El genoma silvestre, un tesoro en disputa entre el norte y el sur

Entre los puntos clave del acuerdo global de biodiversidad de la cop15 adoptado en diciembre en Montreal, se encuentra un mecanismo multilateral para garantizar el “justo y equitativo reparto de los beneficios que surgen del uso de recursos genéticos a partir de la información secuenciada digitalmente”. Esto es, los países en desarrollo cobrarán de empresas que recurran, por ejemplo, a datos sobre el genoma de plantas de sus territorios para hacer productos como cosméticos o fármacos.

“Los recursos genéticos están definidos como el material de origen vegetal, animal o microbiano que contiene funcionalidades de herencia, es decir, ADN; y cuya utilización puede permitir un uso nuevo y propiedades nuevas, tanto a nivel científico como comercial”, nos explica la abogada franco-peruana Patricia Cuba-Sichler.

Desde la entrada en vigor en 2014, del protocolo de Nagoya, que firmaron 127 países, su uso ha estado reglamentado. Sin embargo, en los últimos años con el desarrollo científico y tecnológico, se ha conseguido secuenciar el ADN de plantas y animales de todo el planeta y ponerlos en línea.

Con bases de datos accesibles desde un simple ordenador, investigadores o empresas ya no necesitan tener físicamente la planta o el animal que necesitan, sino que les vale con su secuenciación genética para desarrollar moléculas de síntesis que usan luego en la creación de sus productos. Estos bancos se han vuelto muy importantes para sectores como el agroalimentario, farmacológico o el cosmético.


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