Historias íntimas de cambios de vida, un fenómeno que se acentuó con la pandemia

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Nadia Veiga, de 40 años, dejó su trabajo en una multinacional cuando empezó la pandemia
Alfieri Mauro

Unos meses antes de que empezara la pandemia, Nadia Veiga, una arquitecta de 41 años, tenía más preguntas que respuestas. Estaba por concluir su licencia por maternidad —su hija Faustina tenía cinco años, y Luisina seis meses— y su regreso a la oficina era inminente. Después de años de trabajar en una empresa en el diseño de oficinas, sintió que tal vez era el momento de dar lugar a ese sueño de autonomía que siempre había tenido. No se imaginaba volviendo a trabajar todos los días en una oficina en Puerto Madero. Y cuando estalló la pandemia, más remoto le parecía el poder trabajar con diseños y planos desde su casa con dos hijas a demanda plena. Así que tomó coraje y dio el salto: renunció.

Pero los días no se le vaciaron como había imaginado. Por el contrario, empezó a dedicarle las horas laborales a una pasión que había descubierto hace tiempo y que hoy se convirtió en su actividad principal.

Uno de los túneles más antiguos de la ciudad fue restaurado y se podrá visitar

Hacía unos años, en la playa, le pidió a una amiga que le enseñara crochet. Y se le dio por tejer carteles y muñecos. Pronto se apasionó y sus amigos y conocidos le empezaron a encargar. “Deberías dedicarte a esto”, le decían. Sin embargo, su trabajo como arquitecta no le dejaba tiempo. Hasta que se animó a hacer ese cambio. Y así nació Las Inas, su emprendimiento de amigurumis, tal como se llaman estos muñecos tejidos, que hoy vive su mejor momento. La pasión y la habilidad y el profundo sentido estético de sus creaciones pronto la destacaron. Las horas que le dedicó a la página de Instagram dieron sus frutos. La empezaron a seguir miles de personas y hoy hasta le encargan muñecos del exterior.

“Emprender nunca es fácil y uno siempre tiene dudas. Son varios años y mucho esfuerzo hasta que se convierte en algo estable. Todavía estoy en ese camino. Pero no me arrepiento. La pandemia nos cambió a muchos la cabeza, en cuanto al tiempo que estamos con la familia. No me imagino volver a estar tantas horas en una oficina, sobre todo el viaje. Aunque obvio que extraño trabajar con otros y todo ese mundo laboral que también hace a tu vida social”, apunta Nadia.

No es la única. Más allá de los matices propios que tiene cada país, de alguna manera también es parte de una tendencia mundial que The New York Times llamó “La gran renuncia” y que está llevando a millones de trabajadores, de distintos estratos, a repensar su vida laboral después de haber atravesado la pandemia.

En los Estados Unidos, la renuncia fue masiva y está medida: en agosto, 4,3 millones de trabajadores norteamericanos renunciaron a sus empleos, una cifra que se ensancha hasta 20 millones si se mide desde abril. Muchas de esas renuncias fueron de personas que decidieron abandonar tareas ingratas y mal pagas. Pero también alcanza a profesionales con muchos años de experiencia que empezaron a preguntarse si tenía sentido seguir por el mismo camino.

El Harvard Business Review de junio la llamó la crisis existencial de los empleados. “La pandemia ha hecho que muchos trabajadores piensen profundamente qué es lo más importante en sus vidas y cómo dedicar más tiempo a concentrarse en lo que les da un propósito. Cuanto más comprendan los gerentes y ayuden a respaldar las necesidades existenciales de sus empleados, más podrán retener a los trabajadores y beneficiarse de una fuerza laboral impulsada por el significado”, apunta el artículo.

En la Argentina el fenómeno es más incipiente pero ya tiene su eco. El propio Marcelo Longobardi, cuando anunció su retiro de radio Mitre, aludió al fenómeno de “la Gran Renuncia”. El sector de la gastronomía, aunque se achicó enormemente después de la pandemia, siente el coletazo del “big quit”. Es muy difícil conseguir trabajadores para las posiciones más básicas de la cocina. En este caso, los sueldos desinflados hacen que pocos estén dispuestos a trabajar tantas horas, fines de semanas y francos rotativos. Pero también en las empresas hay una preocupación creciente. Hay muchos candidatos, pero las posiciones para las que se buscan los llamados “talentos” tienen mucha rotación, porque los talentos tienen mucha demanda y atraviesan una crisis vocacional. El gran éxodo, es decir, el aumento de jóvenes profesionales que quieren buscar un futuro laboral en otros países, dicen algunos sería parte de la versión local de este fenómeno.

Esta no es una crisis laboral. Es una crisis de sentido. Estamos viviendo un cambio de época. La pandemia no fue una pausa en nuestras vidas. Fue un reseteo. Un cambio de sistema operativo. Y la vuelta al trabajo está atravesada por este cambio social”, explica el experto en recursos humanos y consultor, Alejandro Melamed, autor de El trabajo del futuro y el futuro del trabajo, de Planeta.

“Pospandemia la vida tiene otro sentido. Una de las consecuencias positivas del aislamiento es que cada uno tuvo tiempo de estar más con uno mismo y conectar con el propio propósito. Y muchos se dieron cuenta de que no trabajaban de lo que les gustaba, o que tenían pasiones ocultas y relegadas o que el proyecto laboral no les generaba pasión. Esta crisis comenzó hace unos 10 años entre ejecutivos que se dieron cuenta de que eso que hacían no les llenaba la vida. Y algunos abandonaron el mundo corporativo. La diferencia es que ahora se está dando en masa. La gran renuncia se da en todos los niveles. Aquellos peores remunerados y de alta exigencia viven con angustia porque trabajan muchas horas y no cubren lo básico. Y quienes ocupan las posiciones más calificadas luchan con el desequilibrio que se percibe pospandemia entre la satisfacción laboral y personal”, apunta.

