Gloria Leal: Mi amigo Pedro | Opinión

Tuve el enorme privilegio, al llegar a Miami a vivir por segunda vez, de conocer a Pedro Yanes casi de inmediato. Creo que no hubiera podido sobrevivir a esta ciudad si no hubiera sido por la amistad y la sabiduría de Pedro.

El amigo por excelencia.

El accesible a todas horas, el incondicional, el generoso, el comprensivo, el compasivo, el solidario.

Pedro cultivó el don de la amistad. Más que nadie. Y testigos sobran. Amigo de mujeres y hombres por igual, de jóvenes y viejos, de ricos y pobres, de letrados e ignorantes; de perros y gatos, de pájaros y peces. No conocía las diferencias, y durante los escasos 30 años que pude disfrutar de su amistad debe haber compartido nombres y hechos de amigos incontables, docenas, centenares, alrededor del mundo.

Desde su niñez y adolescencia en su Sagua querida, donde desarrolló su inclinación política, luego en la convulsa Habana política de los cuarenta y cincuenta, más tarde en la erudita Nueva York de la librería Las Américas de los sesenta, setenta y ochenta hasta llegar a su retiro en Miami en los noventa, fue recogiendo amigos.

Académicos de Cuba, Nueva York y Madrid, escritores, estudiantes, políticos, senadores, presidentes, compartían la mesa de su casa. Mujeres de todas las edades confiaban sus secretos y escuchaban los sabios consejos de Pedro. Respetado y querido como pocos.

Caminaba millas y atravesaba mares para ir a ayudar a un amigo, a muchos amigos. Lo mismo a llevarle una sopa a un enfermo que a compartir un premio.

Por su incondicionalidad, hizo de la amistad su mayor virtud. Y por eso será extrañado por cientos de personas. Pedro fue un superlativo en lealtad, en cariño.

Descansa Pedro. Ahora te toca recibir la reciprocidad del amor eterno.

Gloria Leal es periodista y escritora.