Cómo ganó Biden la presidencia

Alexander Burns, Jonathan Martin y Katie Glueck
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Bernie Sanders, senador independiente de Vermont, antes de su discurso en un evento de campaña en apoyo a la nominación presidencial demócrata de Joe Biden y su compañera de fórmula, la senadora demócrata de California, Kamala Harris, en Lebanon, Nueva Hampshire, el 3 de octubre de 2020. (Elizabeth Frantz/The New York Times).
Bernie Sanders, senador independiente de Vermont, antes de su discurso en un evento de campaña en apoyo a la nominación presidencial demócrata de Joe Biden y su compañera de fórmula, la senadora demócrata de California, Kamala Harris, en Lebanon, Nueva Hampshire, el 3 de octubre de 2020. (Elizabeth Frantz/The New York Times).
Trabajadores despejan círculos de distanciamiento físico usados por los presentes en un discurso otorgado por el exvicepresidente Joe Biden, el candidato proyectado del Partido Demócrata a la presidencia, en Wilmington, Delaware, el martes 30 de junio de 2020. (Mark Makela/The New York Times).
Trabajadores despejan círculos de distanciamiento físico usados por los presentes en un discurso otorgado por el exvicepresidente Joe Biden, el candidato proyectado del Partido Demócrata a la presidencia, en Wilmington, Delaware, el martes 30 de junio de 2020. (Mark Makela/The New York Times).

En una tarde de enero de 2019, Joe Biden hizo una llamada al alcalde de Los Ángeles, Eric Garcetti, amigo suyo y aliado político que acababa de anunciar que no se postularía a la contienda por la candidatura demócrata a la presidencia.

Durante su conversación, recordó Garcetti, Biden no dijo con palabras exactas que había decidido montar su propia campaña. El exvicepresidente confesó que, si se postulaba, auguraba que el presidente Donald Trump arremetería “contra mi familia” en una elección “desagradable”.

Sin embargo, Biden también dijo que se sentía motivado por un sentido de deber moral.

“En ese entonces dijo: ‘De verdad me preocupa el alma de este país’”, relató Garcetti.

Veintiún meses y una semana después, Biden ha triunfado con una campaña que llevó a cabo bajo esos términos: como una cruzada patriótica para rescatar al gobierno estadounidense de un presidente que él consideraba una figura venenosa. El lenguaje que usó en la llamada con Garcetti se convirtió en la consigna de una candidatura diseñada para dirigir a una amplia coalición de votantes en contra de Trump y su política reaccionaria.

No fue la campaña más inspiradora de los últimos años, tampoco la más osada, ni la más ágil. Biden hizo campaña como una presencia serena y convencional, en lugar de un heraldo edificante del cambio. Durante gran parte de la elección general, su candidatura no fue un ejercicio de creatividad enérgica, sino más bien un caso de estudio sobre la disciplina y la moderación.

Al final, los votantes hicieron lo que Biden les pidió y nada más: repudiaron a Trump y le ofrecieron pocas recompensas al partido demócrata. Y con un margen de voto popular de 4 millones y contando, los estadounidenses convirtieron a Biden en apenas el tercer hombre, desde la Segunda Guerra Mundial, en derrotar a un presidente debidamente electo tras un solo periodo de gobierno.

En el transcurso de su campaña, Biden enfrentó dudas constantes sobre su agudeza política y la relevancia, en el año 2020, de un conjunto de instintos políticos que combinan los discursos en salones sindicales con las charlas informales en los pasillos del Congreso y que, en su mayoría, se desarrollaron en el siglo anterior.

No obstante, aunque Biden haya cometido varios errores en el camino, ninguno fue más importante en estas elecciones que la exactitud esencial con la que juzgó el carácter de su partido, su país y su oponente. Esta crónica de su candidatura, basada en entrevistas a cuatro docenas de asesores, partidarios, funcionarios electos y amigos, revela cómo la campaña de Biden nació por completo de su cosmovisión y su intuición política.

