Goles en el cielo: una vieja tradición mantiene viva a la fanaticada de la Real Sociedad

Rory Smith
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En cuanto el balón cruza la línea de meta, Juan Iturralde se pone de pie. Corre al interior de su palco, dirigiéndose a la puerta. Solo se detiene brevemente, para arrebatar dos cohetes de una bolsa de plástico colocada con cuidado, y deliberadamente, en su camino. Su ubicación es estratégica: Iturralde está, fundamentalmente, en el negocio de las noticias, y cada segundo cuenta.

Salta, tan rápido como se lo permiten sus rodillas, baja dos tramos de escaleras agarrando los fuegos artificiales. Luego atraviesa corriendo la Puerta 18 en el Reale Arena, sede de la Real Sociedad de fútbol español, y sale a la calle. Comprueba que los alrededores están despejados, mete el primero de sus dos cohetes en un lanzador de mano y da la noticia en el cielo nocturno de San Sebastián.

Esta vez, es una historia alegre. Cuando el primer cohete resuena sobre su cabeza, Iturralde lanza otro y una lluvia de chispas cae a sus pies, luego, una nube de cordita se esparce a su alrededor. En la ciudad todos saben lo que significa ese código.

Esto sucede en San Sebastián desde hace más de medio siglo. Excepto por un breve receso en la década de 1990 y principios del 2000, los fuegos artificiales han acompañado todos los partidos en casa de la Real Sociedad desde 1960, para mezclarse con el tejido sónico de la ciudad y formar parte de la banda sonora de miles de fines de semana, interrumpiendo innumerables conversaciones, comunicando noticias alegres o sombrías a sucesivas generaciones de aficionados.

“Es una gran responsabilidad”, dijo Iturralde, quien se ha desempeñado como cohetero desde 2006. Es un oficio que se toma muy en serio. Desde hace un año no hay fanáticos en el Reale Arena, las gradas han guardado silencio durante la era de la pandemia de coronavirus. Pero Iturralde asiste a cada partido en casa, armado con los cohetes que le proporciona el club y listo para salir corriendo cuando se marca un gol y así difundir su palabra por la ciudad.

Se mantiene atento a los comentarios radiales del juego, pendiente por si un gol es anulado por cualquier motivo mientras sale corriendo. (La introducción del árbitro asistente por video en los partidos de la liga española le ha complicado la vida y ha ocasionado, al menos, una equivocación). Iturralde sabe que ser el primero es importante. Pero también es fundamental estar en lo correcto.

En las raras ocasiones en que no puede asistir, le confía su trabajo a un suplente: su hermano Fernando. “Es un verdadero privilegio”, dijo Juan Iturralde. “Recuerdo haberlos escuchado cuando era niño. Puedes oírlos por toda la ciudad. Es algo que significa mucho para los aficionados. Es una gran tradición. Estoy realmente orgulloso de hacerlo”.

Sin embargo, Iturralde, no es el primer cohetero. Es el sucesor de una tradición y un sistema ideado por su predecesor, Patxi Alkorta. “Era un excéntrico”, dijo Ander Izagirre, periodista y escritor que es sobrino nieto de Alkorta.

“Tenía muchas ideas extravagantes”, dijo. “Una vez tuvo un plan para ganar una apuesta volando un burro, en una cometa, desde La Concha, la playa de la ciudad, hasta Santa Clara, la isla de la bahía”. (Pero no funcionó). En 1968, Alkorta viajó a los Juegos Olímpicos de la Ciudad de México para repartir txapelas, la boina que tradicionalmente se entrega como premio en el País Vasco, a los atletas victoriosos.

“No sé de dónde sacó la idea de los fuegos artificiales”, dijo Izagirre. “Siempre dijo que el plan de la boina le vino en una alucinación; luchó con el alcoholismo durante mucho tiempo, así que tal vez sucedió lo mismo con los cohetes”. Cualquiera que sea la fuente de su inspiración, en 1960, Alkorta lanzó sus primeros cohetes frente a Atotxa, la casa antigua (y ahora demolida) de la Real Sociedad.

“Cuenta la historia que fue ideado como un método para lograr que los pescadores que trabajaban en el Golfo de Vizcaya supieran cómo iba el equipo”, dijo Izagirre. “Pero siempre pensé que quizás era solo una excusa. Para que toda la gente de la ciudad a la que le gustaba el fútbol, ​​e incluso a los que no, supieran cómo iba el equipo”.

