El Impeachment, las internas brasileñas, el pos Brexit: tres peleas que condicionan a Alberto Fernández

Inés Capdevila

Como presidente electo, Alberto Fernández dio señales de que su política exterior va a estar acoplada a sus necesidades internas y, algo también, a la ideología. Bolivia fue su muestra.

El presidente electo cuestionó el golpe pero poco se detuvo a objetar, como hizo Lula da Silva, el intento de Evo Morales de ignorar el referéndum y la Constitución e ir por un nuevo mandato.

Tal vez el ingrediente ideológico le sirva para aplacar las internas dentro de la alianza con el kirchnerismo, pero para conducir su diplomacia probablemente necesite un poco más de pragmatismo.

Los socios que necesitará para atender las principales urgencias de la Argentina - la deuda y la recesión- apenas asuma están todos dominados también por tensiones internas o, mejor dicho, verdaderas peleas que amenazan con neutralizar los acercamientos diplomáticos a los que se verá obligado Fernández.

La mayor pelea interna domina precisamente al presidente que más falta le va a hacer al próximo mandatario argentino en el corto plazo. Hay otras dos que condicionarán también la política interna del gobierno de Fernández.

El impeachment de Trump

Con el fin del mandato de Mauricio Macri, la Argentina pierde la línea directa con la Oficina Oval de la Casa Blanca. La relación de años del presidente argentino con Donald Trump fue determinante en el acuerdo del país con el FMI y su intervención podría ser igual de decisiva cuando el próximo gobierno renegocia ese trato con el organismo.

Pero el vínculo directo y rápido con el presidente de Estados Unidos, país con la mayor cantidad de votos en el Fondo (16%), ya no estará y reconstruirlo, al menos en parte, no será nada fácil. Hoy las relaciones de Washington con el mundo no se manejan a través de su canal histórico, el Departamento de Estado. La administración Trump, primero de la mano de Rex Tillerson y ahora de Mike Pompeo, condujo a esa secretaría a una de sus peores crisis, caracterizada por cientos de vacantes, pérdida de poder y sospechas.

El corazón de la política exterior es hoy el Consejo de Seguridad Nacional; allí el hombre de Trump para América Latina es Mauricio Claver, un abogado conservador de origen cubano con el que ya se reunió Fernández, en México. Es decir que el nexo directo con la -por ahora- mayor potencia del mundo no será más el presidente de ese país sino un funcionario de segunda línea.

Si ese primer obstáculo amenaza con recortar la llegada del próximo gobierno argentino a la Casa Blanca en su ambición de renegociar con el Fondo, el segundo puede directamente congelarla incluso si la Argentina de Fernández promete mantener la postura actual respecto del único tema que desvela -aunque cada vez menos- a Washington en la región, Venezuela.

En la Cámara de Representantes, el proceso hacia su juicio político le lleva a Trump una noticia devastadora tras otra. Los testimonios de sus propios funcionarios son demoledores y refuerzan la hipótesis de que el presidente apeló a un paquete de ayuda oficial para presionar a Ucrania a que investigue al hijo de Joe Biden, uno de los probables rivales demócratas en las elecciones.

De mantenerse ese ritmo de denuncias, Trump seguramente enfrente su juicio político en el Senado, a partir de enero, momento en el que el gobierno argentino encare la renegociación con el Fondo.

Obsesionados con el juicio político al punto de no hablar de otra cosa, Trump, la Casa Blanca y sus funcionarios no solo estarán absortos en la supervivencia de su presidencia en el Congreso. También estarán concentrados en el comienzo a pleno de la campaña hacia las elecciones generales de noviembre, con la largada de las primarias demócratas, el 3 de febrero. Cuánto tiempo le quedará a la administración Trump, sacudida por tanto frente interno, para dedicarse a ayudar a la Argentina ante el Fondo -como le prometió a Fernández- es entonces una gran incógnita.

Las internas brasileñas

Más al sur hay otra disputa interna que el próximo gobierno deberá seguir con detenimiento; de ella depende la relación de la Argentina con su mayor socio comercial, Brasil, y la expectativa de vida del Mercosur.

Desde el momento mismo que comenzó a funcionar, hace ya casi 11 meses, el gobierno de Jair Bolsonaro está tomado por las internas; tres son los grupos que la protagonizan en un juego de equilibrios en el que el poder va rotando de facto.

