Esto fue lo que más le gustó a Donald Trump de ser presidente

Matt Flegenheimer y Maggie Haberman
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El presidente Donald Trump hace comentarios en la Casa Blanca frente a la comida rápida servida para los Clemson Tigers, los ganadores de las eliminatorias del Campeonato Nacional de Fútbol Americano Colegial en 2018, en Washington, el 14 de enero de 2019. (Sarah Silbiger/The New York Times)
El presidente Donald Trump hace comentarios en la Casa Blanca frente a la comida rápida servida para los Clemson Tigers, los ganadores de las eliminatorias del Campeonato Nacional de Fútbol Americano Colegial en 2018, en Washington, el 14 de enero de 2019. (Sarah Silbiger/The New York Times)

En noviembre de 2018, luego de una votación que no le importó lo suficiente como para formular teorías conspirativas sobre los resultados, el presidente Donald Trump se presentó en el Jardín de las Rosas y pronunció la cruda verdad.

“Estos fueron unos comicios justos”, le dijo a un pavo llamado Carrots, que no fue parte del indulto al pavo que se realiza año con año en la Casa Blanca luego de haber perdido un concurso por internet que decidía cuál pavo (Peas o Carrots) sería la estrella del ritual. “Por desgracia, Carrots no quiso reconocer su derrota, exigió un recuento de votos, y seguimos peleando con Carrots”.

La multitud se rio, y Trump sonrió un poco. Según sus colaboradores, ese tipo de espectáculos histriónicos en contextos fastuosos desde hace mucho han sido de las partes que el mandatario más disfruta de su trabajo. Tomó el estrado para el punto culminante e imprimió el sello presidencial.

“Hemos llegado a una conclusión”, afirmó Trump con grandilocuencia. “Lamento decirte, Carrots, que el resultado no cambió. Qué pena por Carrots”.

Dos años más tarde, después de unos resultados electorales que no le favorecieron en absoluto, Trump ha estado menos dispuesto a aceptar las frías cifras que muestran a quién quiere ver el pueblo en la Casa Blanca.

Durante las semanas posteriores al día de las elecciones, el presidente y sus aliados han emprendido una tentativa injustificada y peligrosa de revocar la voluntad del electorado que lo descalificó y se han dedicado a socavar los postulados básicos de la democracia estadounidense para aferrarse a un cargo que no esperaba ganar hace cuatro años y que, según la mayoría de los testimonios, no ha valorado mucho desde entonces.

El lunes, luego de que el gestor de la Administración General de Servicios designó de manera formal al presidente electo Joe Biden como el ganador evidente de las elecciones, Trump bendijo esa acción en Twitter mientras prometía seguir adelante con las impugnaciones legales.

No obstante, hasta el momento, la táctica desesperada del presidente ha sido tan agobiante y su aversión a perder tan bien conocida que se ha prestado poca atención a una pregunta difícil en la que está basado todo esto: ¿a qué se estaba aferrando exactamente?, ¿por qué pelear tanto y hacer pasar al país por todo esto para conservar un puesto que a menudo se ha visto que no desea?

Al parecer, en algunos aspectos, Trump se había imaginado su vida en Washington como algo más parecido al redoble para indultar a un pavo; sí como la pompa y el esplendor, pero también como un mundo en gran medida dócil ante su comportamiento de gran jefe y sus caprichos binarios: se perdona a este pavo, pero no a esos. Hacía que su gente llamara a los paveros y después negociaba los detalles. Pero en todo el proceso, él tendría la última palabra.

De igual manera, este criterio ha alimentado la tendencia de Trump a indultar a las personas: ha usado sin moderación sus facultades de indulto y clemencia para recompensar a sus aliados y a otras personas cuyas causas son apoyadas por celebridades. Sigue considerando otorgar una serie de esos indultos en la última semana de su mandato.

