Hacer amigos siendo adultos cuesta más y tiene una explicación

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Con el paso de los años el círculo íntimo que nos brinda los “primeros auxilios psicológicos
Con el paso de los años el círculo íntimo que nos brinda los “primeros auxilios psicológicos" se va reduciendo. [Foto: Getty Images]

¿Quieres ser mi amigo? En la infancia, esa simple pregunta basta para que dos niños compartan juegos y confidencias. En la adolescencia y la juventud tampoco cuesta mucho hacer amigos. De hecho, esas etapas de la vida están marcadas por la presencia del grupo. Sin embargo, a medida que pasan los años nuestro círculo de amistades se va reduciendo y nos resulta cada vez más difícil hacer nuevos y buenos amigos.

Cuando llegan momentos complicados es cuando nos damos cuenta de que no tenemos muchos hombros sobre los cuales llorar, oídos empáticos que escuchen nuestros problemas o brazos amigos que nos sostengan cuando estamos a punto de desfallecer. Podemos conocer a mucha gente, pero nuestro círculo íntimo, ese que conforma la red de apoyo que nos brinda los “primeros auxilios psicológicos”, es limitado. ¿A qué se debe?

Las razones por las que nos cuesta más hacer amigos de adultos

Los cambios psicológicos y sociales que vamos experimentando con los años reducen nuestro círculo de amigos. [Foto: Getty Images]
Los cambios psicológicos y sociales que vamos experimentando con los años reducen nuestro círculo de amigos. [Foto: Getty Images]

Falta de experiencias conjuntas

La amistad es como una planta que va creciendo paulatinamente con tiempo, atención y cuidados. Un estudio realizado en la Universidad de Kansas reveló que debemos pasar al menos 50 horas con una persona para considerar que existe una amistad y que solo catalogamos a alguien como un buen amigo si hemos pasado más de 140 horas con esa persona.

En sentido general, la base de la amistad son las experiencias compartidas. En nuestros primeros años de vida, esas experiencias son abundantes y florecen en diferentes contextos. Compartimos experiencias en el colegio, el barrio, las actividades extraescolares y los momentos de ocio. Volcados hacia el mundo, compartimos de buena gana nuestra vida con los demás.

Sin embargo, a medida que pasan los años, es más difícil que pasemos tiempo de calidad con personas que conocemos poco. La ausencia de esas experiencias conjuntas impide que se establezcan fuertes lazos de amistad, de manera que la mayoría de la gente con la que nos cruzamos en nuestro día a día son poco más que simples conocidos.

Vidas más ocupadas

Después de los 30 años, la vida de la mayoría de las personas da un vuelco. Nuestras prioridades y necesidades cambian. Las obligaciones laborales comienzan a ocupar gran parte de nuestra jornada y más tarde la relación de pareja y los hijos ocupan el resto, de manera que queda poco tiempo libre para socializar.

Si trabajamos mucho o tenemos niños pequeños, es difícil poder con todo, de manera que las relaciones sociales terminan resintiéndose. Cuando nuestras prioridades cambian, más de una vez diremos “no” a invitaciones sociales simplemente porque nos apetece más quedarnos en casa a descansar o disfrutar del tiempo en familia.

Como resultado, no solo vamos alejándonos de algunos viejos amigos, sino que también perdemos oportunidades para conocer a gente nueva e interesante. Nos volvemos más “hogareños” y preferimos otro tipo de planes más íntimos, de manera que las oportunidades para ampliar nuestro círculo de amistades se restringen notablemente.

Nos volvemos más selectivos

A partir de los 30 años comenzamos a valorar más la calidad que la cantidad en materia de amigos, según reveló un estudio realizado en la Universidad de Rochester. Nos volvemos más selectivos porque sabemos que no disponemos de un tiempo ilimitado, de manera que pasamos nuestras amistades por un tamiz más riguroso.

En cambio, a los niños y adolescentes les resulta más fácil encontrar amigos porque les basta tener algo en común. Por ejemplo, si jugábamos al fútbol o tomábamos clases de danza, es probable que muchos de nuestros amigos también lo hicieran. Sin embargo, con los años nos damos cuenta de la importancia de la compatibilidad para mantener una relación a largo plazo y comprendemos que va mucho más allá de tener un interés común.

Por eso comenzamos a buscar gente con ideas, intereses y valores más similares a los nuestros con las que nos sintamos más a gusto. Eso significa que cualquier persona ya no nos vale como amigo, debe encajar en nuestra forma de ser. Utilizamos criterios más específicos y somos más inflexibles, de manera que las posibilidades de encontrar nuevos amigos que encajen en nuestro molde son más limitadas.

Con los años también aprendemos a conocernos mejor. Sabemos lo que queremos y lo que no queremos. Eso nos convierte en “jueces” más severos de los demás, de manera que descartamos a muchas personas por características que consideramos incompatibles con nuestra manera de ver el mundo.

Cargamos una mochila psicológica más pesada

Cuanto más pasan los años, más se llena nuestra mochila psicológica. Si hemos tenido amistades o parejas que nos han decepcionado o traicionado, es probable que seamos más prudentes al entablar relaciones y no confiemos con tanta facilidad en los demás.

Las heridas emocionales del pasado pueden hacer que nos cerremos para evitar que nos vuelvan a dañar, de manera que no dejamos entrar con tanta facilidad a otras personas. La reticencia y la desconfianza se convierten en una barrera invisible pero muy potente que obstaculiza el paso de una amistad superficial a una íntima.

Sin embargo, no solo nos marcan las grandes decepciones sino también las grandes amistades. Si hemos tenido grandes amigos, es probable que nos resulte más difícil volver a establecer fuertes lazos de amistad con otras personas porque buscaremos las mismas características de la amistad que dejamos atrás.

Vivir bajo la sombra de grandes amistades, intentando replicar antiguas relaciones, alimenta expectativas irreales. Es posible que encontremos fallos en todas las personas que conocemos y concluyamos que no están a la altura porque la compararemos continuamente con una relación de amistad idealizada.

¿Cómo hacer buenos amigos en la adultez?

Para hacer nuevos amigos debemos asumir una actitud más abierta y proactiva. [Foto: Getty Images]
Para hacer nuevos amigos debemos asumir una actitud más abierta y proactiva. [Foto: Getty Images]

Hacer amigos en la adultez no es una misión imposible. De hecho, es beneficioso. Investigadores de la Universidad Estatal de Michigan encuestaron a 271.053 adultos y apreciaron que las relaciones de amistad cercanas estaban vinculadas a una mejor salud, felicidad y bienestar en la vida, sobre todo en la tercera edad.

Sin embargo, no podemos sentarnos a esperar que surja una amistad. Debemos buscar activamente nuevos amigos asumiendo una actitud proactiva, lo cual implica asumir algunos cambios en nuestro estilo de vida que nos permitan socializar más. Una forma para conocer a personas con intereses similares y desarrollar nuevas amistades puede ser unirse a actividades de voluntariado o apuntarse a cursos y actividades que nos apasionen.

También es fundamental abrirnos a las personas, lo cual significa ser más receptivos, flexibles, tolerantes y comprensivos. Todos tenemos características positivas y negativas. Si nos tomamos el tiempo necesario para conocer a los demás descubriremos las “perlas” escondidas que hay en cada uno de nosotros. Solo así podremos establecer vínculos afectivos fuertes que duren muchos años.

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