Hungría prohíbe dormir en la calle a los sin techo

Desde hace aproximadamente tres años Hungría está en el punto de mira de la Unión Europea por el retroceso que han sufrido los derechos humanos en el país. Fruto de estas dudas el propio Parlamento Europeo decidió dar el primer paso para restringir el derecho a voto del estado centroeuropeo, una decisión histórica que no ha hecho que Viktor Orbán, el todopoderoso primer ministro húngaro dé marcha atrás. Más bien al contrario. Tras liderar la cruzada europea contra los inmigrantes (rechazó las cuotas de acogida comunitarias), ahora Hungría ha puestos sus ojos sobre los sin techo con una polémica medida: prohibirles dormir en la calle.

La ley fue aprobada en junio de 2018 por el Parlamento húngaro, pero ha sido ahora, el 15 de octubre, cuando ha entrado en vigor, en forma de enmienda constitucional y va a provocar que los indigentes que están durmiendo en la calle puedan ser detenidos por la policía. No se queda ahí la controvertida norma, ya que los agentes también podrán destruir todas las pertenencias que lleve consigo el sin techo o incluirle 6 meses en programas de obras públicas.

Una mujer sin techo duerme en la calle en Budapest (REUTERS/Bernadett Szabo).

Las tres primeras veces las autoridades se limitarán a informar a las personas sin hogar que no pueden estar en la vía pública y que deben acudir a un refugio proporcionado por el Gobierno. A partir de la tercera advertencia es cuando se empezarán a producir las detenciones y la destrucción de los objetos personales.

El Ejecutivo de Orbán ha defendido la medida señalando que la “nueva ley tiene el objetivo de proporcionar condiciones de vida adecuadas”, pero lo cierto es que distintas organizaciones de amparo a las personas sin hogar la han criticado duramente. La razón es evidente; se está criminalizando y persiguiendo a personas que no tienen recursos, a gente que está completamente desamparada y que no tiene más remedio que vivir en la calle; no lo hacen por gusto, sino por obligación.

En realidad la lucha del primer ministro húngaro con los indigentes viene de largo. Si de cara al exterior su chivo expiatorio han sido los inmigrantes, internamente son los sin techo. Ya en el año 2010 intentó criminalizar la vida en las calles, pero el Parlamento le frenó. No ocurrió lo mismo en 2013 cuando fue capaz de sacar adelante una ley que multaba el dormir en la calle y que fue endurecida en 2016 con castigos que superaban los 500 euros e incluso penas de prisión para los sin techo de Budapest, la ciudad que alberga la mayor cantidad de ellos.

Ahora, esta nueva enmienda constitucional endurece una vez más las condiciones, aunque igual que entonces, se sigue enfrentando a las mismas dificultades: la imposibilidad de aplicar la ley de forma efectiva. Las matemáticas no mienten: los albergues no disponen de plazas suficientes. Se estima que en todo el país hay aproximadamente unas 20.000 personas sin hogar, mientras que los espacios disponibles en los refugios ascienden a 11.000

Por este motivo ya se han producido diversas manifestaciones de protesta. El Gobierno de Orbán asegura que ha destinado 30 millones de euros en el presupuesto de 2018 para mejorar sus condiciones de vida y un millón adicional para reacondicionar los albergues que los hospedan, pero no ha convencido a las asociaciones de derechos humanos, que temen “la persecución al débil”.

Viktor Orbán, primer ministro húngaro (AFP).

La medida viene como respuesta a la percepción de residentes y empresarios húngaros que vinculan la presencia de personas sin hogar en las calles con un déficit en la seguridad, pero lo cierto es que se está atacando al eslabón más débil de la sociedad y se ampara la violencia ejercida sobre ellos.

Está por ver si esta controvertida ley se extiende a otros países europeos. De momento ya hay algunos como Grecia, Italia o Rumanía que prohíben expresamente el pedir dinero en la calle, pero Hungría ha ido un paso más allá. En una Europa cada vez menos solidaria y más orientada hacia los pensamientos ultra desde luego no sería ninguna sorpresa. Desgraciadamente el ejemplo Hungría sigue creciendo.