Harry y Meghan celebran su segundo aniversario de bodas

CIUDAD DE MÉXICO, mayo 19 (EL UNIVERSAL).- ¿Quién iba a decir que una cita a ciegas pondría de cabeza a la realeza británica? Así sucedió en el verano de 2016, cuando el príncipe Harry y Meghan Markle se conocieron y, prácticamente de manera simultánea, se enamoraron. Hoy, a dos años de darse el ‘sí, quiero’, recordamos su intenso cuento de hadas.

Desde el principio, la relación parecía que no tenía el viento a su favor: de entrada, la exprotagonista de la serie "Suits" vivía en Toronto y el nieto de la reina Isabel II, en Londres; es decir, los separaba un vuelo de unas siete horas. Pero el flechazo fue lo suficientemente contundente como para derribar esa barrera.

El siguiente gran obstáculo, más para el ojo público que para ellos mismos, fue el pasado de Meghan: en 2011, se casó en Jamaica con el productor Trevor Engleson, de quien se divorció dos años después. Entonces, la actriz estadounidense ni sospechaba que, seis años más tarde (en marzo de 2017), regresaría a ese país caribeño en compañía de un nuevo amor.

Precisamente, el viaje de Harry y Meghan a Bahía Montego, para atestiguar la boda de uno de los amigos de él, fue uno de los contados momentos en que se les vio en su faceta de novios. Para ese evento, la prensa ya había atado cabos. De ahí que la corona británica tuvo que publicar un comunicado, en noviembre de 2016, confirmando la relación y pidiendo respeto para la asediada novia del príncipe.

Pasar juntos las fiestas decembrinas, conocer a sus respectivas familias, su afinidad por los proyectos filantrópicos y compartir algunos viajes, sobre todo al continente africano, Meghan de Sussex y Harry de Sussex fortalecieron su vínculo de tal modo que, un año después de aquel anuncio oficial, la Casa Real británica certificó su compromiso.

En ese punto, los tabloides y la gente en general veían en Meghan Markle a una mujer simpática que aportaría frescura a la corona y que era perfecta para ratificar a un nuevo Harry alejado de los escándalos de su juventud. Esto pesaba más que su nacionalidad, sus nupcias anteriores y el controversial trato con su padre, Thomas Markle.

No por nada, millones de personas estuvieron pendientes del enlace en la capilla de San George y otras miles más se trasladaron al lugar de los hechos para aclamar a los nuevos duques de Sussex la tarde del 19 de mayo de 2018. Después de tantas pruebas, e incluso de ganarse la aprobación de Isabel II y de formar una estrecha amistad con los duques de Cambridge (William y Kate), los enamorados se convertían en marido y mujer.

Sin embargo, el idilio duró poco. A meses de llegar al altar, se desató otro vendaval de retos para el flamante matrimonio. Comenzaron los rumores de distanciamiento entre los hijos de Carlos de Gales y la popularidad de Meghan se fue diluyendo, señalada como la culpable de los pleitos entre los hermanos.

Se les cuestionaron gastos, excentricidades (como modificar el diseño de su anillo de compromiso), rotaciones constantes entre su personal y decisiones sobre la vida de Archie, su primogénito; por ejemplo, no otorgarle un título real o bautizarlo ‘a puerta cerrada’.

Al margen de estos escándalos, que desembocaron en la renuncia de Harry y Meghan a sus funciones reales, y de una doble mudanza –de Inglaterra a Canadá y de ahí, a Estados Unidos–, la pareja trata de regresar a la época en la que su romance era sinónimo de discreción y, pese a la cuarentena, está en busca de una casa propia en Los Ángeles, donde ella pretende retomar su carrera y disfrutar de su familia a plenitud.