Durante las elecciones primarias, Biden rechazó la presión de tender más hacia la izquierda, pues confiaba en que su partido aceptaría su pragmatismo como la mejor opción para vencer a Trump. En las elecciones generales, Biden hizo del comportamiento errático de Trump y su mala gestión de la pandemia del coronavirus sus temas centrales, por lo que evitó un sinfín de otros temas por considerarlos distracciones innecesarias.

Pese a que algunos demócratas lo instaron a competir en una variedad más amplia de estados disputados, Biden puso a los estados de los Grandes Lagos al centro de su mapa electoral, confiado de que al apelar al centro político podría reconstruir el llamado “muro azul” y bloquear el camino de Trump hacia un segundo mandato.

Tal vez lo más importante fue que Biden estaba convencido de que ningún otro problema sería más prevalente en las mentes de los electores que la presencia de Trump en el Despacho Oval. Y si podía convertir la elección en una votación positiva o negativa en torno a un presidente fuera de control, estaba seguro de que podía ganar.

En ese aspecto, tuvo razón. Mientras los votantes evaluaban a Biden como un posible candidato a la presidencia, sus defectos y debilidades familiares palidecían ante la conducta de un mandatario en funciones que sembraba división racial, amenazaba con desplegar soldados en ciudades estadounidenses y sugería la idea de inyectarse desinfectante como un tratamiento para el coronavirus.

Anita Dunn, una de los asesores más cercanos de Biden, dijo que la campaña

había sido impulsada desde el principio por el propio candidato, así como su temática y estrategia inquebrantables.

“Fue su campaña”, afirmó Dunn. “Estuvo menos guiada por asesores que cualquier otra campaña presidencial de la historia moderna”.

Sin embargo, al inicio, en una era de polarización ideológica intensa, la teoría política de Biden les pareció errada incluso a algunos de sus aliados más leales.

Bob Casey, senador de Pensilvania, recordó una reunión que tuvo con el exvicepresidente en marzo de 2019, poco antes de que entrara a la contienda. Mientras Biden exponía su estrategia, Casey, que es demócrata, no estaba del todo convencido.

“Estaba explicando lo que se convirtió en su plataforma más general, sobre el alma del país”, comentó Casey. “En aquel entonces, me preocupada que no fuera lo suficientemente contundente”.

Pero dijo que Biden “fue profético cuando dijo, incluso en las primarias cuando casi nadie más lo estaba haciendo, ‘Tenemos que volver a unir al país’”.

Una candidatura en crisis

Si bien muchos votantes consideraban a Trump desagradable, o peor, es difícil derrotar a un presidente en funciones y Trump tenía el beneficio de una nación en paz relativa y prosperidad constante. Los oponentes de Biden en las elecciones primarias, quienes argumentaban que un mensaje de normalidad y experiencia confiable quizá no sería suficiente para ganar, parecían tener algo de razón.

Después, justo cuando Biden estaba consolidando una clara ventaja en la disputa demócrata por la nominación presidencial, se desató la pandemia del coronavirus. En cuestión de días, las campañas públicas se suspendieron y una sensación de miedo y penumbra se cernió sobre el país.

La gobernadora de Míchigan, Gretchen Whitmer, una aliada cercana a Biden, dijo que no fue evidente de inmediato que el gobierno de Trump prácticamente iba a cederle el problema de salud pública a Biden. La Casa Blanca, dijo Whitmer, “de verdad pudo haber estado a la altura de las circunstancias”.

No obstante, mientras Trump desestimaba la amenaza de la pandemia y despotricaba contra gobernadores como Whitmer por cerrar sus estados, Biden se movilizó para posicionarse como un líder alternativo. Empezó a esbozar su propio enfoque para combatir la enfermedad y a mostrarles a los votantes cómo actuaría si estuviera en el lugar de Trump.

Desde los confines de su hogar en la ribera de un lago en Wilmington, Delaware, recibía informes frecuentes sobre la pandemia y el daño económico que estaba causando, redactaba planes de políticas públicas y se comunicaba con dirigentes de estados y ciudades para recabar información.

