La historia detrás del Cristo "tristísimo y cadavérico"

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CIUDAD DE MÉXICO, diciembre 25 (EL UNIVERSAL).- El presidente Andrés Manuel López Obrador emitió un mensaje con motivo de Navidad acompañado de la pintura "Cristo destruye su cruz" (1943), del muralista José Clemente Orozco, que forma parte de la colección Carrillo Gil y en la que "contemplamos un Cristo desencajado, tristísimo y cadavérico".

Ayer a la media noche, dijo el titular del Ejecutivo, se conmemoró el nacimiento de Jesús Cristo, "y muchos, aún librepensadores y de otras religiones, lo reconocen por su amor a los pobres y olvidados. Gandhi decía: ‘No sé de nadie que haya hecho más por la humanidad que Jesús’. Sigamos su ejemplo".

El Presidente acompañó su mensaje con la pintura Cristo destruye su cruz, de José Clemente Orozco (Ciudad Guzmán, 23 de noviembre de 1883 — Ciudad de México, 7 de septiembre de 1949).

El ensayista y diplomático Luis Cardoza y Aragón analizó la vida y obra del muralista mexicano en el libro Orozco, en el que señaló que en Cristo destruye su cruz "contemplamos un Cristo desencajado, tristísimo y cadavérico, pero no vacilante. Cristo harto de todo y resuelto a todo. ¿Qué se libra de los hachazos sobre el leño en que la humanidad se apoyó? ¿Del leño con que la humanidad ha crucificado a la humanidad en su nombre? Se rebela también contra el Padre, puesto que se rebela totalmente contra su destino".

Sin embargo, detalló que la pintura de 1943 no fue la primera versión, antes hubo otras dos. En la primera se apreciaba a "un Cristo magro y enérgico, de grandes ojos bizantinos muy abiertos, espléndido de júbilo y furia. Empieza de nuevo, firmemente de pie, desafiante: se ha dado cuenta de que ha sido burlado. La destrucción de la cruz es el paso inicial para abrirse el camino que nunca se abrió con ella. En esta primera versión (de hecho la segunda, porque lo pintó en la Preparatoria y lo destruyó) en Dartmouth College, Cristo se ve alerta, con desencanto sin límites diluido en la certidumbre de que se va a armar la de Dios es Cristo. Lúcido y victorioso en el trasfondo de su desencanto, ha destruido la cruz sobre un desierto de símbolos y cenizas. Inicia, apenas, el camino. Se ha encontrado. Y con el hacha que empuña tala dos mil años en que sirvió de señuelo".

Cardoza y Aragón analizó el contenido de las creaciones de Orozco y concluyó que "en los dibujos anticlericales estigmatiza a la Iglesia por su alejamiento de Cristo y señala la oposición entre Cristo y la Iglesia".

En el caso de Cristo destruye su cruz "el drama alcanza su culminación cuando su Cristo humano destruye la cruz y se sobrepone al dolor que es más tremendo todavía que el del calvario. Esto no tiene ya relación alguna con los matices de un jacobinismo elemental. Nos hallamos ante una dimensión distinta. Ante una concepción en que restallan los lamentos de los salmos proféticos. El meollo de este drama es de las concreciones más cabales de Orozco. Se plantea una moral que, desde luego, es imposible en la sociedad presente. No es una moral abstracta y eterna, ideal, sino la que resultará de un cambio de la sociedad. Las razones de ser rebelde, de ser revolucionario, las cree justas y exactas. Pero la Revolución en sí es otra cosa distinta de por qué se puede llegar a ser revolucionario. La necesidad histórica, sometida a leyes de desarrollo — una concepción científica del mundo— no es sólo una exigencia moral previa que la hace surgir: es una expresión de lucha de clases, y la moral se edificará sobre las mutaciones, sobre los nuevos cimientos".

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