Sin embargo, en el caso de Trump, la realidad más constante de su presidencia, mezclada con conferencias de prensa, obstáculos en el Congreso, juicios políticos y críticas, nunca estuvo a la altura.

Por lo general, ha disfrutado los aspectos de su trabajo que le permiten presidir algo, ya sea que se trate de pavos o de algo más: foros muy adecuados para un dirigente para quien la atención puede parecer menos un deseo y más una necesidad física.

El presidente Donald Trump saluda desde el interior de su convoy a una multitud de partidarios afuera del Club de Golf Nacional Trump en Sterling, Virginia, el domingo 8 de noviembre de 2020. (Oliver Contreras/The New York Times)
El presidente Donald Trump saluda desde el interior de su convoy a una multitud de partidarios afuera del Club de Golf Nacional Trump en Sterling, Virginia, el domingo 8 de noviembre de 2020. (Oliver Contreras/The New York Times)

Los simbolismos y el título son lo que claramente más le ha agradado, pues lo han puesto al centro de celebraciones importantes por el simple hecho de ser presidente. Se ha maravillado con el desfile del Día Nacional de Francia en París, ha recibido “llamadas hermosas” en la Casa Blanca y ha disfrutado servirles comida rápida a los campeones de fútbol americano universitario. En julio, Trump, quien durante años ha presionado al gobierno federal para que despliegue elaborados fuegos artificiales en el Monumento Nacional Monte Rushmore, finalmente se salió con la suya.

También se ha divertido presumiendo el avión presidencial y el Dormitorio Lincoln. Además, el estudio del Despacho Oval, mismo que convirtió en un pequeño comedor, es el espacio donde, según ha dicho a sus invitados con un guiño, Monica Lewinsky visitaba al presidente Bill Clinton.

No es ningún secreto que los aspectos prácticos del gobierno nunca han sido mucho de su interés. Dependiendo del día, en su vida adulta ha estado en la mayor parte de los bandos en relación con los asuntos políticos más importantes. Su campaña de reelección apenas se preocupó por exponer una visión detallada para un posible segundo periodo, y se concentró con mucha mayor frecuencia en cumplir con mítines de reclamos culturales y provocaciones raciales.

Mientras que prácticamente ha renunciado a cualquier liderazgo en el manejo de la respuesta al coronavirus (casi siempre viendo su devastación este año en términos de cómo la pandemia le afectaría a nivel político), el presidente planea que el indulto al pavo se lleve a cabo el jueves, como está programado.

En ese evento en 2017, mientras Trump se esforzaba para revertir lo más posible el legado de Obama, dijo en broma que la Oficina del Consejero de la Casa Blanca le había recordado que no se podían revocar los indultos al pavo del expresidente.

En 2018, mientras amenazaban las investigaciones del Congreso cuando los demócratas se preparaban para tomar el control de la Cámara de Representantes, el presidente dijo que había advertido a Peas y Carrots que “era probable que los demócratas de la Cámara los citaran a comparecer a ambos”, a pesar de su clemencia.

Y en 2019, cuando una investigación para juicio político y las futuras elecciones se cernían sobre él, Trump inició su discurso con cierta autocomplacencia (“Siempre es bueno comenzar diciendo que la bolsa de valores ha subido de nuevo”), se permitió divagar sobre los beneficios emocionales de su victoria en 2016 (“un día muy muy bueno”) y se quejó amargamente del representante Adam B. Schiff, presidente del Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes.

Sin embargo, al final, el presidente estaba cumpliendo con la parte de su trabajo que siempre tuvo más sentido para él: maestro de ceremonias. Colocó la mano sobre un pavo llamado Butter, usó la frase “en virtud de este acto” para darle al acto la solemnidad requerida (“En virtud de este acto te otorgo un total y absoluto indulto”) y comenzó a aplaudir de camino al interior del inmueble.

“Eso fue estupendo”, afirmó, mirando cómo lo veía la multitud. “Muy divertido”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company

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