Lo que un hongo revela sobre el programa espacial

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Una fotografía que proporcionó Space X de la tripulación de la Inspiration4 muestra de izquierda a derecha a Chris Sembroski, Sian Proctor, Jared Isaacman y Hayley Arceneaux vestidos con su traje espacial para un ensayo de lanzamiento en Cabo Cañaveral, Florida, el 12 de septiembre de 2021. (SpaceX vía The New York Times).
Una fotografía que proporcionó Space X de la tripulación de la Inspiration4 muestra de izquierda a derecha a Chris Sembroski, Sian Proctor, Jared Isaacman y Hayley Arceneaux vestidos con su traje espacial para un ensayo de lanzamiento en Cabo Cañaveral, Florida, el 12 de septiembre de 2021. (SpaceX vía The New York Times).

Últimamente, paso mucho tiempo pensando en un hongo llamado Pilobolus. En la mayoría de los casos, vive en el excremento de animales, como el de las vacas y los caballos, del cual se alimenta con gusto mientras enriquece a la tierra, hasta que empieza a quedarse sin excremento para comer. Luego, ocurre algo mágico: el hongo deja de comer y se reorganiza a sí mismo para convertirse en un tallo gigantesco con una bola de células en la punta, un esporangio.

Esta estructura puede detectar la luz solar. La ósmosis hincha el tallo hasta que, luego de aumentar la presión lo suficiente, en esencia estornuda. El esporangio es lanzado con una fuerza equivalente a 20.000 veces la fuerza de gravedad, hacia un pastizal cercano, donde es probable que pasten otro caballo u otra vaca.

Nuestro astronauta fúngico se pega al tallo de un pasto. Una vez ingerido, el esporangio atraviesa el sistema digestivo del animal y es excretado en un rico montón de excremento, tras lo cual el ciclo de consumo y escape empieza de nuevo.

Esto me pone los pelos de punta. ¿Cómo saben las células individuales del hongo cuándo deben abandonar su anarquía y comprometerse juntas a una acción determinada? ¿Los hongos saben algo en términos colectivos que ninguno de ellos sabe en lo individual: cuándo y cómo salir a buscar un nuevo territorio, lejos del excremento deteriorado?

No puedo dejar de pensar en que el comportamiento del humilde Pilobolus es una metáfora del programa espacial: una especie que responde a deseos que no comprende por completo, que aspira a dejar el montón de excremento. ¿Qué desconocemos de nosotros?

Con esto no quiero subestimar los logros y las pasiones de los magnates que viajan al espacio en la actualidad. Elon Musk, Richard Branson y Jeff Bezos —los hermanos Pilobolus— han invertido su dinero en sus sueños de ciencia ficción, detrás de tres generaciones de astronautas y cosmonautas.

La semana pasada, cuatro humanos sin ninguna credencial de astronauta —entre ellos su líder, el multimillonario del sector tecnológico Jared Isaacman— le dieron la vuelta a la Tierra durante tres días en la Inspiration4, una misión en una de las cápsulas de la nave espacial Dragon de SpaceX que transporta humanos y materiales a la Estación Espacial Internacional. Isaacman no quiso divulgar cuánto pagó por el vuelo, tan solo dijo que espera recaudar dinero para el St. Jude Children’s Research Hospital en Memphis, Tennessee, donde una de sus pasajeras, Hayley Arceneaux, recibió tratamiento de cáncer y ahora es auxiliar médica.

En una imagen que proporcionó SpaceX, Hayley Arceneaux, la jefa médica de la Inspiration4, una sobreviviente de cáncer y la primera persona en el espacio con una prótesis considerable. (John Kraus/Inspiration4 vía The New York Times).
En una imagen que proporcionó SpaceX, Hayley Arceneaux, la jefa médica de la Inspiration4, una sobreviviente de cáncer y la primera persona en el espacio con una prótesis considerable. (John Kraus/Inspiration4 vía The New York Times).

