Un huracán con el que el premier ganó en más de un sentido

Andrea Oelsner

Las elecciones en el Reino Unido pasaron como un huracán: hubo pronósticos y alertas, pero nadie estaba del todo preparado para su paso. Después de varias elecciones con resultados sorpresivos en los últimos años (Donald Trump, el Brexit mismo, y más cerca de nosotros, las PASO y las del 27 de octubre), ni conservadores ni laboristas, ni brexiteers ni remainers, podían confiar plenamente en las encuestas.

Las elecciones pasaron y dejaron resultados contundentes: los ingleses quieren terminar con el tema del Brexit y poder hablar de otras cosas; los escoceses no quieren a los conservadores, ni al Brexit ni a los ingleses; y los norirlandeses se dan cuenta de que, en verdad, la mayor amenaza para la unión con Gran Bretaña no viene de los nacionalistas irlandeses, sino de los nacionalistas ingleses.

Veámoslo más de cerca. En Inglaterra el triunfo tory fue indudable, pero Boris Johnson hace bien en admitir que algunos son votos "prestados": con un pésimo candidato enfrente (Jeremy Corbyn), con la ayuda del Partido del Brexit, que retiró candidatos, y con una campaña tan clara como mentirosa, el primer ministro sabe que el trabajo para retener a esos nuevos votantes conservadores recién empieza.

Pero Johnson ganó en más de un sentido. Tiene ahora una mayoría parlamentaria lo suficientemente amplia como para darse el lujo de ignorar a los más radicales de su propio partido, que quieren un Brexit duro sin acuerdo. No solo eso, hasta puede fantasear con volver a negociarle a la Unión Europea (UE) un acuerdo más ventajoso para el Reino Unido.

Del otro lado, Corbyn fue un pésimo candidato para el laborismo. Su imagen de líder socialista de los años 70, su ambigua posición respecto del Brexit, promesas de campaña que parecían de Papá Noel (internet gratis para todos, por ejemplo), pero sin explicar cómo se financiarían, y acusaciones de tolerar antisemitismo en el partido. Todo esto llevó al laborismo a la peor derrota desde 1935.

Además, en un sistema uninominal donde el partido que gana una jurisdicción se lleva al único representante, los demócratas liberales aumentaron su caudal de votos, pero perdieron un asiento en el Parlamento respecto de las elecciones de 2017. Es más, si bien sacaron el 11,5% de los votos totales, solo tienen 11 representantes, que equivalen al 1,7% de los asientos en la cámara.

Este mismo sistema premió a los nacionalistas escoceses, quienes aumentaron marginalmente sus votos, y sin embargo ahora tienen 13 representantes más en Westminster. Pero, claro, lo que es "marginal" a nivel nacional es significativo a nivel escocés, y en Escocia ganaron el 45% de los votos, lo que les proporcionó 48 de las 59 bancas de origen escocés en la Cámara de los Comunes. Esto representa un gran triunfo y justifica que su líder, Nicola Sturgeon, declame que un nuevo referéndum de independencia es inevitable.

Divisiones

Para lo unida que parece Escocia, Irlanda del Norte sigue, en cambio, divididísima. Como producto del acuerdo de paz, la Constitución manda que el gobierno norirlandés tenga que ser compartido entre representantes probritánicos unionistas y representantes católicos nacionalistas.

Pero hace tres años que los dos partidos mayoritarios, DUP (pro- Brexit) y Sinn Fein (anti-Brexit), no logran formar gobierno, y los irlandeses se cansaron. Los dos perdieron votos a manos de dos partidos anti-Brexit moderados (el SDLP y la Alianza). El mensaje es claro, los irlandeses, igual que los escoceses, prefieren quedarse dentro de la UE, pero también prefieren tener un gobierno propio que uno mandado desde Londres porque sus dos partidos más grandes no pueden ponerse de acuerdo. Y además, ahora los norirlandeses tienen en Londres más representantes nacionalistas que unionistas. Si esto fuera una tendencia y no una foto, Londres y los unionistas deberían preocuparse mucho.

Pero no. Ni Irlanda del Norte ni Escocia parecen ser una prioridad para el huracán Boris. El premier no tuvo problemas para abandonar al DUP y romper la promesa que no habría controles entre la isla de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Tampoco le importó enfrentarse con la líder del partido conservador en Escocia, que finalmente terminó renunciando a su banca y debilitando al conservadurismo escocés.

Tras el huracán, ahora es el momento de evaluar los daños. El Brexit parece haberse salvado. También los nacionalismos inglés, escocés e irlandés se mantienen en pie, más fuertes que antes. En cambio, las pérdidas sufridas por la Unión y por el destino conjunto del Reino Unido tienen un costo que no está claro que el gobierno de Londres esté interesado en pagar.

La autora es doctora en Relaciones Internacionales y profesora en la Universidad de San Andrés