Imitando a Roosevelt, Biden quiso un comienzo rápido. Ahora viene lo difícil.

Peter Baker
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Plumas usadas por el presidente Joe Biden para firmar órdenes ejecutivas en el Despacho Oval en la Casa Blanca en Washington, el 19 de enero de 2021. (Doug Mills/The New York Times)
Plumas usadas por el presidente Joe Biden para firmar órdenes ejecutivas en el Despacho Oval en la Casa Blanca en Washington, el 19 de enero de 2021. (Doug Mills/The New York Times)
El presidente Joe Biden firma órdenes ejecutivas en el Despacho Oval en la Casa Blanca en Washington, el jueves, 28 de enero de 2021. (Doug Mills/The New York Times)
El presidente Joe Biden firma órdenes ejecutivas en el Despacho Oval en la Casa Blanca en Washington, el jueves, 28 de enero de 2021. (Doug Mills/The New York Times)

WASHINGTON — En las semanas previas a su toma de posesión, el presidente Joe Biden y sus asesores pasaron tiempo indagando en libros sobre Franklin D. Roosevelt, las dos biografías y volúmenes que exploran sus primeros 100 días icónicos, bajo la teoría de que ningún presidente desde entonces había asumido la presidencia durante una crisis tan grave para el país.

Elaboraron su propio plan para los primeros días, en esencia, al comprimir 100 días en 10. Biden ya ha firmado unas 45 órdenes ejecutivas, memorandos o proclamaciones con los que instaura o al menos inicia cambios radicales de políticas públicas en una amplia variedad de temas, entre ellos, la pandemia del coronavirus, la justicia racial, la inmigración, el cambio climático y los derechos de las personas transgénero.

Sin embargo, si bien Biden ha tenido el arranque más veloz de cualquier presidente desde Roosevelt, hay topes más adelante que amenazan con frenar su ímpetu. Febrero será más agobiante, pues estará plagado de polémicas negociaciones legislativas en torno a su paquete de rescate por el coronavirus de 1,9 billones de dólares, un proceso lento para confirmar al resto de su equipo directivo, y la distracción indeseable e impredecible de un juicio político en el Senado en contra de su predecesor.

Mientras organiza un gobierno y busca borrar los vestigios del mandato del expresidente Donald Trump, Biden está gestionando las inmensas expectativas del ala progresista de su partido y, a la vez, explorando posibilidades para trabajar con una oposición inquieta que se ha resistido a su autoridad desde el principio, todo aunado a la noticia de que el número de muertos por coronavirus en Estados Unidos rebasará las 500.000 víctimas en las próximas semanas y a las advertencias de los funcionarios de seguridad nacional sobre más terrorismo interno por parte de partidarios extremistas de Trump como los que asaltaron el Capitolio el 6 de enero.

“La administración está haciendo un buen trabajo al usar las facultades ejecutivas con rapidez para enmendar algunos de los males de los años de Trump y dar indicios de sus propias prioridades”, dijo Alasdair Roberts, director de la Escuela de Políticas Públicas Amherst en la Universidad de Massachusetts, quien ha escrito sobre los primeros 100 días de Roosevelt.

Roberts afirmó que el desafío es redefinir las expectativas de modo que los estadounidenses no asuman que pronto habrá un montón de leyes muy importantes como las de Roosevelt. “Bajo ese criterio, las posibilidades de éxito no son buenas, y no mejorarán solo porque el gobierno empezó a regir con tanta rapidez mediante acciones ejecutivas”, comentó. “Roosevelt gobernó en un mundo mucho más simple”.

El reto más abrumador para Biden será equilibrar su deseo declarado de bipartidismo con su sentido de urgencia por conseguir la aprobación de un enorme paquete de rescate para la pandemia. A diferencia de Roosevelt, quien contaba con una gran mayoría demócrata en el Congreso, Biden apenas tiene una mayoría, y los líderes de su partido prefieren sacar a los republicanos que avenirse con ellos. Biden tendrá que decidir cuánto esfuerzo va a invertir en buscar el apoyo de los republicanos a costa de demorar la aprobación de esta medida o reducir su escala.

