El Imperio y la República: abundancia y quiebra

Salvador Casanova | @CasanovaTiempo
·7  min de lectura

Columna DE TIEMPO Y CIRCUNSTANCIAS; segunda de cinco partes

EL EJÉRCITO TRIGARANTE ofreció religión —por supuesto, la católica– libertad y la unión íntima de americanos y europeos. En ellas, Agustín de Iturbide reúne los deseos de una sociedad cansada de la sobreexplotación de Europa, por un lado, y de la inseguridad reinante debido a la caótica administración del virreinato.

Sería fácil culpar al virrey de esta situación, pero gobernar sin los fondos elementales para pagar los servicios del gobierno es tarea poco menos que imposible.

Por todas estas razones, la campaña del Ejército Trigarante fue relampagueante. Las poblaciones los recibían con los brazos abiertos y muy pocas ofrecieron resistencia. De febrero a julio el país se había unido bajo el sagrado manto de la independencia, y en agosto, Iturbide se reunió con Juan de O’Donojú y firmó los Tratados de Córdoba, antecedentes para que el 27 del mes de septiembre, el eterno “septiembre patrio”, se firmara el Acta de Independencia y naciera el Imperio Mexicano, cuyo trono se ofreció a Fernando VII o a algún príncipe europeo, pero ante la ausencia de aspirantes terminó por entregársele a Agustín de Iturbide.

México había sido gobernado por una monarquía y era lógico que comenzase a gobernarse bajo una estructura monárquica. Los mexicanos no conocían otra forma de gobierno.

También lee: De la Independencia a la Revolución; de la abundancia a la quiebra

Iturbide comenzó su gobierno en bancarrota; no había dinero para lo más elemental. Las minas estaban inundadas, y las haciendas de beneficio estaban destrozadas, así es como la principal industria generadora de riqueza estaba en ruinas. Por otro lado, había una seria disputa filosófica, pues un sector político inspirado en el gobierno estadounidense aspiraba a un gobierno republicano.

Con todo, Iturbide trató de iniciar con el orden más elemental convocando a la realización de un Congreso Constituyente para la nueva nación; una vez instalado el Congreso, este lo proclamó emperador el 21 de mayo de 1822. Pero desde el principio hubo un conflicto entre el emperador y su Congreso, y este era el de la soberanía, pues mientras el emperador se consideraba a sí mismo soberano, el Congreso, liderado por Servando Teresa de Mier, pretendía que la soberanía residiese en el Congreso de la Nación. Esta disputa no permitió que las políticas financieras del Imperio se implementasen congruentemente. El resultado fue que las rutas de recaudación se desarticularon y el gobierno se vio en terribles penurias económicas. Iturbide heredó una deuda pública de 32 millones de pesos y su administración tuvo que pedir prestado, para sobrellevar las necesidades elementales de su gobierno, un millón y medio de pesos.

SIEMPRE HUBO PROBLEMAS ECONÓMICOS

Las fuentes de ingresos estaban agotadas. La aduana de Veracruz estaba tomada por una resistencia financiada por la corona española, que después de firmar la Independencia se había arrepentido y deseaba reconquistar la Colonia. Además, las regiones recaudadoras se habían desarticulado, y como las economías locales estaban contraídas, había una enorme oposición a mandar dinero al gobierno central.

El 31 de octubre de 1822, Iturbide se vio obligado a disolver el Congreso e imponer un préstamo forzoso de 2.8 millones de pesos. Al día siguiente, Santa Anna se rebeló en contra de él. Entre enero y marzo de 1823, la recaudación fiscal del Imperio no alcanzó a llegar a 150,000 pesos y el 19 de marzo de 1823 el emperador abdicó. La eterna bancarrota de un país mal administrado frustró los sueños de Iturbide y lo obligó a salir del Imperio Mexicano por la puerta de atrás. Al mismo tiempo, Santa Anna hacía su entrada a escena con la conspiración de Casamata, la cual vendría a inaugurar medio siglo de conspiraciones sucesivas. Estas no permitieron que la nación mexicana retomase la senda del progreso y con ella el lugar que le correspondía en el concierto de las naciones.

Antonio de Padua Severino y López de Santa Anna nació en Jalapa y se integró al Ejército Realista en 1810 y en1823. Apareció en la escena imperial mexicana definiendo lo que sería el distingo de nuestra política, el chapulineo. Santa Anna era un político chaquetero, pues lo mismo usó en su trayectoria la casaca realista que la insurgente, la monárquica que la republicana, la conservadora que la liberal.