Desde 2001, cuando Dennis Tito, un ingeniero convertido en gurú de las inversiones, pagó un supuesto monto de 20 millones de dólares para pasar ocho días en la Estación Espacial Internacional, un puñado de personas ricas y orientadas al sector tecnológico han pagado por una experiencia fuera de este mundo, algunas de ellas más de una vez. Este verano, Branson y Bezos se subieron a sus respectivas naves espaciales para ir al borde del espacio, a unas cuantas decenas de kilómetros en el cielo.

Se está haciendo una fila de gente que quiere entrar al máximo club estelar.

Hace dos años, la NASA anunció que cualquiera podría visitar la estación espacial por 35.000 dólares al día, sin contar el costo de subir y bajar de regreso. Se rumora que Tom Cruise había querido filmar una película allá. Es bien sabido que Musk dijo que quería morir en Marte, pero todavía no. Y ahora, Alan Stern, jefe de la misión New Horizons a Plutón y más allá, se comprometió a realizar una investigación espacial en una serie de vuelos de Virgin Galactic, cada uno de los cuales tendrá un costo de 250.000 dólares, con financiamiento del Southwest Research Institute en Boulder, Colorado, donde trabaja Stern.

¿Qué planea hacer con los cuatro minutos de ingravidez que disfrutará en cada viaje? Bastante, según dijo Stern, quien en definitiva no es multimillonario, en una entrevista telefónica reciente.

Entre otras cosas, en su primer vuelo, Stern usará un arnés biomédico que registrará la respuesta de su cuerpo al vuelo espacial y a la gravedad cero, mientras toma fotografías de campos de estrellas para estimar la calidad de las ventanas de la nave espacial. Según Stern, durante la próxima década, en lugar de astronautas en forma y con un entrenamiento meticuloso, cientos de turistas espaciales usarán el arnés, gracias al cual científicos y médicos tendrán una colección de datos sobre la respuesta y adaptación de las personas comunes en el espacio, en comparación con los astronautas bien entrenados y en excelente condición física.

Otros puntos de la agenda podrían incluir la búsqueda de asteroides muy cercanos al Sol, comentó Stern.

Desde entonces, el precio de un asiento en Virgin Galactic ha aumentado a 450.000 dólares, pero sigue siendo una ganga, mencionó Stern. Las naves espaciales suborbitales como la Spaceship 2 de Virgin Galactic o la Blue Origin de Bezos pueden volar con mayor frecuencia y a menor costo que los cohetes tradicionales que la NASA ha utilizado para llevar instrumentos delicados más allá de la atmósfera, pero que cuestan 4 millones de dólares o más por vuelo.

“Creo que será un éxito”, opinó Stern sobre el negocio suborbital.

Ya habíamos escuchado esto antes. Hace cuatro décadas, el transbordador espacial iba a lograr que los viajes espaciales fueran rutinarios y baratos, casi tan comunes como un vuelo trasatlántico. Luego murieron catorce astronautas.

Ahora, una nueva generación de cohetes, ingenieros, científicos y exploradores está lista para acometer el cielo. No nos debería sorprender casi nada que los ricos estén en la primera línea. El espacio tal vez se vuelva el nuevo patio de juegos para los ricos, como les ha pasado a Maui y a Aspen. Claro está, quien paga por los resultados siempre elige los términos. ¿Queremos que un club de hombres ricos y blancos fijen la agenda de la ciencia, de la humanidad? (Sí, hasta ahora todos han sido hombres blancos).

Nadie sabe si a final de cuentas Musk morirá en Marte. Sin embargo, algún día, es probable que alguien figure en la historia como la primera persona en morir en el Planeta Rojo. En el cuento de Arthur C. Clarke, “Expedición a la Tierra”, un astronauta es dejado a la deriva en Marte y deambula en el desierto hasta morir, mientras escucha música clásica, para que sus microbios tal vez alimenten a lo que sea que habite el nuevo mundo. Houston, el Pilobolus habrá aterrizado.

© 2021 The New York Times Company

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