Las heridas que deja una campaña anárquica en el peronismo unido

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Alberto Fernández, en una recorrida de campaña en el conurbano
Alberto Fernández, en una recorrida de campaña en el conurbano

El Frente de Todos diseñó la campaña electoral alrededor de un eslogan que se volvió un búmeran. Consistía en prometerles a los argentinos que “vamos a volver a la vida que queremos”, pero una inconveniente foto vieja reveló que al menos el presidente Alberto Fernández había vuelto mucho antes.

Desde el estallido del Olivosgate, el Gobierno y los jerarcas del oficialismo navegan en la anarquía discursiva, a la pesca de un mensaje que conecte con los votantes, con cuidado de hablar lo justo y necesario de la pandemia para que no vuelva a resaltar la sombra vergonzante de los privilegios del poder.

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Fernández no consigue salir de la trampa en que se metió. Intentó defenderse en público y patinó (“mi querida Fabiola”). Decidió ser su propio abogado en la causa por violar la cuarentena y no consiguió cerrar la investigación. Dejó para la posteridad la doctrina de que no hay delito cuando un acto prohibido no causa daño.

A la vocación de no hablar más del caso Olivos le siguió un improvisado intento de instalar la reelección presidencial, que se desinfló por falta de entusiasmo de Cristina Kirchner, su hijo Máximo, Axel Kicillof, Sergio Massa y otras figuras con peso propio en el peronismo unido.

La carencia de un foco de campaña empuja al Gobierno a terrenos minados. La defensa de Fernández a la maestra militante que discutió a los gritos con sus alumnos en La Matanza irritó hasta a los kirchneristas más ideológicos, que son conscientes de la sensibilidad que despierta la cuestión educativa desde que la pandemia dejó sin clases durante demasiado tiempo a los chicos argentinos.

Sergio Massa junto a Cristina Kirchner y Alberto Fernández en un plenario del Frente de Todos de la Provincia de Buenos Aires, en La Plata
Prensa Massa


Sergio Massa junto a Cristina Kirchner y Alberto Fernández en un plenario del Frente de Todos de la Provincia de Buenos Aires, en La Plata (Prensa Massa/)

La candidata Victoria Tolosa Paz se permitió alardear de la superioridad del peronismo en términos de actividad sexual. A Fernández lo entusiasmó el revuelo que causó una dirigente usando la palabra “garche” y celebró que es “hora de disfrute después de tanto dolor”, como si su administración pudiera influir en la vida íntima de la gente. Y sin registro de que ese “dolor” al que alude continúa, con casi 2000 muertos por coronavirus en las últimas dos semanas.

El desorden discursivo alcanzó una cima con la expresión de Sabina Frederic sobre la inseguridad en el conurbano. “Suiza es más tranquilo, pero más aburrido”. Difícil encontrar una muestra de insensibilidad mayor respecto del problema que de modo más persistente figura al tope de las preocupaciones ciudadanas. Nadie en la Casa Rosada amagó a reaccionar ante tamaña falta de empatía con las víctimas y con quienes conviven con el miedo a raíz de las falencias del Estado para protegerlos.

Victoria Tolosa Paz y Leandro Santoro, dos candidatos que deben convivir con la estrategia errática del Gobierno
Tomás Cuesta


Victoria Tolosa Paz y Leandro Santoro, dos candidatos que deben convivir con la estrategia errática del Gobierno (Tomás Cuesta/)

Fue Sergio Berni el encargado de enmendar a Frederic y a Tolosa Paz. La indignación con la que salió a cruzarlas en público hace juego con el silencio de su gran valedora, Cristina Kirchner.

Cristina lo mira de lejos

Ella optó por correrse de escena después de pedirle en público a Fernández que pusiera orden. Quienes hablan con ella transmiten su frustración y desconcierto por lo que ve en la campaña. Ella ha sido siempre una candidata disciplinada, capaz de moderarse o ajustarse a los libretos que le sugiere la ciencia política cuando tiene que salir a pedir el voto.

El imperativo de unidad en el Frente de Todos previene tormentas mayores. Pero se van acentuando heridas internas de cierto peligro, sobre todo si el resultado electoral resultara insatisfactorio para el oficialismo. No es casual que el gobierno de Axel Kicillof, el favorito de Cristina, trace cada vez con más énfasis una línea entre la Provincia y la Casa Rosada. Berni lo hizo explícito cuando pidió a los bonaerenses que juzguen al gobierno provincial y no al nacional a la hora de votar.

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Acaso ese clima movió a Fernández a hacer una promesa desesperada: “¡No voy a traicionar a Cristina, ni a Máximo, ni a Massa!”. ¿Qué dudas quería ahuyentar? Estas expresiones en política se asemejan a lo que significa en términos económicos anunciar que el dólar no va a subir.

Añadió que tampoco iba a traicionar a los que los votaron. Aquellos a los que les prometió dejar de pagar las Leliq para aumentar las jubilaciones y se enteran que los intereses que se pagan a los bancos por esa deuda crecieron 800.000 millones de pesos desde que empezó 2021, un 91% más que en el mismo período del año anterior.

“La campaña se nos está haciendo larga”, confiesa un operador del Frente de Todos, que imagina un regreso al carril en la última semana, con la reaparición de Cristina.

Algo se mueve en las relaciones del poder cuando se espera que ella rescate al Presidente; el mismo hombre al que recurrió hace dos años cuando se convenció de que sola no podía volver al gobierno.

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