Dado que los beneficios ampliados por desempleo expiran a mediados de marzo, la Casa Blanca ve esa fecha como el tiempo límite para tomar acción. En caso de que el presidente deba proceder sin el apoyo bipartidista, él y sus aliados demócratas quizá tengan que recurrir a maniobras procesales para superar la resistencia en el Senado, lo cual muy seguramente provocará la furia de los republicanos.

Al tomar esta decisión, Biden y su equipo están enfocados en la experiencia de otro presidente que subió al poder en una época peligrosa, Barack Obama, con quien Biden trabajó como vicepresidente. En medio de la adversidad de la Gran Recesión, Obama impulsó un programa de estímulo 24 días después de asumir la presidencia en 2009 con un apoyo casi nulo de los republicanos, quienes mostraron poco interés en las metas aparentemente bipartidistas de Obama.

La lección que Biden y sus asesores rescataron de esa experiencia no fue que las concesiones de Obama no fueron suficientes para poner a los republicanos de su lado, sino que fueron excesivas. Aunque los asesores económicos de Obama en aquel entonces creían que necesitaban un programa mucho más grande para reactivar la economía, él lo limitó a 800.000 millones de dólares, pensando que eso era lo máximo que podía obtener en términos políticos. El equipo de Biden considera que ese fue un error, por lo que están más decididos a apegarse a la cifra de 1,9 billones de dólares.

“Creemos que podemos actuar con rapidez”, declaró Anita Dunn, consultora directiva de Biden. “Él quisiera hacerlo con el apoyo de miembros de ambos partidos. Creemos que es posible obtener ese respaldo bipartidista dada la profundidad de la emergencia y el hecho de que el 15 de marzo hay un precipicio debido al desempleo”.

Otros funcionarios de la Casa Blanca se mostraron menos entusiastas con respecto a la posibilidad de obtener apoyo bipartidista para el paquete de rescate por el coronavirus y señalaron que habría otras oportunidades para la cooperación entre ambos partidos en temas como la infraestructura, la epidemia de opioides, el internet de banda ancha en zonas rurales, la salud mental y el servicio militar nacional.

Los asistentes de Biden dijeron que el presidente había hablado con frecuencia por teléfono con republicanos del Congreso, pero debido a las restricciones relacionadas con el virus, no los había invitado a la Casa Blanca para demostrar de manera visible su disposición a consultar a miembros del otro partido. Además, su avalancha de decretos atrajo críticas de republicanos que dijeron que ese tipo de medidas unilaterales no representaban unidad.

Mitch McConnell, senador republicano por Kentucky y líder de la minoría republicana, emitió un comunicado titulado: “Biden pregona conciliación, pero gobierna con la izquierda”. Incluso el senador republicano por Pensilvania, Patrick Toomey, uno de los cinco republicanos que rompió con Trump y votó a favor de someterlo a un juicio político, se quejó de que Biden había iniciado “un maratón histórico e izquierdista de órdenes ejecutivas que no se ha detenido”.

Lanhee Chen, académico de la Hoover Institution en la Universidad de Stanford que asesoró a Mitt Romney durante su campaña presidencial de 2012, dijo que Biden no podía darse el lujo de alejar a los republicanos, dado el control estrecho que tiene su partido en el Congreso. “El riesgo que corre Biden es desperdiciar la poca buena voluntad que ha logrado fomentar en los últimos meses con algunos republicanos y quedarse con puros intentos de aprobar legislaciones partidistas con muy poco margen de error en el Senado”, explicó.

Las órdenes ejecutivas llegaron con una intensidad tan potente que algunas medidas individuales se perdieron entre tal cantidad. Sin embargo, los funcionarios de la Casa Blanca afirmaron que decidieron no esparcirlas en un periodo más largo en aras de reforzar un mensaje de energía y cambio. Y aunque se arriesgaron a parecer dispersos con su método de abarcar tantos temas a la vez, anularon muchas de las políticas del gobierno de Trump que consternaban a distintos grupos de interés liberales que son parte de su coalición.