Cuando la Real Sociedad se trasladó a su nueva casa en Anoeta en 1993, dejó atrás los fuegos artificiales —en teoría porque el Reale Arena, como se conoce ahora al estadio, estaba más alejado del mar— pero revivió en 2005, a instancias de Iñigo Olaizola, directivo y primo de Alkorta.

Iturralde, de 56 años, ingeniero de ascensores y fanático de toda la vida tanto de la Real Sociedad como de los fuegos artificiales, consiguió el trabajo. “El locutor del club es de Hernani, el mismo pueblo que yo”, dijo. “Me llamó y me preguntó si me gustaría hacerlo”.

En esa etapa, por supuesto, el valor de las bengalas como fuente de noticias ha disminuido: la radio, la televisión e Internet han hecho que la gente de San Sebastián no tenga que mirar el cielo para saber si su equipo anotó o va perdiendo. Izagirre piensa que es útil si no puedes ver el juego, aunque quizás sea poco confiable. “Si estás en la cocina y escuchas un ruido, nunca estás seguro de si te perdiste de algo”, dijo.

Sin embargo, la tradición no solo perdura porque sea exclusiva de San Sebastián —“la afición lo ve como algo que nos pertenece”, dijo Iñaki Mendoza, historiador del club de la Real Sociedad— sino por la genialidad de la idea de Alkorta: se trata de un momento de perfecto suspenso entre las dos explosiones, es un silencio lleno de esperanza y pavor.

“Cuando la gente camina por la ciudad el día de un partido y escuchan el primer cohete, esperan en suspenso el segundo”, dijo Mendoza. “Y cuando lo escuchan, reanudan su paseo con una sonrisa, porque la Real ha marcado”. Izagirre lo describe como “un momento hermoso en el que todos están esperando”.

Sin embargo, durante el último año, los fuegos artificiales han llegado a simbolizar algo más. Iturralde ha tenido que cambiar su manera de trabajar debido a la pandemia. Ya no puede ver partidos desde cerca del campo en el Anoeta, como se conoce localmente al Reale Arena, lanzándose por un túnel para llegar rápidamente a la calle; en cambio, debe sentarse en un palco ejecutivo en la esquina del estadio y navegar por las escaleras al salir corriendo.

Pero, en todo caso, su papel ha llegado a ser más importante. Cuando se reanudó el fútbol después de la pausa por el coronavirus, otras 11 ciudades de la región vasca alrededor de San Sebastián comenzaron a encender sus propios fuegos artificiales cada vez que los equipos marcaban en casa. Las circunstancias (los fanáticos todavía están excluidos de la mayoría de los estadios) han cambiado el significado de la tradición. “En tiempos de pandemia, es una forma de sentirse cerca del equipo”, dijo Mendoza.

El Reale Arena, como casi todos los estadios de Europa, ha estado vacío desde marzo pasado. Los simpatizantes que asistían para celebrar cada gol con alegría, o resignación, las personas que Iturralde oía rugir mientras corría hacia la salida están encerradas en un exilio forzado e infeliz. Todavía no está claro cuándo podrían regresar.

En esas circunstancias, en el silencio del estadio y de la ciudad, Iturralde y sus fuegos artificiales demuestran el verdadero poder de la tradición. “Es extraño”, dijo Izagirre. “Puedes caminar hasta el estadio, pero es un mundo al que no podemos acceder. Hay una barrera, pero los cohetes superan esa barrera. Son una manera de llevar la Real a casa”.

Iturralde no espera a ver explotar sus cohetes. Tan pronto como el segundo ha volado al cielo, poniendo fin a esos tortuosos segundos de suspenso, corre hacia el estadio, sube las escaleras y vuelve a su posición.

Durante mucho tiempo, sus fuegos artificiales han unido a los fanáticos y la ciudad con su equipo, pero la pandemia los ha convertido en algo más que una tradición, les ha dado un significado nuevo y vital. “Son”, según Izagirre, “un mensaje de otro universo”.

Audio cortesía de The Spanish Football Podcast

Rory Smith es el corresponsal principal de fútbol, con sede en Manchester, Inglaterra. Cubre todos los aspectos del fútbol europeo y ha reportado tres Copas Mundiales, los Juegos Olímpicos y numerosos torneos europeos.

This article originally appeared in The New York Times.

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