Las horas urgentes del Pata Medina

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Juan Pablo "Pata" Medina en su casa de Ensenada, con Pampa, su perro dogo
silvana colombo

La imagen de tipo hosco y duro se desvanece tras el apretón de manos. Juan Pablo “Pata” Medina, el sindicalista más temido de La Plata, le regala cariñosamente un cachete a Pampa, su perro dogo con cara de malo que lo lame con devoción. La mascota, una suerte de ángel guardián, pasa el día tras las rejas que cubren el perímetro de una pileta de venecianas que parece que no se llena de agua desde hace varios veranos. M edina regresó allí en febrero último después de haber estado preso durante tres años y cuatro meses. Cuando cae el sol, Pampa queda suelto, atento a cualquier movimiento extraño y mirada indiscreta.

La responsabilidad de custodiar al exjefe sindical de la Uocra platense no recae solo en ese dogo de ladrido intimidante. En frente de la casa, en un terreno ajeno, se montó una casilla de ladrillos desde la que siempre hay alguien en estado de alerta. Es imposible no saber que es la seguridad del Pata Medina. Cuelga de un árbol una bandera argentina con leyendas alusivas al sindicalista que colonizó las obras públicas y privadas de La Plata durante más de 15 años. El custodio nunca está solo. Pasa el día y la noche con Alma, Frida y Princesa, tres perros San Bernardo que fueron comprados por Medina y su esposa Fabiola en un viaje por Bariloche. Al souvenir turístico lo hicieron propio.

Villa del Plata es un barrio de clase media, con casas bajas, calles de tierra y vegetación feraz. Algunas viviendas parecen ser más un retiro de fin de semana que un sitio para todos los días. Tienen piletas, quincho y jardines amplios. Las dos casas que limitan con la del Pata Medina están a la venta. Se llega hasta allí tras bajar de la autopista Buenos Aires- La Plata en dirección a mano izquierda, camino a Ensenada. Se recorre la diagonal 74, hasta el fondo. Está casi arrinconado contra el Río de la Plata.

Bien cerca, apenas unos pocos kilómetros de lo de los Medina, se levantan el polo petroquímico, la central térmica y la refinería de YPF. El Pata y su hijo Cristian, alias “Puly”, a quien en el mundillo sindical señalan como su sucesor, administraron durante años la bolsa de trabajo de las grandes obras de la zona. Esa es hoy la raíz de su feroz disputa con la otra facción sindical, encabezada por Iván Tobar, un barra de Estudiantes con antecedentes violentos que vio su posibilidad de escalar en su carrera sindical con la caída en prisión de Medina, en 2017. Es una disputa entre malos.

Medina cayó preso el 26 de septiembre de 2017 en su casa de Villa del Plata después de pasar horas atrincherado en la seccional de la Uocra, en el centro de La Plata. Cumplirá ahora también allí el arresto domiciliario que dispuso anteayer el juez por entender que violó la prohibición de realizar actividades sindicales al convocar a un multitudinario acto político, el lunes pasado. “Fue convocado por la agrupación peronista 22 de enero para respaldar a Alberto, Cristina y al gobernador de Buenos Aires”, dice a modo de defensa en una charla con LA NACION, el día previo a la resolución judicial. Vive allí con su esposa y tres de sus diez hijos.

Medina camina con cierta dificultad por una prótesis que tiene en la rodilla izquierda. Las piernas arqueadas le dificultan pararse con la guardia en alto frente a la bolsa de box que cuelga tapizada en polvo en el garaje. Dibuja con la mente un jab al aire cuando se le pregunta hace cuando que no le da un golpe . Da la sensación que el Pata prefiere las horas hundido en un sillón de paño hecho jirones fumando tabaco en narguile. Lo enciende a la mañana y lo alimenta con rocas de carbón cada tanto. El narguile nunca se apaga. Toma también mate y capuccino, y mira de reojo la televisión. Rompe con su tono amable con una voz súbitamente temblorosa, casi fuera de control, para hablar del macrismo. “Me armaron la causa, él, Vidal y el espionaje”, dice, resignado, a la espera del juicio oral por extorsión, asociación ilícita y lavado de dinero. Es ácido con la patria panelista. “Opinan cualquier cosa, hablan sin saber”, apunta sin dar nombres propios contra el periodismo.

Modesta, algo venida abajo, la casa de los Medina es un desfile de personas. Hijos, nietos y militantes. Por momentos, hay clima de tensión y el aire parece cortarse con el filo de una sevillana. Todos saben que en cualquier momento el Pata puede volver a prisión. El jefe da órdenes casi imperceptibles, con movimientos de cabeza, una palabra o una mirada furtiva. Siempre desde el sillón. Se dispersa cuando habla de Perón, su musa política. Relata con entusiasmo la historia de recuperación de la lápida de bronce con que la Uocra rindió homenaje a Evita, en 1953. “Tiene hasta el reloj con el horario de la muerte”, muestra con orgullo. A la espera de ser juzgado, el Pata Medina aguarda con arresto domiciliario una sentencia de final incierto. Juega nervioso con las pelotitas de madera del rosario árabe que cuelga de su cuello. Siente que su poder ya no es el de antes.

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