La muerte de Goran Sobin nos recuerda su noche épica con Toni Kukoc

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Goran Sobin en un partido con la Jugoplastika. Foto: Youtube.
Goran Sobin en un partido con la Jugoplastika. Foto: Youtube.

Tenían veinte años y estaban locos. En los tiempos previos a la programación por satélite y a las competiciones europeas de decenas de clubes, no era nada fácil saber por dónde te podía aparecer el talento. A finales de los ochenta, por ejemplo, cuando el Barcelona de Aíto García Reneses ganaba una liga tras otra, el aficionado de a pie sabía que en la fase final de la Copa de Europa tendría que enfrentarse a algún equipo italiano, al sempiterno Maccabi de Tel-Aviv, al Aris de Salónica de Nikos Gallis o al combinado ruso de turno. Ahora bien, los yugoslavos eran una incógnita, dada la tremenda igualdad de su liga y el paso instantáneo de sus generaciones..

Le había pasado al Madrid, por ejemplo, con la Cibona de Zagreb de principios de los ochenta. Ahora, uno ve ese equipo y le invade la nostalgia: Drazen y Aza Petrovic, Zoran Cutura, Andro Knego, Ivo Nakic... Cuando se los cruzaron Corbalán y compañía, primero en la Recopa y luego en la Copa de Europa, todos se quedaron a cuadros porque apenas les conocían. En esa misma situación estaba el mundo entero ante la Jugoplastika de Split de la temporada 1988/89: los muy entendidos conocían a Dusko Ivanovic desde hace tiempo; los que se hubieran enganchado a los Juegos de Seúl, habrían visto minutos sueltos de Toni Kukoc o Dino Radja... pero la mayoría no entendía del todo el enorme talento que atesoraba aquel equipo.

Ya su clasificación para la Final Four -segundo año que se celebraba- fue algo parecido a una sorpresa, eliminando en la liguilla previa al CSKA de Moscú o al Scavolini de Pésaro. Cuando llegaron a Munich, eran la perita en dulce, el rival que todos querrían, el equipo de jóvenes amateurs destinado a venirse abajo en la alta competición. Llegó el Barcelona listo para clasificarse para la segunda gran final europea de su historia... y se llevó un palo enorme (87-77). En la propia televisión española, daban por hecho que la final sería un paseo para el Maccabi, primer clasificado en la ronda anterior... y al descanso, los yugoslavos aguantaban un justo empate (35-35).

La segunda parte de aquel partido se considera el inicio del baloncesto moderno, el amanecer de los tres años dorados de la Jugoplastika y, con la Jugoplastika, del baloncesto yugoslavo en general... hasta que llegó la guerra en 1991 y todo se vino abajo. El Maccabi lo ponía todo sobre la pista pero Bozidar Maljkovic y sus chicos respondían de inmediato. Comodísimos en las ventajas de dos, cuatro, seis puntos como mucho, los croatas siempre encontraban una manera de enfriar el ambiente, un pabellón lleno de aficionados israelíes listos para tomar la pista y celebrar. A falta de ocho minutos, el Maccabi culminaba la remontada y se ponía un punto arriba. Fue entonces cuando apareció Goran Sobin.

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Es complicado afirmar esto, pero hay un escenario paralelo en el que el claramente limitado Sobin, con sus 2.06 metros, su temible tren superior y su nariz de boxeador, no participa en ese partido, la Jugoplastika no gana su primera Copa de Europa y ahí acaba, sin empezar siquiera, su reinado. A sus 25 años, Sobin era un luchador, poco más. El que se batía el cobre contra los pívots rivales mientras Radja reservaba fuerzas para el siguiente ataque.

Sobin fue quien cogió el rebote tras fallo de Kukoc para poner por delante a su equipo 63-64. Sobin fue quien se jugó el posterior uno contra uno frente a Kevin Magee ni más ni menos y anotó el 64-66. Sobin fue quien siguió la continuación del bloqueo con Ivanovic para anotar una bandeja fácil y recibir falta y Sobin fue quien anotó el tiro libre posterior que ponía el 64-69 a falta de cinco minutos de partido. Siete puntos justo en el momento en el que, sin Radja en el campo, el Maccabi debería haber roto el encuentro a su favor. Siete puntos que se hicieron irremontables: aún tuvo Sobin tiempo para meter una última canasta y acabar con once (nueve en los últimos seis minutos).

Esos seis minutos mágicos quedarán siempre en nuestro recuerdo y nos sirven para despedirnos de un jugador que jamás volvió a estar a esa altura. Su muerte, de un infarto de miocardio a los 58 años, nos ha sorprendido y nos ha arrebatado un trozo más de nuestra infancia. Tras la Jugoplastika, Sobin se convirtió en un bien pagado trotamundos: tras un año más en Split, el Aris se lo llevó a Grecia a precio de oro tras negociar con la siempre intransigente federación yugoslava. El problema era quel Aris de Salónica iniciaba ya en descomposición y Sobin no sirvió de solución alguna. De ahí, volvió a Croacia a jugar con la Cibona y finalmente se retiró como recambio temporal en el Tau de Vitoria. Tenía 32 años cuando colgó las botas.

Sobin nunca fue una estrella ni nada parecido, pero durante un minuto y medio de ensueño lo pareció. No solo en el escenario más comprometido sino ante rivales de la entidad del citado Magee, del talentoso Kenny Barlow o del corajudo LaVon Mercer. Su muerte nos ha dejado algún titular suelto de su época en Baskonia y la referencia a la Jugoplastika como si pasara por ahí. No solo pasó sino que conquistó. Esa primera Copa de Europa fue en buena parte suya como la tercera lo sería de Savic, su discípulo. En medio, la gran belleza, la máquina amarilla que no solo batía al Barcelona sino que, durante tres largas temporadas, acabó con todo lo que se le puso por delante. Uno de los equipos de nuestras vidas, sin ningún lugar a dudas.

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