La historia reciente nos ofrece pistas sobre cómo gobernarán los talibanes

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Combatientes talibanes conducen frente a una valla publicitaria del expresidente Ashraf Ghani en el aeropuerto de Kabul, Afganistán, el jueves 2 de septiembre de 2021. (Jim Huylebroek/The New York Times)
Combatientes talibanes conducen frente a una valla publicitaria del expresidente Ashraf Ghani en el aeropuerto de Kabul, Afganistán, el jueves 2 de septiembre de 2021. (Jim Huylebroek/The New York Times)

Mientras los comandantes talibanes cambian sus armas por las riendas del poder, lo único que pueden hacer unos 38 millones de afganos es contener la respiración y esperar a ver cómo será el gobierno de sus más recientes conquistadores.

Esa incertidumbre, también palpable en las capitales extranjeras desde Washington hasta Pekín, es mayor gracias a la profunda contradicción entre el historial de extremismo y salvajismo del grupo durante su mandato anterior, de 1996 a 2001, y sus promesas actuales de moderación.

La historia puede ofrecer algunas pistas. Los talibanes son, según se cuente, algo así como el sexto o séptimo grupo rebelde que toma el control de un país en la era moderna. Y aunque no hay dos exactamente iguales, sí han surgido ciertos patrones en la forma en que estos grupos gobiernan.

Algunos aprender a gobernar con eficacia, incluso a modernizarse, mientras que otros colapsan en el caos o en una nueva guerra. Algunos se vuelven más crueles en el poder, y arremeten contra sus súbditos en un ambiente de miedo e inseguridad. Otros se moderan, por lo general en busca de legitimidad y ayuda extranjera.

Sin embargo, todos parecen compartir algunos rasgos:

Un autoritarismo burocrático estricto, aunque en ocasiones permite cierto grado de apertura política. Un enfoque en controlar o coaccionar a los elementos de la sociedad que se consideran vinculados al viejo orden, a veces a través de una violencia alarmante. Y una búsqueda de apoyo y reconocimiento extranjero mientras se esfuerzan por superar el estatus de paria que suelen tener los militantes rebeldes que llegan al poder a balazos.

Estos hábitos tienen un propósito común: consolidar la autoridad. Casi siempre esa es la principal preocupación de los gobernantes rebeldes, quienes comienzan a comprender que apoderarse de un edificio gubernamental no es lo mismo que convertirse en gobierno.

Un miembro del movimiento talibán conversa con un periodista en el aeropuerto de Kabul, Afganistán, el martes 31 de agosto de 2021. (Jim Huylebroek/The New York Times)
Un miembro del movimiento talibán conversa con un periodista en el aeropuerto de Kabul, Afganistán, el martes 31 de agosto de 2021. (Jim Huylebroek/The New York Times)

Terrence Lyons, académico especializado en guerras civiles, escribió que ese proceso de años está determinado tanto por la necesidad de los vencedores de obtener “legitimidad posguerra y consolidación al poder” como por “la naturaleza de los grupos insurgentes victoriosos”: aguerrida, disciplinada e ideológica.

Gobernanza rebelde

Los insurgentes que toman el poder tienden a implementar rápidamente un tipo de gobierno muy específico: el autoritarismo partidista.

Un ejemplo es el Partido Comunista de China, una rebelión única que tomó el poder en 1949. Está estrechamente unificado, tiene jerarquías internas rígidas y gran experiencia en la organización burocrática, pero tiene poca tolerancia por la disidencia.

Los grupos rebeldes eligen este modelo por una sencilla razón: es la forma en la que ya están organizados.

“Un grupo rebelde exitoso es a la vez un partido político, una organización militar y una empresa”, escribió Lyons en un estudio sobre cómo gobiernan los rebeldes.

Tras tomar el poder en China, Mao Zedong invitó a intelectuales, periodistas y a otros a criticar el nuevo gobierno. Pero, aparentemente desconcertado por el resultado, encarceló o asesinó a muchos de lo que habían aceptado su propuesta.

