el líder sexy. Kicillof era un regreso al peronismo gótico, que puebla los cuadros de Daniel Santoro, donde siempre hay fragmentos de algo esotérico, irracional. Una lógica vampírica guiaba esa elección: Axel era el recipiente joven que venía a contener el espíritu (los votos) de la soberana añosa: “Kichi” era el cuerpo rubio y juvenil que Cristina entregaba al pueblo.

Kicillof (que debe acentuarse Kicíllof a la manera eslava, como si estuviera escrito en cilírico) es el último en la saga de los amores economistas hot de Cristina. Después de fascinarse con Lousteau, Redrado, Boudou (todos centro-liberales, que terminaron en caos y despecho), Cristina cayó deslumbrada, como la Mrs Robinson de “El Graduado”, ante el encanto de su propio Dustin Hoffman marxista: Axel. Todavía no se cansa de él. Axel cuaja en el estilo wannabe intelectual de Cristina, que jugó sus cartas colocando profesores UBA para Presidente y Gobernador (por profes UBA léase: hombres que siempre saben más que vos). La jactancia universitaria de Axel sólo puede compararse con la logorrea iluminada de Alberto, que esta semana se dio el gusto de hacer el ridículo diciéndole al premier Pedro Sánchez que los brasileros vienen de la selva y los argentinos descendemos de los barcos, articulando simultáneamente la ira y el desprecio de América Latina con las risas de los españoles.

Experto en el aire beligerante y sobrador de la izquierda contemporánea, Axel Kicillof canaliza un fenotipo aspiracional de la clase media: es el compadrito que fue a la universidad. El estilo pendenciero de Axel es, en rigor, su único link con lo “popular”: es lo que liga el carácter altanero del Nacional Buenos Aires con la provincia. Axel es la cría mimada de la educación de elite porteña: padres psicoanalistas, colegio progre en Palermo, seguido por el Nacional y de ahí a la UBA, donde atravesó los escalafones de alumno, activista de centro de estudiantes, profesor y doctor. Pero a diferencia de otro toy-boy de Cristina (Martín Lousteau también fue a “El Colegio”, luego estudió en London School of Economics), Axel permanece intocado por el mundo exterior. Su experiencia y formación fuera del microcosmos de la UBA es tan reducida como él mismo. Axel no eligió medirse más allá de la insularidad porteña, ni discutir sus ideas fuera de su círculo. De hecho, fuera de algún viaje oficial o una visita de chiquito a Disneyworld, Axel no conoce Estados Unidos, lo que de todos modos resulta comprensible porque él ya sabe todo lo que hay que saber sobre el perverso capitalismo (lo leyó en Das Kapital de Karl Marx, uno de sus muertos favoritos). Caso paradigmático de la elite endogámica nac&pop, Axel permanece desde los 13 años en el mismo exquisito juego de tupperware, de donde nunca salió.

Pero sería un error suponer que la cortedad de miras de Axel se debe a una ambición intelectual pasada por Chiquitolina; se trata de una Weltanschauung muy de la UBA. La endogamia explica el retraso mental literal, es decir, el retardamiento con el que la mente global llega a la UBA. Mientras en el resto del planeta la innovación, la tecnología y la ecología son desafíos que excitan a las mejores mentes contemporáneas, la visión de Axel parece remedar un ideal fósil hecho de la bibliografía ajada de ediciones Eudeba. En su modorra provinciana, la UBA se autopercibe como la Harvard nacional y popular, a pesar de no renovar los planes de estudio hace treinta años, ni habilitar concursos, y normalizar el trabajo gratis de docentes. En Argentina, la educación ya no es una vía al progreso económico, si no apenas un rito para ser un poco mejor que los demás; forjada por las crisis sucesivas (la nueva generación no conoce la no-inflación), la clase media argentina ya no aspira a acopiar dinero, si no apenas argumentos para justificar su superioridad.

La época esperó a Kicillof. Cuando Axel era Ministro de Economía de Cristina, empezaron a decirle “Excel”. Se decía que los soviéticos no habían logrado implementar el control centralizado de la economía porque les faltaba Excel: un cálculo que permitiera controlar todas las entradas y salidas de cada eslabón de la cadena de producción. Sin embargo, Axel/Excel (el genio kicilloviano en componenda con la herramienta soñada) podrían realizar la utopía soviética. Para Axel, el valor no se crea: toda la riqueza argentina proviene de la Pampa Húmeda (el equivalente al petróleo en Venezuela). Para Axel, la innovación no existe: todo se liga a la pampa húmeda, la fuente de la riqueza argentina, y por lo tanto debe ser controlada por el Estado, es decir por él.