Entre otras cosas, Biden volvió a unirse al Acuerdo de París para combatir el cambio climático, impuso una moratoria a los nuevos usufructos de petróleo y gas natural en tierras públicas o en alta mar, canceló el proyecto del oleoducto Keystone XL, prohibió a nivel nacional la discriminación en el lugar de trabajo con base en la orientación sexual o la identidad de género, puso fin a la prohibición de Trump a la participación de estadounidenses transgénero en el servicio militar, prohibió la renovación de contratos federales con prisiones privadas, suspendió la construcción del muro fronterizo de Trump y extendió la condonación de préstamos estudiantiles así como los plazos límites para desalojos y ejecuciones hipotecarias.

Otras medidas fueron más simbólicas o representaron intenciones futuras. Y al igual que Trump, Biden pronto se metió en problemas con los tribunales cuando un juez federal en Texas bloqueó de manera temporal su pausa de 100 días a las deportaciones de inmigrantes que estuvieran en el país de manera ilegal. No obstante, los líderes liberales manifestaron su apoyo al mandatario.

Si bien el discurso sobre unidad de Biden aún no ha producido mucha unión real, sí ha logrado calmar los ánimos y cuenta con más apoyo público del que jamás tuvo Trump. El índice de aprobación de Biden en las encuestas iniciales varían del 54 por ciento (Universidad de Monmouth) al 56 por ciento (Morning Consult) y el 63 por ciento (Hill-HarrisX). El índice de aprobación de Trump en un momento similar en 2017 fue de alrededor del 46 por ciento en la encuesta de Morning Consult.

Como preparación para enfrentar los enormes retos que iban a heredar, Biden y su equipo estudiaron libros sobre Roosevelt como “FDR” de Jean Edward Smith y “El momento decisivo: los cien días de FDR y el triunfo de la esperanza” de Jonathan Alter, así como otros clásicos como “Mil días: John F. Kennedy en la Casa Blanca” de Arthur Schlesinger Jr. sobre la corta presidencia de John F. Kennedy. Biden consultado a menudo también ha al historiador Jon Meacham, quien le ayudó a escribir su discurso inaugural.

Roosevelt entró en funciones en 1933 luego de tres años de calamidad económica y respondió con un aluvión de legislaciones que transformaron Estados Unidos y el papel del gobierno en la sociedad, aunque no acabaron por completo con la Gran Depresión. Las órdenes ejecutivas de Biden son menos permanentes porque pueden ser anuladas por futuros presidentes. Sin embargo, emulan el deseo de Roosevelt de inyectar una energía determinada al país.

“Las órdenes ejecutivas de Biden van a ser más duraderas que las de Obama y estarán más alineadas con muchas de las acciones que tomó Roosevelt al inicio de su presidencia”, afirmó Alter en una entrevista. Si la administración logra vacunar a más de 100 millones de personas contra la COVID-19 en sus primeros 100 días, Biden habrá movilizado una respuesta a la pandemia más rápida incluso que los primeros programas del New Deal de Roosevelt en respuesta a la Depresión.

“La movilización de Biden eclipsará eso, y si da la impresión de haber contenido el virus para cuando terminen sus primeros 100 días, se perfilará para conseguir todo tipo de logros después”, declaró Alter.

Pero será crítico el momento en el que Biden despliegue sus iniciativas políticas y el hecho de que logre enmarcarlas en una rúbrica memorable como la del New Deal de Roosevelt, agregó.

“Aún no sabemos si la secuencia y la presentación de los eventos estarán a la altura del desafío”, comentó Alter. “La secuencia consiste en: ¿Cómo aprovechas un éxito de modo que un logro se apoye de otro? Y si no los despliegas en el orden correcto, puedes crear un problema”. Sin embargo, Alter manifestó optimismo. “De verdad tiene una buena oportunidad de lograrlo”.

This article originally appeared in The New York Times.

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