Imagina: cirugías sin cicatrices

Gina Kolata
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Paladares hendidos que se cierran sin cicatrices. Quemaduras que se recuperan sin dejar rastro. Viejas cicatrices desfigurantes que desaparecen, dejando la piel lisa y sin imperfecciones.

Suena a ciencia ficción, pero la curación sin cicatrices puede convertirse en una tentadora posibilidad. En un estudio publicado el jueves en Science, dos investigadores de la Universidad de Stanford informaron que descubrieron las señales moleculares que hacen que se formen las cicatrices y encontraron una manera sencilla de bloquearlas, al menos en los ratones.

Un fármaco de veinte años de antigüedad, la verteporfina, que ya se comercializa como tratamiento intravenoso para la degeneración macular, puede evitar la formación de cicatrices si se inyecta en el borde de una herida.

Cuando las heridas tratadas con verteporfina se curan, la piel que se forma tiene un aspecto perfectamente normal, nada que ver con la que se cura con cicatrices, esos cierres abultados de las heridas que no solo son antiestéticos, sino también mucho más débiles que la piel normal y no tienen pelo ni glándulas sebáceas ni sudoríparas.

El estudio fue realizado con ratones pero los investigadores, Michael Longaker, vicepresidente de cirugía de Stanford, y Geoffrey Gurtner, vicepresidente de cirugía para la innovación de Stanford, ahora lo están implementando en cerdos porque su piel es la más parecida a la de los humanos. Con estos nuevos sujetos, los cirujanos hicieron una incisión del ancho de un pulgar y de cinco pulgadas de largo. Cuando suturaron el corte e inyectaron verteporfina alrededor del borde, la cicatriz fue mucho menor.

“Es algo espectacular”, dijo Longaker.

Investigadores que estudian las heridas, y que no estaban asociados al estudio, se mostraron entusiasmados.

“No es habitual que lea un artículo y diga: ‘Vaya, esto es realmente un gran avance’”, dijo Valerie Horsley, bióloga especialista en desarrollo de tejidos de Yale que estudia la cicatrización de las heridas. “Pero este es un avance importante”.

Marjana Tomic-Canic, directora del programa de cicatrización de heridas y medicina regenerativa de la Facultad de Medicina Miller de la Universidad de Miami, dijo que el estudio es “realmente un avance”, y añadió que “todo el mundo se entusiasmará con este trabajo”.

Longaker dijo que esperaba obtener el permiso de la Administración de Alimentos y Medicamentos a fines de año para probar la seguridad y eficacia del fármaco en bebés con labio y paladar hendido.

Para Longaker, la rapidez es fundamental si el tratamiento funciona y es seguro. “No quiero que esto sea un proceso de diez años”, comentó.

Stanford ha presentado patentes para el uso de la verteporfina en la formación de cicatrices.

Aunque la verteporfina está disponible, y los médicos pueden recetar medicamentos para usos no aprobados, Longaker dice que es crucial esperar a la aprobación de la FDA antes de usar el medicamento para tratar de prevenir las cicatrices.

“Obviamente, queremos ayudar a los pacientes lo antes posible”, dijo. “Pero tenemos que asegurarnos de que este fármaco se pruebe de forma que garantice su seguridad y eficacia”.

La historia de la medicina, explicó, ofrece un panorama aleccionador de tratamientos que parecían buenos en animales pero que fracasaron en los ensayos clínicos.

Si el fármaco funciona en humanos, el descubrimiento puede ser lucrativo y transformar la vida. Cientos de millones de personas sufren cicatrices graves cada año, y muchas de ellas son desfigurantes, tanto por accidentes como por cirugías de baipás cardíaco, mastectomías y quemaduras.

“Las cicatrices en general provocan dolor y picazón, y nos impiden movernos como deberíamos”, afirma Benjamin Levi, especialista en quemaduras que dirige el Centro de Organogénesis y Traumatismos del Centro Médico Southwestern de la Universidad de Texas. La posibilidad de bloquear el proceso de cicatrización “tiene un enorme potencial”, afirmó.

Jason A. Spector, profesor de cirugía plástica y otorrinolaringología del Weill Cornell Medical College, dijo que, cuando realiza cirugía reconstructiva en pacientes con cáncer de cabeza y cuello, muchos “están más preocupados por la cicatriz que atraviesa el labio y la piel que por el cáncer”.

Tomic-Canic describió el proceso: cuando hay una herida, el fuerte músculo que hay bajo la piel se contrae y junta los bordes de la herida. Se forma un coágulo como barrera temporal sobre la herida y, bajo él, el cuerpo fabrica gruesas cuerdas de colágeno que forman un puente para que las células de la piel puedan migrar a través del hueco y rellenar la abertura. Esas cuerdas de colágeno permanecen: son la cicatriz.

Con el avance de la biología y la genética moleculares, Longaker aprovechó las nuevas herramientas para investigar las vías moleculares necesarias para la formación de cicatrices. El punto de partida clave para la formación de cicatrices es la tensión mecánica que se produce cuando una herida desgarra la piel que debería estar tensa. (Las personas mayores con piel suelta tienen menos probabilidades de cicatrizar porque su piel está sometida a menos tensión). El desgarro de las capas de la piel impulsa a un tipo de células cutáneas —los fibroblastos— a crear cuerdas de colágeno e inicia una reacción en cadena de acontecimientos moleculares en el interior de las células cutáneas. Las reacciones culminan con la activación de una proteína llamada YAP (Yes-associated protein). A continuación, la YAP se une al ADN y comienza la cicatrización.

Longaker y Gurtner criaron ratones sin la proteína YAP. Como los ratones tienen la piel suelta, tuvieron que mantener las heridas abiertas con un anillo, como un aro de bordar, para imitar la tensión de la piel humana. Las heridas se curaron. No quedaron cicatrices.

Entonces se preguntaron: ¿la verteporfina podría tener el mismo efecto que la ausencia de YAP? Así que, en otro experimento, hirieron a ratones que podían fabricar YAP y volvieron a sujetar la piel suelta con anillos. Inyectaron verteporfina alrededor de la herida. Esperaron a ver qué pasaba.

Longaker recuerda el momento. “Santo guacamole”, dijo. Las heridas curadas tenían el mismo aspecto que la piel normal. Eran iguales bajo el microscopio. Les crecía pelo. Tenían glándulas sebáceas.

Su imaginación se disparó. Las cicatrices podrían prevenirse con unas pocas inyecciones rápidas de verteporfina. Y no había ninguna razón para pensar que no podría ir aún más lejos. Un paciente con una cicatriz incapacitante y desfigurante podría acudir a un cirujano para que le frote la cicatriz con lidocaína y así adormecer la piel. Luego, el médico abriría la cicatriz, inyectaría verteporfina alrededor de los bordes y cerraría la herida. ¿Se recuperaría sin la cicatriz?

“Eso podría cambiarles la vida”, dijo Longaker.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company