Impacto: la onda del shock en EE.UU., una alerta para los líderes populistas

Luisa Corradini
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Matteo Salvini, jefe del partido de extrema derecha Liga, se congratulaba de ser "el Trump de Italia".
Fuente: Archivo

PARÍS.- "La fiesta de la democracia se terminó", proclamó el jueves con satisfacción un responsable del Parlamento ruso, después de que vándalos partidarios de Donald Trump invadieron el Capitolio de Estados Unidos. Sin embargo, el inmenso fracaso del presidente saliente, cuyoabsoluto irrespeto de las normas democráticas alentó a los populistas del planeta durante cuatro años, debería sonar como una señal de alarma para muchos de ellos.

La violencia en el Capitolio -así como el agitado proceso electoral- plantearon esta semana con más acuidad la cuestión de las futuras relaciones entre la futura administración Biden y los países de Europa central gobernados por populistas.

"A pesar, o tal vez a causa, de su retórica de confrontación con la Unión Europea [UE], la administración Trump intensificó las relaciones con Europa central y oriental. Ahora, con la elección de Joe Biden, algunos países temen el retorno de un período similar al de Barack Obama, cuando muchos en Washington sacrificaron los intereses de la región en beneficio de una reactivación de las relaciones con Moscú", explica el diplomático checo Petr Tuma.

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A su juicio, Biden mirará a sus socios a través del prisma de los valores liberales, como la democracia, los derechos humanos o en Estado de Derecho, contrariamente a la visión "pragmática" de Trump. "El futuro de las relaciones dependerá de la forma en que las capitales [de Europa central] responderán a esas expectativas", agrega Tuma.

En todo caso, la onda de shock del Capitolio parece haber sido demasiado fuerte y el mensaje, recibido con toda claridad: muchos populistas europeos, que se esforzaron en estrechar sus relaciones con Trump durante cuatro años, prefirieron no reaccionar inmediatamente ante los acontecimientos en Washington. Todos, sin embargo, son conscientes de que se encuentran en un momento clave para sus futuros políticos.

Es verdad, muchos gobiernos ultranacionalistas europeos no necesitaron ser alentados para demonizar a los musulmanes, levantar muros fronterizos o mantener en sórdidos campos a solicitantes de asilo. Esos comportamientos existían antes de la elección de Trump, sobre todo a partir de la crisis de los refugiados de 2015. Pero las decisiones de su administración reforzaron considerablemente en Europa el racismo, la xenofobia y las fuerzas hostiles a la inmigración.

Así, Matteo Salvini, jefe del partido de extrema derecha Liga, se congratulaba de ser "el Trump de Italia", mientras prohibía a los barcos con migrantes que atracaran en sus puertos.

Con otros métodos y las mismas palabras, la mayoría de los países de Europa central trataron de imitar a Trump y tejieron excelentes relaciones con su administración. Ahora saben que Biden ejercerá una política totalmente diferente. El presidente electo reforzará casi con seguridad el internacionalismo, en desmedro de los nacionalismos europeos. Con la nueva administración, los representantes europeos del populismo no solo habrán dejado de tener la misma legitimidad, sino que sus líderes deberán pagar un elevado precio internacional por sus posturas aislacionistas y ultranacionalistas.

En Europa, ese será el caso de Polonia y de Hungría. Cuando el ultranacionalista partido Derecho y Justicia, que gobierna Polonia, se enfrentó con Alemania por la política de asilo de la UE y -entre otras cosas- puso en tela de juicio la independencia de la Justicia en su país, contó siempre con el apoyo de Trump.

Con Biden, es probable que el gobierno polaco tenga que cambiar de actitud si pretende que Estados Unidos siga protegiéndolo de una eventual injerencia de Rusia.

Consciente del significado del cambio, el premier británico, Boris Johnson, aliado de Trump, fue uno de los primeros en calificar de "escenas vergonzosas" la toma del Capitolio. Principal defensor del Brexit, el magnate alentaba a Johnson a adoptar una línea dura ante la UE.

Biden nunca fue un fanático partidario del Brexit y seguramente tampoco habrá olvidado la afrenta racista del premier a Obama, a quien trató de "parcialmente keniata".

Otro dirigente que hizo un gesto hacia la nueva administración fue el millonario presidente checo, Andrej Babis, que hasta el miércoles aparecía en Twitter con una gorra con la inscripción "Chequia fuerte", copia del "Make America Great Again" de Trump. Un día después, había desaparecido para dejarle lugar a otra de Babis con una máscara de protección.

Contrariamente a los pequeños países europeos dirigidos por populistas, las grandes potencias regionales aprovecharon para volver a criticar la actitud "imperialista" de Washington. Desde Rusia hasta a Irán, pasando por China y Turquía, sus líderes no dejaron pasar la ocasión de ironizar sobre la "debilidad" de la democracia estadounidense.

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"Los perdedores tienen razones más que suficientes de acusar a los ganadores de falsificación", señaló Konstantin Kosatchev, presidente de la comisión de Relaciones Exteriores de la cámara alta del Parlamento ruso, en Facebook.

"Estados Unidos perdió su derecho a marcar el rumbo. Mucho menos a tratar de imponerlo a los demás", agregó. El líder ruso, Vladimir Putin, prefirió mantener el silencio.

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, que se esforzó durante cuatro años en establecer excelentes relaciones con Trump, calificó de "vergüenza para la democracia" lo sucedido. Pero el autócrata turco tampoco dudó en calificar a Estados Unidos de "supuesta" cuna de la democracia, "donde demócratas y republicanos son lo mismo".

A pesar de esos desafíos, el fracaso estrepitoso de Trump debería ser interpretado por los gobiernos populistas como una seria advertencia. Aunque divididos y enfrentados, la mayoría de los electores norteamericanos parece haber comprendido la importancia de lo que el escritor Albert Camus resumió en una frase: "Cuando la democracia está enferma, el fascismo viene a cuidarla y no es precisamente para ver si mejora".