¿Han perdido las publicaciones científicas su prestigio?

¿Han perdido las publicaciones científicas su prestigio?

Seguir las conclusiones científicas a lo largo de la pandemia está siendo complicado. Desde que empezó, hemos podido ver cambios en cómo de peligroso era el virus, estudios que proponían que algunos grupos sanguíneos protegían del virus cuando no era del todo así, medicamentos que curaban la COVID-19 en 48 horas pero con “truco” – funcionaba, sí, pero en cultivos celulares – y un largo etcétera. Y lo último ha sido la retirada de dos artículos en dos revistas científico-médicas que deja su prestigio muy tocado. ¿Estamos viendo lo mal que funciona la ciencia, pero no nos habíamos parado a pensarlo hasta ahora, o todo tiene una explicación más razonable?

En realidad, estamos viendo dos problemas distintos, pero relacionados. Uno tiene que ver con las revistas científicas propiamente dichas, y su prestigio entre los profesionales. Este sería el caso de los dos artículos retirados, aunque hay más. Y luego está la percepción del público general, que es una situación distinta, pero que se ve influida por la primera.

Vamos a empezar por los dos artículos retirados. En dos de las revistas mejor consideradas en medicina, The Lancet y New England Journal of Medicine (NEJM) se han “colado” dos artículos sobre el coronavirus que han tenido que ser retirados. El de The Lancet proclamaba que la cloroquina, el famoso antimalárico defendido por Trump, generaba más peligros que beneficios – y su publicación provocó que la OMS paralizase un ensayo clínico que ya se ha reanudado –, y el del NEJM proponía el tratamiento con medicamentos para la presión arterial mejoraba el pronóstico de los pacientes. El problema es que se trata de artículos plagados de problemas, pero estos problemas no se han detectado hasta que se han hecho públicos.

En los dos casos, el problema es similar: los datos originales, los datos en bruto, no pudieron ser auditados para asegurar su veracidad. Lo que es bastante sospechoso. Pero lo es aún más si en ambos casos los datos los proporciona la misma empresa – Surgisphere – y los autores que no pertenecen a la empresa no han tenido acceso a los datos.

Se supone que las revistas científicas tienen sistemas para evitar estos casos. Me refiero principalmente al famoso sistema de revisión por pares o peer-review. De manera muy esquemática, el sistema funciona así: los autores envían un borrador de su artículo a la revista para que considere publicarlo; el editor remite este borrador a tres – o más, depende de la revista – revisores que son expertos en el campo; estos revisores analizan el artículo, detectan fallos, piden aclaraciones o más experimentos, o directamente aconsejan no publicar; el editor pasa las conclusiones de la revisión a los autores y estos incorporan las modificaciones o desisten de publicar.

La idea es que, si unos expertos en un determinado campo revisan el artículo, serán capaces de detectar fallos o errores, o conclusiones que no estén bien justificadas. Y gracias a su trabajo, los artículos mejoran y con ello gana la ciencia. Eso sí, para que el sistema funcione los revisores deben ser anónimos, para evitar posibles presiones de los autores.

Entonces, ¿cómo es posible que se hayan colado dos artículos en dos revistas de renombre, pero que esos mismos errores hayan sido detectados cuando ha llegado a manos de otros científicos, no siempre especialistas en el campo? Es una buena pregunta, y deja tocada la credibilidad del medio, porque no debería haber pasado.

De hecho, sería más correcto decir que no debería pasar. Pero pasa, y las retiradas de artículos ni son nada nuevo, ni estas que han ocurrido son significativamente peores que otras ni van a dejar de pasar. El sistema de calidad de las publicaciones está compuesto por contrapesos humanos, y los humanos nos equivocamos.

Lo que llama la atención, y hace que el caso genere más desconfianza es que pase en dos revistas tan prestigiosas casi al mismo tiempo, que parta del mismo grupo, y que haya tenido lugar en mitad de una pandemia que hace tan necesario todo nuevo descubrimiento. Y aquí puede estar, tal vez, la clave del asunto.

Todos tenemos prisa por encontrar soluciones para la COVID. Tanto para dar con medicamentos que lo curen, como para evitar dar tratamientos que no funcionan. Y las prisas nunca son buenas, mucho menos en ciencia. Tener demasiada prisa por publicar los artículos es un factor por el que esto ha ocurrido. Eso, y las ganas de que estos trabajos sean acertados. Ah, y que el sistema de revisión no está pensado para detectar fraudes, que parece que es el caso con los artículos retirados.

Es cierto que el prestigio de las revistas se ha quedado tocado, y que es mucho más fácil perder la confianza que recuperarla. Pero en realidad, el problema no ha sido tan grave, ni probablemente evitable. Está bien exigir la máxima fiabilidad, pero siendo conscientes de que tal vez no sea viable.

Y después, tenemos el asunto de la percepción pública. En general, los que no somos especialistas en enfermedades infecciosas, pandemias, virología y demás tenemos la sensación de que se están dando palos de ciego. Y que hoy se dice una cosa, y mañana otra. Y en parte, es cierto.

Pero es que la ciencia funciona así, a base de experimentos fallidos y de hipótesis descartadas. De ideas que funcionan en un determinado entorno y condiciones, pero cuando se amplía el foco, o se analizan más factores, se demuestra erróneo. Y cuando el cuerpo de conocimiento es amplio, la ciencia proporciona muchas certezas, pero mientras tanto no, y eso hay que asumirlo. La ciencia no puede funcionar de otra manera, y tenemos que confiar en ella.

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