Los rebeldes que tomaron el control de Uganda en 1986 ofrecieron amnistía a los simpatizantes del viejo orden. Los militantes etíopes que tomaron el poder en 1991 organizaron “comités de paz y estabilidad” en todo el país, en un intento por demostrar que tenían la disposición de representar a todos. En 1994, cuando las milicias de la etnia tutsi se apoderaron de Ruanda cometiendo genocidio contra su pueblo, prometieron la reconciliación y un gobierno de unidad panétnica.

Los tres celebraron elecciones, aunque en su mayoría solo para guardar las apariencias, y permitieron cierto grado de libertad política, dentro de límites estrictamente controlados.

Pero que no quede duda: los insurgentes, por regla general, se aferran al poder con un control férreo y autoritario, y son cautelosos y quizás hasta paranoicos por la posibilidad de perder el poder que tanto buscaron.

Purgas y éxodos masivos

Los gobiernos rebeldes tienden a organizar gran parte de su primera etapa en el gobierno en torno al temor de ser rechazados por la población, socavados por vestigios del gobierno anterior e incluso confrontados por una rebelión interna.

En respuesta, a menudo buscarán controlar, coaccionar e incluso purgar de forma violenta a clases sociales enteras que consideran están alineadas con el viejo orden, y que aún pueden tener influencia en la cultura, economía y la burocracia gobernante.

Una de las primeras medidas de Mao fue purgar a los terratenientes rurales, un grupo económicamente poderoso que era considerado de derecha.

Al tomar el poder en 1959, los revolucionarios cubanos dejaron en claro que consideraban a las clases media y alta, que habían respaldado en gran medida al gobierno anterior, como enemigas. Cerca de 250.000 personas huyeron del país. Ese éxodo alteró permanentemente la sociedad cubana.

Los talibanes han dicho que desean evitar esto en Afganistán, y advierten que, si su clase media educada huye, tendrán una “fuga de cerebros”. El grupo no se interpuso a la evacuación de decenas de miles de personas en las últimas dos semanas, pero ha dicho que desea trabajar con los que se quedaron.

Buscando el reconocimiento

La búsqueda de la legitimidad para persuadir a los súbditos en el país y a los gobiernos en el extranjero para que traten a los insurgentes como un gobierno verdadero por lo general implica buscar el reconocimiento público de líderes sociales y religiosos, incluso de los perdedores de la guerra.

Los testimonios sobre el avance de los talibanes hacia Kabul han incluido situaciones de este tipo: líderes locales o caudillos saludando y recibiendo al grupo en una muestra de aceptación.

Sin embargo, gran parte de la atención de los rebeldes suele estar fuera del país. El reconocimiento de las potencias extranjeras puede aportar legitimidad y asistencia —esencial para la reconstrucción después de una guerra civil— y alejar la amenaza del aislamiento.

Los líderes rebeldes de Ruanda y Uganda se reunieron con diplomáticos de occidente y prometieron hacer lo que se les pedía, incluso cuando sus fuerzas aún luchaban por mantener el control.

El acercamiento diplomático de los talibanes ha sido casi adulador. Han incluso elogiado a gobiernos históricamente hostiles como el de la India. Considerando que son el grupo que resguardó a Al Qaeda, es poco probable que la aceptación internacional sea fácil de obtener.

Posiblemente otros han enfrentado reacciones más frías. El gobierno de Mao tardó 22 años en conseguir el reconocimiento de las Naciones Unidas y varios más para ganarse el de Estados Unidos.

Barnett R. Rubin, un académico especializado en Afganistán, escribió esta primavera que la “búsqueda del grupo por reconocimiento y una eventual elegibilidad para recibir ayuda proporciona alguna de las ventajas más importantes que otros actores tienen sobre ellos”.

Sin embargo, el gobierno de China cambió solo en la forma en que la dinámica mundial así lo exigió. En 1972, mientras el presidente Richard Nixon aterrizaba en Pekín, sus anfitriones realizaban una de las purgas políticas de mayor duración en la historia moderna. Las inclinaciones y hábitos de sus orígenes rebeldes aún se mantienen.

© 2021 The New York Times Company

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