“Kichi” tiene algo inescrutable: un hambre de poder a juego con su volumen napoleónico, que lo lleva a compararse con Juan Manuel de Rosas, que lo mira de costado en su despacho. Es fácil jugar a las siete semejanzas con Axel: ambos se encaramaron al poder bonaerense para soñar con el control del territorio completo, usan patillas, Rosas fue un jinete legendario (Kici está subido a un pony), ninguno escondió nunca su atracción por las pasiones autoritarias. Pero Rosas fue un empresario exitosísimo, que conocía el negocio del campo como nadie, y forjó su fortuna administrando sus campos y los de sus primos; en cuanto a Axel, extendamos aquí un manto de piedad sobre el bar que fundó y fundió con amigos “Espero infinito”, pero recordemos el pésimo deal (aún impago) que contrajo con el Club de París y el déficit exorbitante de Aerolíneas bajo su tutela. No tiene importancia: los “malditos cerdos unitarios” de antes son los “gorilas odiadores” de ahora: alrededor de estos anacronismos se organiza la Historia argentina que repite la escuela del resentimiento universitario.

En esa vorágine, Buenos Aires es siempre el centro del mundo. Lo que se venera como pensamiento nac&pop, que permite a Cristina decir que Trump es peronista, que Biden es peronista, es el espejo de un remolino que nivela siempre hacia abajo, donde todas las imágenes acarrean al pasado, a una gloria que ya era pretérita incluso para los trasnochados guerrilleros de los 70.

Por ahora, la grandeza de Axel se concentra en las pequeñas cosas. Descuella en la sección subterránea del kirchnerismo: la multiplicación de la burocracia estatal y extensión de la red de poder colocando peones militantes. Crea minigobernaciones (de un urbanismo inspirado en la Rusia de los 60s) y consolida su estilo camorrista: su Jefe de Gabinete, Carlos Bianco, se viste y habla exactamente igual a él, imitando sus inflexiones. Si Axel se permite la primera persona “yo vacuné a la Ciudad”, Bianco usa el plural: “nosotros inoculamos amor”. Bianco es el dueño del Clío con el que se paseó haciendo campaña por la Provincia, inmortalizado en un spot al costado de la ruta donde Axel confunde naranjas con mandarinas.

Pero lo más notorio de su gestión ha sido el cierre de escuelas como programa, en una provincia donde más del 70% de los niños son pobres. Aunque Axel pague a sus asesores UBA para que elaboren informes que dicen que la escuela multiplica los contagios, la evidencia mundial de lo contrario es abrumadora, e incluso en la Ciudad, con las escuelas abiertas, los contagios han bajado a la mitad. La mentira tiene patas cortas, aunque hayan sido eternas para los niños, que no merecían este desprecio del Estado. El kirchnerismo tiene esto en común con el neoliberalismo: detrás del discurso, siempre hay una razón económica que supera la empatía social. El brío con el que Axel hizo campaña organizando mateadas al aire libre, para bailar al ritmo de “Amor sí, Macri no”, tampoco logró inspirar una escuela alternativa en los espacios públicos para los niños de primaria y jardín la Provincia, abandonados sin escuelas durante un año y medio por el Estado (aunque los progres pagos insistan en que tienen clases online, aún cuando no tienen computadoras ni conectividad).

Detrás del discurso, deben mirarse los números reales que maneja la Provincia. El cierre de las escuelas bonaerenses ha intentado tapar el ajuste salarial: Kicillof pactó con los gremios un aumento inferior a la inflación, una baja de salarios que toleran si no van a trabajar. No se anima a que le hagan una huelga: no fue capaz de plantársele a los sindicatos, como tampoco supo plantársele al Club de París. Su fuerza es una pose, y su estilo bravucón es sólo un juego de seducción: a diferencia de Rosas, Axel aún no ha demostrado su coraje. No hay duda de que Axel elige con cuidado sus batallas: para ésta se ha metido con gente de su tamaño, los niños. El verdadero virus (para el que Cristina no está vacunada) es su incompetencia, pero el Covid-19 no debería disimularla.

Escritora. Autora de Mona, Las teorías salvajes y Las constelaciones oscuras

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