El núcleo principal es el de los bolsonaristas; su líder natural es el propio presidente; el ideólogo es el pensador de derecha Olavo de Carvalho y los operadores son los tres hijos mayores de Bolsonaro. Siempre bajo el peculiar lema de "bala, Biblia y buey", el poder formal está en sus manos. El contrapeso es el ala militar, decenas de altos mandos, muchos retirados, en posiciones clave de la administración brasileña. Finalmente está el grupo de los "liberales", encabezados por el ministro de Economía, Paulo Guedes, un Chicago Boy de creciente poder.

El núcleo militar actuó, en un principio, como fuerza moderadora del discurso altamente ideologizado de Bolsonaro pero, con el paso de los meses y de las peleas públicas con Carvalho y los hijos del presidente, su poder fue cayendo y varios de sus miembros dejaron el gobierno. Durante la campaña argentina, fue este grupo el que, en la voz del vicepresidente, Hamilton Mourao, y en contra de lo que proponía Bolsonaro, advertía que la relación bilateral debería mantenerse armoniosa incluso si ganaba el kirchnerismo.

Si los militares pierden influencia, el que gana cada vez más poder hacia adentro y afuera del gobierno es el ministro Guedes. El éxito legislativo de la reforma previsional, pilar del gobierno y gran esperanza para resucitar la economía, fue su responsabilidad y ahora va por otros grandes proyectos.

Guedes es también el principal detractor del Mercosur en el gobierno. Aperturista, cree que los aranceles del bloque son excesivos y que si la Argentina de Fernández se niega a bajarlos a la mitad de lo que son hoy, Brasil debería deshacer, sin mucho problema, el acuerdo de libre comercio y negociar con otros países y regiones.

Bolsonaro necesita a Guedes, es el dueño de su mayor victoria, pero tampoco puede prescindir de la Argentina. Por eso, esta semana, en un giro de posición, su hijo Eduardo sugirió que la relación con el país puede mantenerse en un buen cauce a pesar de las diferencias ideológicas entre Bolsonaro y Fernández.

El Pos Brexit

El futuro presidente argentino ya dio pistas de que también buscará respaldos para el FMI en Europa, por más de que sus países cuenten con una porción de votos considerablemente inferior a la de Estados Unidos. Dos fueron los líderes con los que hasta ahora mostró más sintonía, el español Pedro Sánchez y el francés Emmanuel Macron; ambos tienen sus propias peleas también.

El jefe de gobierno español estará en los próximos meses ocupado tratando de mantener unida a la izquierda y de hacer funcionar su en apariencia débil coalición con Unidas Podemos para evitar la quita convocatoria a elecciones en cinco años.

Una vez que pase el caos del Brexit, Macron, en tanto, se dedicará a dar pelea para recuperar la fortaleza de Europa y convertirla en una potencia capaz de competir militar, tecnológica, económica y diplomáticamente con China y Estados Unidos.

"Europa está al borde del precipicio", dijo hace unos días, en un llamado descarnado a otros líderes europeos a sumarse a su ofensiva para devolver la gloria al bloque, hoy golpeado y en vilo por el Brexit, por la abierta enemistad de los Estados Unidos de Trump, por una recesión en ciernes y por el avance imparable de los populismos.

El problema de Macron es que no toda Europa está de acuerdo con su diagnóstico y menos aun con la terapia que propone. Berlín y otras capitales recelan sus propuestas y, sobre todo, su plan de ser el líder indiscutido de Europa, el sucesor de una Angela Merkel más cautelosa y ya en retirada; no quieren en definitiva que Francia les imponga los términos de cómo debe ser la renovación del bloque.

Tan obsesionado con ese proyecto como Trump con su juicio político, Macron se enfrenta a una pelea no tan abierta ni definitiva como la de Estados Unidos pero seguramente igual de compleja. Dos pueden ser los efectos de esa disputa para la Argentina de Fernández: o bien el próximo presidente se enfrenta a la indiferencia de un Macron dominado por sus peleas de baja intensidad con el resto del bloque o se topa con un mandatario francés dispuesto a tejer alianzas en todos los continentes para afianzar su proyecto europeo.

En la poca interacción que ambos tuvieron hasta ahora hubo señales de una y otra posibilidad. En el medio de ese camino, está el acuerdo Mercosur-UE y el respaldo en el FMI.