No te pierdas: La Revolución Mexicana que no lo fue

Político sin ideales metido a soldado, Santana se adaptaba a las circunstancias ventajosas, lo mismo que el agua se adapta a la vasija que la contiene; y cambiaba de lealtad y de filosofía de acuerdo con las circunstancias. Al recibir la noticia de que el Congreso había coronado emperador a Agustín de Iturbide, Santa Anna mandó la siguiente misiva al recién coronado:

“Viva V. M. para nuestra gloria, y esta expresión sea tan grata que el dulce nombre de Agustín I se transmita a nuestros nietos… Sintiendo no hayamos sido los motores de tan digna exaltación, mas sí los primeros en esta provincia que tributemos a V. M. nuestros sumisos respetos”.

A nueve meses de que Santa Anna le declarase al emperador sumisión y respeto, el jalapeño le declaró la guerra. El historiador José Fuentes Mares define a nuestro personaje como “un hábil pescador en el río revuelto de las conspiraciones”.

UN BREVE RESPIRO

El plan de Casa Mata para agenciarse la adhesión de los veracruzanos ofreció autonomía en su gobierno y estos de inmediato la tomaron. Otro tanto sucedió con las provincias que se adhirieron. Además, el Congreso definió la distribución de los ingresos entre el gobierno central y el gobierno estatal en la Ley de Clasificación de Rentas. Con esto, la hacienda pública tuvo un respiro, pero solo por un año, pues al siguiente los estados dejaron de cumplir los acuerdos y enviaron cada vez menos dinero.

El gobierno requería ingresos, pero las provincias con las fuentes productivas destruidas y la administración fiscal desarticulada mandaban ingresos magros. La única salida era el crédito, y las casas financieras inglesas, a las que los españoles les habían negado el mercado financiero, de inmediato ofrecieron sus servicios, de modo que se negociaron préstamos con los británicos. En 1824 se negociaron bonos por un valor de 32 millones de pesos, pero a México solo llegaron 17 dado que se descontaron las comisiones, las cuotas y los intereses por adelantado. De esta manera, por cada peso recibido habría que pagar dos.

Esto gracias a que el primer ministro designado para negociar los préstamos, Francisco Borja Migoni, era un pillo, pues contrató el primero con un muy buen descuento y luego lo negoció en el mercado abierto con menor descuento. De modo que, del primer préstamo, de 16 millones, solo llegaron 5.7 millones, es decir, por cada peso recibido deberían pagarse tres; mientras que, del segundo préstamo, también por 16 millones, pero negociado por José Mariano Michelena, llegaron 11.3 millones de pesos. Ahora con un negociador honrado, por cada peso se pagaría un poco menos de peso y medio.

Te interesa: Celebramos un grito de rebelión, no de independencia

A la abdicación de De Iturbide siguió la instalación de la república con un presidente electo, y la elección recayó en el Gral. Guadalupe Victoria, quien con trabajos y créditos logró completar su periodo, que fue de 1824 a 1829. Al término de su periodo se convocó a otra elección, y en esta se consumó el primer fraude electoral de la historia de México, pues de acuerdo con las reglas electorales, la elección recayó en Manuel Gómez Pedraza; pero Guadalupe Victoria, por sus purititos riñones, la desconoció y manipuló de manera burda la votación favoreciendo a Vicente Guerrero. Vicente Guerrero tuvo la feliz ocurrencia de expulsar a los españoles de México y con ellos se fueron sus capitales. Esto trajo otra una ola de inestabilidad política. Guerrero traía en la cartera un plan de gobierno progresista, pero solo duró ocho meses en el poder.

Lo de Guerrero fue un error garrafal. Desconocer las reglas de la elección impuestas por el Congreso cobijó su gobierno con el manto de la ilegalidad. El Gral. López de Santa Anna fue nombrado por Guerrero jefe del ejército y fue de entonces en adelante el peor azote de la economía mexicana.

VAGÓN DE CABÚS

Tabasco ya no es un edén: es un lago, y los recursos acumulado en el Fonden nunca van a llegar, pues el presidente se apropió de ellos. Así los tabasqueños tienen que remar contra dos corrientes. Una, la del agua; otra, la política. N

—∞—

Salvador Casanova es historiador y físico. Su vida profesional abarca la docencia, los medios de comunicación y la televisión cultural. Es autor del libro La maravillosa historia del tiempo y sus circunstancias. Los puntos de vista expresados en este artículo son responsabilidad del autor.