En el Gobierno minimizan el giro en política exterior

Jaime Rosemberg
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El presidente Alberto Fernández y el canciller Felipe Solá, junto al exmandatario de Paraguay Fernando Lugo
Agencia AFP

“Con Estados Unidos sigue todo igual”, fue la consigna repetida por funcionarios, en la Casa Rosada y la Cancillería, luego del sorpresivo anuncio del miércoles, cuando-vía comunicado oficial y sin aviso previo-Argentina abandonó el grupo de Lima, en el que países de la región-junto a la principal potencia del planeta-intentaban encontrar una solución pacífica y democrática al laberinto en el que parece haberse convertido la Venezuela de Nicolás Maduro.

La decisión de salida de ese grupo, el discurso de la ex presidenta Cristina Kirchner ese mismo día contra Estados Unidos y la “pelea” con Uruguay y Brasil en la reunión del Mercosur encierran, para la oposición, la búsqueda de “contentar al electorado en víspera de elecciones” y terminarán convirtiendo a Argentina en “irrelevante” para la administración Biden.

Sin prestar atención a la voces que, desde el departamento de Estado, hablaron de “aumentar la coordinación regional” y enfatizaron que lo harán con “los países que estén comprometidos con la democracia” en el país caribeño, desde el Gobierno afirman que no hubo indicios ciertos de enojo por parte de la administración de Joe Biden. “El único que se quejó fue Marco Rubio, que es republicano y que encima no está con (Donald) Trump”, afirmó una fuente diplomática, en relación a la definición de “preocupante” con el que el senador por el estado de Florida calificó la decisión argentina, aplaudida a rabiar por Caracas y el kirchnerismo duro.

El propio canciller Felipe Solá sostuvo en estos días el argumento de que el paso que dio el país fue “previsible” y que no sorprendió a Washington. “Argentina no se acerca a Venezuela, se aleja de un lugar dónde nunca estuvo”, dijo el canciller el viernes, luego de la reunión virtual del Mercosur, dónde Fernández chocó con sus pares de Brasil y Uruguay, que condenan la “dictadura” de Maduro y sí forman parte del grupo de Lima. “Para el Gobierno, Luis Lacalle Pou y Jair Bolsonaro no son ideológicamente afines, por eso los ataca”, lo cuestiona un referente opositor.

Casualidad o no, el sector cristinista que apoya sin rodeos a Maduro, nucleado en el Espacio Puebla, sostiene una tesis similar a la Cancillería: el grupo de Lima fue creado por Trump y la “derecha” latinoamericana, y aún “no es seguro” que Biden tome el mismo camino-y el mismo instrumento-que su belicoso antecesor para abordar la crisis en Venezuela. “No fue una declaración american friendly, pero Biden no es Trump”, afirmaron a La Nación desde ese sector.

La opinión de la Cancillería-que el grupo de Lima no arrojó “resultados concretos”-también coincidió con la visión del cristinismo, para el cual fue la “pandemia” la que generó violaciones a los derechos humanos, y no las políticas de persecución de Maduro a sus opositores, denunciadas en el informe de la Alta Comisionada de Naciones Unidas en derechos humanos, Michelle Bachelet. “En derechos humanos tenemos claro dónde votar”, dijo Solá, en referencia al apoyo de Argentina a ese informe de la ex presidenta de Chile y a la reciente votación en la sede de la ONU en Ginebra contra el gobierno de Daniel Ortega en Nicaragua.

Más allá del tema Venezuela, en Cancillería niegan que el Gobierno haya hecho suya la visión de la vicepresidenta sobre los Estados Unidos, a quien el mismo miércoles 24 acusó de “complacencia” el golpe de Estado” de 1976, jugar “contra nosotros” en la Guerra de Malvinas y ser “centrales” en el préstamo del FMI a Mauricio Macri “para que ganara” la elección de 2019. Poco antes, eso sí, de pedirle un “gesto” en la negociación con el FMI, porque-según dijo-”no tenemos la plata para pagar”. Según fuentes oficiales, “Cristina lo dice de manera más cruda, pero pensamos lo mismo”, sostuvieron desde los sectores “moderados” del Gobierno. “Lo que dijo Cristina no molestó a (Martín) Guzmán, de hecho sacaron un comunicado en el que destacaron avances en la negociación”, se explayaron cerca del Presidente.

Mientras desde la embajada en Washington que encabeza Jorge Arguello optaban por un prudente silencio, desde la Casa Rosada afirmaban que la permanencia del embajador-de la confianza del Presidente-en Estados Unidos “es otra muestra” de lo importante que es el vínculo bilateral. Desde otro despacho afirmaron que la frustrada visita del buque patrulla Stone a las costas argentinas tampoco generó roces adicionales, porque “esa visita era un mensaje a China”, acusada de pesca ilegal en aguas del Atlántico Sur.

También enfatizaban que, más allá de la controversia posterior sobre el contenido de lo conversado, la charla entre Biden y Fernández de fines de noviembre sentó las bases para una “muy buena relación”, siempre “dejando en claro” las “diferencias” sobre casos como el de Venezuela. Cabe recordar que a principios de mes el presidente de Estados Unidos, prorrogó la vigencia del decreto que declara a Venezuela “amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad nacional. “La pérdida de confianza en un país lo termina convirtiendo en irrelevante en el concierto de los países centrales”, afirmó a La Nación el ex secretario de Asuntos Estratégicos, Fulvio Pompeo.

“La instrucción que todos tenemos del Presidente es la de agotar las instancias para evitar el default y llegar a un acuerdo. Salvo que no sea posible”, decía Arguello a La Nación en julio pasado y durante la negociación con los bonistas. Nadie sabe, hoy, cuales son las instrucciones concretas para la diplomacia argentina, que se empeña-de todos modos y a pesar de los repetidos gestos hacia enemigos de Washington-de decir que “todo está bien” con los Estados Unidos.