El Holocausto que corre en mí: una desgarradora historia de supervivencia que culminó en redención

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Esta columna se escribió en el 2002 y fue condecorada por la Asociación Nacional de Periodistas Hispanos (NAHJ) en 2003. La reproducimos hoy para conmemorar Yom Hashoá, el Día del Recuerdo del Holocausto.

El día que los nazis invadieron Holanda, mi abuela materna, Sophía Cohen, hija de pudientes mercaderes judíos de Rotterdam, disfrutaba de un lujoso viaje por el sur de Francia, hospedada en palacios y entreteniéndose en los casinos con sus padres y dos hermanas. Ese hecho fortuito le salvó la vida, y a mí me garantizó la existencia.

Turbados, porque tenían cinco hijos más en Rotterdam, mis esperanzados bisabuelos no dudaron en retornar a buscarlos. Y los encontraron.... en los trenes que los llevaron a la muerte. Por solo heredar una religión que ellos escasamente practicaron, una familia de más de 100 miembros quedó súbitamente extinguida.

Pero mi abuela y sus dos hermanas permanecieron en un territorio no ocupado. Su misión era escapar. Privilegiada con unos ojos de profundo azul turquesa y una espectacular apariencia que escondía sus orígenes, la gente le decía: “Vas a poder salir, porque no pareces hebrea”, me relató en mi infancia. Sin embargo, eso no fue suficiente. Como era usual en una familia de alcurnia judía holandesa, ellas viajaban con joyas y piedras preciosas, y aunque ella misma me enseñó que lo material no tiene trascendencia, en ese momento sí la tuvo.

Su audacia, sumada a su conocimiento casi perfecto de holandés, francés e inglés y más importante aún, sus reliquias, le permitieron sobornar a oficiales franceses para salvar su vida así como la de otros, y la llevaron a unirse más tarde a la resistencia francesa. Durante más de dos años, Sophía y mi tía Cecile, quienes para entonces se habían separado de la tercera hermana, se movieron sigilosamente de pueblo en pueblo, llevándoles la delantera a sus enemigos.

Con la vergüenza que le daría a una dama contarlo, pero a la vez con todo su orgullo, mi Oma, como la llamamos de cariño, me dijo que para pasar de un sitio al otro tuvo que esconder las joyas en su órgano genital. Era la vida o la muerte, y a ella nada la frenaría.

Una historia de amor en la guerra

En la travesía conoció a un judío polaco que durante su adolescencia había dejado su pueblo natal cerca de Cracovia, donde vivía en extrema pobreza, para mudarse a Amberes, Bélgica, ciudad en la que tenía un tío y había mejores medios para sustentarse. Su nombre era Elías Roth, mi abuelo, mi Opa.

Poco quiso Opa contarme sobre su tierra natal. Ni siquiera, afirmó toda su vida, recordaba una palabra en polaco. Provenía de una numerosa familia con fuerte arraigo a la tradición judía, que, como era común en esa nación, se encontraba en la indigencia. Entre ellos hablaban el ídish, un dialecto que tenían en común los judíos de Europa Central y Oriental. Dejó a su familia a temprana edad; eran siete hermanos, y algunos años después, ayudó a uno de ellos a mudarse a Bélgica.

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Del destino de los Roth tampoco se supo. Al igual que tres millones de sus hermanos hebreos polacos, fueron exterminados, quizá en Aushwitz, en Treblinka.... Solo Dios lo sabe.

Hoy conmemoramos Yom Hashoá, el Día del Recuerdo del Holocausto, una manifestación de racismo que anheló eliminar al pueblo judío de la faz de la Tierra mediante un plan de exterminio sistematizado que cobró seis millones de almas.

Algunos años después de que los nazis ascendieron al poder, en 1933, las familias de mis abuelos se vieron separadas de las sociedades donde sus ancestros se habían asentado siglos antes. Pero no fue hasta después de 1939, cuando la política antijudía se intensificó, que tanto los Cohen como los Roth fueron reclutados y concentrados en guetos cercanos a vías férreas, donde vivieron en condiciones infrahumanas. A partir de ese año, los llevaron a campos de trabajos forzados y, en su mayoría, fueron aniquilados.

Precisamente, escapando de tales condiciones, se conocieron mi Oma y Opa: una judía apuesta sin conocimiento de su religión, proveniente de un país cuya comunidad hebrea había dado a luz al filósofo panteísta Baruj Spinoza; y un judío polaco de pequeño tamaño, cuya apariencia en principio no le atrajo, y quien no había sido educado en escuelas como ella, sino bajo la doctrina judaica, pero de quien sin embargo emanaba inteligencia, generosidad y comprensión, lo que décadas más tarde lo convirtió en uno de mis héroes.

Su encuentro fue efímero. En ese entonces, cada quien tenía que salvarse a sí mismo. Mi abuelo deseaba llegar a Venezuela, e invitó a quien años después sería su esposa a acompañarlo. Ella declinó la oferta. Elías había trabajado en Bélgica en la industria de diamantes, y en el Amazonas veía el potencial de hacer fortuna. A comienzos de la década de los años 40 consiguió atravesar el Atlántico, y así llegó a Caracas.

Elías Roth en 1944, en una zona minera del Amazonas venezolano.
Elías Roth en 1944, en una zona minera del Amazonas venezolano.

Por su parte, en una complicada travesía a pie de varios días, mi abuela y su hermana cruzaron a España, donde al poco tiempo fueron capturadas y llevadas a prisión por no poseer documentos. Pero un milagro las bendijo, y rindiendo sus joyas, lograron abordar un buque que las llevó a Jamaica, donde fueron internadas en un campo de refugiados.