Del ataque de pánico al matorral

Romina Gómez Servetto tiene 32 y un título como licenciada en Economía que decidió guardar en un cajón por un tiempo. Apenas se recibió, en 2014, entró a trabajar en el Ministerio de Economía, en la oficina de finanzas. Y sintió que ese era su sueño. Por tres años duró en ese puesto, hasta que empezaron los ataques de pánico y ansiedad. “Me deprimía la vida de oficina. Las horas muertas cumpliendo horario, salir cuando ya era de noche. Y lo peor, sentir que me alejaba cada vez más de lo que quería”, cuenta. “¿Por qué estudié economía? Porque creía que era una herramienta de transformación social... pero adivinen si pude cambiar el mundo”, escribió hace unos días en su cuenta de Instagram.

“Pasaron los años y cada vez me sentía más incómoda con mi vida de oficina, la burocracia estatal y mi profesión. Y a la par de ese proceso, me mudé a una casa que tenía un jardincito. Y ahí empecé a tener plantas. Como no sabía nada, empecé a estudiarlas para que dejaran de morirse y me apasioné por ellas como nunca me había pasado por nada. Entonces encontré mi otra vocación. Un día, cansada de las crisis y de no ver salida, me animé y renuncié. No le dije a nadie de mi familia, para que no me convencieran de que trabajar en Economía era lo que quería. Porque ya no”, cuenta.

Así nació el emprendimiento que hoy tiene junto a Fernando Marras: Matorral, un vivero virtual que prepara combos de plantas para gente que sabe muy poco de ellas. “Al principio era una actividad secundaria, paralela, pero me di cuenta de que al ponerle tanta pasión, el resultado era otro. Y empezó a crecer el emprendimiento. Y hoy no me arrepiento. Las crisis de pánico desaparecieron; a veces trabajo muchas horas y otros días no. Porque recuperé la sensación de ser dueña de mi tiempo. Y eso no lo cambio por nada”, dice.

De los libros contables a los platos de cerámica

Mariana Brunacci tiene 47 años, es contadora y consultora internacional, pero desde hace algún tiempo se alejó definitivamente del mundo corporativo, un mundo al que asegura no volvería. En cambio, reparte sus horas entre su taller de cerámica, en el que fabrica piezas que vende por Instagram, y sus cuatro hijos que tienen entre 13 y 20 años.

Mariana Brunacci cambió su vida de contadora por la de ceramista
Mariana Brunacci cambió su vida de contadora por la de ceramista


Mariana Brunacci cambió su vida de contadora por la de ceramista

“No extraño nada del mundo corporativo. De a poco este emprendimiento empezó a crecer y hoy me apasiona. Todavía no vivo de esto, pero es mi conexión con todo lo que me gusta. Es muy artesanal, hay clientes que me llaman porque quieren reemplazar una taza de un juego que se les rompió o quieren restaurar un plato y cada pedido es un camino de investigar y hacer”, cuenta.

Empezó a hacer cerámica en un taller de su barrio, solo para hacer unos platos que quería colgar en su patio. Pero la experiencia la empezó a apasionar y decidió dedicarle todas sus horas. “No volvería a una oficina. Es más, mi futuro me lo imagino mudándome al campo para vivir en conexión con la naturaleza”, dice.

La nueva vida de Juan

El periodista Juan Miceli, de 57 años, fue un adelantado a su tiempo. En mitad de su carrera decidió cambiar de vida. Abandonar el periodismo tradicional y su posición como conductor de noticieros para dedicarse a cuidar plantas. A casi cuatro años de aquella decisión, no se arrepiente. Se puso a estudiar paisajismo, y hoy sus días empiezan muy temprano. Estudia botánica todas las mañanas, contesta mensajes de sus clientes, hace las cosas de la casa, y recién sale para trabajar en lo que le queda del día en los jardines de otras personas. En ocasiones, el trabajo consiste en diseñar paisajes en AutoCAD. Pero otras veces, su jornada lo encuentra con una pala, haciendo pozos en el jardín de otra persona.

Estoy seguro de que las personas no tenemos una sola vocación sino varias. Y no tenemos que dedicar toda la vida solo a una de ellas. A mí me había pasado que llegué a un punto en el que el periodismo me generaba insatisfacción. Incomodidad que era hasta física. Era algo que estaba pasando dentro de mí. Yo llegaba al canal [por LN+] y estaba cómodo, cuidado. Mi traje estaba planchado, la productora me traía la rutina, pero algo dentro mío me decía que esto ya estaba. Y me animé a darle lugar a mi otra vocación, la pasión por las plantas. Renuncié al trabajo y a la comodidad y al confort que me generaba”, cuenta.

“No fue fácil. Ser independiente es achicarse, es aprender a vivir con menos. Pero cuando lo empecé a hacer, inmediatamente desapareció esa sensación de malestar que me invadía. Hoy, hay días en que estamos por terminar un trabajo y el dueño del jardín me dice, no esta planta la quiero tres metros más allá. Y a veces pienso, qué loco, yo que viajé por todo el mundo, que entrevisté a presidentes, hoy estoy con la pala en la casa de otro y soy como un obrero. Y me encanta la sensación. Y voy y corro la planta. Porque significa que uno no tiene problemas con su ego. Que entendió que uno no es lo que hace. Que estoy trabajando en mí y ese es un trabajo enorme”, dice.

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