El gobernador de Florida Ron DeSantis es un hipócrita con respecto a la libertad de expresión | Editorial

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Una vez más, el gobernador Ron DeSantis se equivoca. Esta vez, se trata de lo que es la libertad de expresión, y lo que no es.

Esto es lo que tuiteó el lunes, anticipándose a la compra de Twitter por parte del multimillonario de Tesla Elon Musk:

“La oferta de @elonmusk para comprar Twitter es un buen negocio para los accionistas y aumenta la perspectiva de que la plataforma sea un lugar donde la libertad de expresión pueda prosperar, no una herramienta para la imposición de la narrativa”.

Y esto es lo que Helene Roesch tuiteó en respuesta:

“La libertad de expresión no ha sido un problema en Twitter. La libertad de expresión consiste en que el gobierno no pueda interferir en la expresión pública. Nunca se pretendió evitar que las corporaciones establecieran restricciones en sus plataformas”.

Roesch quien se describe como “esposa, madre (dos hijos adultos) y abuela (dos nietos)— lo entiende.

Esta es la distinción: Cuando tres profesores argumentaron que sus derechos de la Primera Enmienda fueron violados cuando la Universidad de la Florida (UF) les prohibió testificar en una demanda que desafiaba las restricciones de la administración de DeSantis sobre el voto por correo —los profesores sabían que era un trato injusto—, el juez ordenó a la UF no aplicar su política de conflicto de intereses contra el profesorado u otras personas que participen en demandas contra el estado.

Privado vs. público

La UF es una universidad pública, una entidad gubernamental, que actúa aquí en el lado equivocado de las protecciones de la Primera Enmienda.

Y esto es lo que dice el Freedom Forum Institute —una respetada organización que defiende nuestras libertades de la Primera Enmienda a través de la educación y la acción— sobre la Primera Enmienda y las empresas privadas: “Una escuela privada puede suspender a los alumnos por criticar una política escolar; una empresa privada puede despedir a un empleado por expresar sus opiniones políticas en el trabajo; y un medio de comunicación privado puede negarse a publicar o difundir opiniones con las que no esté de acuerdo”.

Twitter es una entidad privada y, como tal, no está obligada a dar voz a todos los puntos de vista siempre. Prohibir a Donald Trump no fue una violación de la Primera Enmienda; fue una rara reacción de sentido común contra la desinformación promovida por el expresidente.

Esperaríamos ver más de esto con Musk, quien pagó la friolera de $44,000 millones para apropiarse de Twitter. Se ha declarado un gran proponente de la “libertad de expresión”. Queda por ver si eso incluye la aceptación de las mentiras y la desinformación. Esperamos que no. Esto solo sirve a aquellos que, en cualquier punto del espectro político, están sembrando el caos. ¿Por qué daría Musk su megáfono a traficantes tan deshonestos?

Twitter —y Facebook— no se consideran legalmente editores. La Sección 230 de la Ley de Decencia en las Comunicaciones fue diseñada para liberar a las empresas de internet de las responsabilidades de los editores tradicionales.

Una estándar diferente

El argumento es que Twitter, Facebook y otras plataformas de redes sociales funcionan simplemente como anfitriones de la opinión y la conversación y no deben ser considerados responsables de ese contenido. En otras palabras, las redes sociales no son una publicación de noticias, sino una plaza pública.

Pero esta designación también ofrece una gran ventaja financiera para las plataformas: la Sección 230 les da esencialmente inmunidad de responsabilidad por lo que publican. Los medios de comunicación comunes no gozan de esa protección. Si la Sección 230 desapareciera, Twitter enfrentaría las mismas responsabilidades que los medios tradicionales sobre lo que publican.

La Casa Blanca, con la mira puesta en la propagación de la desinformación en esas plataformas, ha estado abogando por revocar la Sección 230, diciendo que eso ayudaría a prevenir la propagación de información falsa sobre la política y la pandemia.

Desgraciadamente, la desinformación no ha hecho más que impulsar la nave de DeSantis. Es por eso que la teoría crítica de la raza, un concepto de escuela de posgrado que no se enseña en las aulas de jardín de niños a décimo segundo grado, es ahora un villano académico. Es por eso que el gobernador se aferró a un secretario de Salud que se negó a revelar durante sus audiencias de confirmación si estaba vacunado contra el COVID.

Y gracias al gobernador de este “estado libre de la Florida”, las líneas de cruceros no pudieron exigir “pasaportes de vacunación” para mantener a los pasajeros seguros. Los líderes municipales fueron esposados, incapaces de imponer medidas en torno al COVID más estrictas y orientadas a la comunidad. Y, por supuesto, Disney Company se granjeó la ira del gobierno por decir lo que pensaba.

Hablando de “imposición de la narrativa”.

Algunos llamarían irónicas las tácticas del gobernador. Nosotros las llamamos acciones de un hipócrita desvergonzado.

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