Ambos llegaron a América sin nada, solo con la certeza de que jamás volverían a ver a sus padres ni a sus seres queridos. Pero vinieron decididos a forjar un nuevo futuro para que yo naciera en una sociedad libre, donde el ser judío no me haría ni más ni menos que nadie, un lugar donde se me respetaría por ser quien soy.

Esa esperanza de sobrevivir la adversidad y salvar la cadena de la continuidad hebrea fue la que me permitió la vida.

Favores que salvan vidas

Mucho antes de los nazis, estaba el señor Posner.

Un pudiente marino hebreo holandés amigo de mi bisabuelo materno, Marcus Cohen, Posner se había casado con una gentil en las Antillas Neerlandesas donde quedó en la ruina. Convertido en un mendigo años más tarde, y de retorno a Rotterdam, el navegante necesitaba dinero para subsistir y volver al Caribe. El acaudalado padre de mi abuela, Sophía, se lo concedió.

“¿Cómo he de regresarte este gran favor?”, insistió Posner, en 1918, según relató mi Oma. “Algún día me lo devolverás, no te preocupes ahora”, replicó Marcus.

Los abuelos del autor, Elías y Sophía Roth, el día de su matrimonio en 1944, en Caracas Venezuela.
Los abuelos del autor, Elías y Sophía Roth, el día de su matrimonio en 1944, en Caracas Venezuela.

Mi bisabuelo cumplía con la premisa básica del judaísmo: el amor al prójimo, una obligación bíblica de responsabilidad colectiva en la que cada individuo debe ayudar a su hermano sin esperar nada a cambio. Ese concepto, que ha sido uno de los secretos de la milenaria supervivencia del pueblo hebreo, engendró a mi familia, y perdura en mí, en parte gracias a Posner.

Era 1943, cuando tras haber sobrevivido a la barbarie nazi y escapado a América, Sophía y su hermana Cecile se encontraban en un campo de refugiados en Jamaica. Un periódico en Aruba, donde ahora vivía un Posner transformado nuevamente en magnate, publicó un listado con los nombres de aquellos refugiados holandeses que habían arribado al Caribe. Posner leyó los nombres de mi abuela y de mi tía, y los reconoció. De inmediato les envió una misiva, preguntándoles si eran las hijas de Marcus, quien había sido aniquilado en los campos de concentración. Ellas respondieron afirmativamente.

A los pocos días, Posner las rescató en Jamaica y pagó para que fueran a Aruba. La oportunidad de devolver el favor a su benefactor había llegado varias décadas después. En la colonia holandesa, las nuevas inmigrantes retomaron su olvidado estilo de vida de opulencia.

Por su parte, mi abuelo Elías llevaba más de dos años radicado en Venezuela, iniciado en el negocio de la venta de diamantes brutos, y luchando por restablecer su vida, a pesar de las barreras lingüísticas y culturales. Una amiga judía, que se había enterado del destino de Sophía, se lo comentó. Mi abuelo nunca había olvidado a aquella holandesa de ojos azul turquesa que había conocido en su odisea de escape de Europa, años antes. No se imaginaba que ella también había sobrevivido y llegado a la América.

Sophía, respondiendo a una invitación de mi Opa, como llamábamos a Elías, fue a Caracas con una chaperona. En 1944, contrajeron nupcias en esa ciudad. Del matrimonio nacieron dos hijas, una de ellas, la menor, Karin, es mi madre.

Sophía y Elías Roth en la foto de boda.
Sophía y Elías Roth en la foto de boda.

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Mi mamá se casó con un israelí, Efraim Shoer, cuyos idealistas padres, Isaac y Mina, también se responsabilizaron con el compromiso comunitario al asentarse, en precarias condiciones, como pioneros en la Palestina de los años 20. Anhelaban construir en parte de ese territorio un estado judío que buscaría aminorar la opresión que mis ancestros sufrieron durante siglos. Más adelante, utilizaron la memoria de sus padres, hermanos y demás familiares, quienes también perecieron a manos de los nazis en lo que hoy es Austria y Rumania, para inspirarse a luchar por la independencia y soberanía de Israel.

El Holocausto que corre en un venezolano

Yo nací en Venezuela, la tierra que acogió a mis abuelos maternos y los bendijo con libertad. Pero también desciendo de los fundadores de la Israel moderna, que ha velado para garantizar que esa libertad de los judíos en cualquier parte del mundo se mantenga. Y justamente opté por una profesión a la que ninguno de mis antepasados tuvo acceso: el periodismo, una herramienta a través de la cual puedo plasmar problemáticas, esbozar soluciones, alertar sobre peligros y hacer un llamado a la reflexión. Como judío, quiero ser partícipe de ese legado.

A pesar de la aflicción de dejar a mi imaginación el rostro de los familiares que no conocí, y del espanto que sufrieron mis abuelos para sobrevivir a la hecatombe, el Holocausto corre en mí como una gran lección de los valores que me hicieron un ser humano.

Esa es la cadena que vincula a un judío venezolano como yo con uno cubano, marroquí o ruso. Junto a las expresiones únicas que cada generación desarrolla en su tiempo y lugar, existen elementos comunes que nos entrelazan a través de las épocas, como el sentido de pertenencia del uno con el otro.

De mis abuelos heredé, consciente e inconscientemente, el valor de luchar por la supervivencia, el respeto y la solidaridad con el oprimido. Gracias a su historia, comprendí que de ellos no haber ayudado a otros, y otros no haberlos auxiliado, todos hubieran caído víctimas del insolente complejo de superioridad nazi.... Y estas líneas no estarían aquí.

En abril de 1984, Elias y Sophía Roth junto a sus nietos Daniel y Nathalie.
En abril de 1984, Elias y Sophía Roth junto a sus nietos Daniel y Nathalie.

Daniel Shoer Roth es Editor de Sociedad y Servicio Público de el Nuevo Herald de Miami.

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