“Me llamó para preguntar cómo estábamos en Míchigan y qué necesitábamos”, relató Whitmer.

Algo que Biden no estaba haciendo, para consternación de algunos miembros de su partido, era viajar por todo el país a fin de hacer campaña en persona.

El primer viaje importante de Biden fuera de Delaware no fue para hacer una visita tradicional de campaña, sino para enfrentar otra crisis: un ajuste de cuentas nacional sobre la brutalidad policial tras el asesinato de George Floyd. Biden viajó a Houston para visitar a la familia de Floyd, se sentó dos horas a escuchar a la familia desconsolada y les dijo que, aunque jamás había experimentado una pérdida como la suya, sabía cómo era perder a un hijo y comprendía su dolor, según el reverendo Al Sharpton, quien estuvo presente en la conversación.

En el transcurso del verano, Biden se dedicó a elegir a un compañero de fórmula que esperaba pudiera conciliar las presiones contrapuestas sobre su candidatura: para levantar el ánimo de su propio partido sin crear nuevas vulnerabilidades que los republicanos pudieran aprovechar. Se decidió por la senadora de California, Kamala Harris, y completó su fórmula con una elección que fue revolucionaria y, a la vez, cautelosa: una mujer joven de color que en gran medida compartía sus instintos políticos pragmáticos.

El muro azul y la línea azul

El momento más precario de la contienda para Biden quizá fue a finales de agosto, cuando una temporada de manifestaciones por la justicia racial dio paso a brotes de vandalismo e incendios provocados en un puñado de estados con relevancia política. En Wisconsin, luego de que Jacob Blake, un hombre negro, fue baleado por un policía en Kenosha, se desataron disturbios en la ciudad suburbana… y Trump pasó al ataque.

En la convención de nominación republicana, el presidente y sus aliados asediaron a Biden durante una semana con ataques falsos o exagerados que lo vinculaban a delincuentes declarados y a activistas de izquierda que habían adoptado la consigna de “desfinanciar a la policía”. Biden negó las aseveraciones, pero los republicanos persistieron.

La arremetida planteó un desafío peculiar para Biden, pues amenazaba con debilitar su coalición de minorías raciales, liberales jóvenes y blancos moderados. Trump comenzó una campaña alarmista dirigida en parte a las mujeres blancas, en la que afirmaba que iba a “rescatar sus suburbios” de lo que él retrató como muchedumbres saqueadoras que Biden no podía controlar.

Biden viajó a Pittsburgh al lunes siguiente para desviar los ataques de Trump. En un discurso de 24 minutos, reafirmó su apoyo a la reforma policial y denunció con firmeza los disturbios civiles.

“Saquear no es protestar”, afirmó. “Necesitamos justicia en Estados Unidos. Necesitamos seguridad en Estados Unidos”.

La campaña de Biden convirtió un fragmento del discurso en un anuncio televisivo y lo difundió a niveles de saturación publicitaria en todo el mapa electoral, con lo que contrarrestó las afirmaciones de Trump de que un gobierno demócrata desataría una anarquía violenta.

“Joe siempre ha sido alguien capaz de defender dos puntos de vista al mismo tiempo en cuanto al orden público y la justicia racial”, comentó Chris Coons, senador de Delaware.

Cuenta hasta 270

En cuanto se dieron a conocer los resultados preliminares de la elección el martes, un ambiente tenso se apoderó de la campaña de Biden. En los reportes de los primeros estados, Florida y Carolina del Norte, Trump iba varios puntos arriba de lo que habían pronosticado las encuestas demócratas y muy por encima de las predicciones de la mayoría de las encuestas realizadas por los medios.

En público, la campaña de Biden proyectó compostura, a diferencia del comportamiento errático de Trump en Twitter y durante una declaración nocturna desde la sala de eventos de la Casa Blanca conocida como el East Room.

El círculo íntimo de Biden se sentía cada vez más inquieto conforme avanzaba la noche y se hacía más evidente que el presidente llevaba una ventaja más sólida de lo esperado.

En cuestión de horas, la suerte de Biden mejoró a medida que las grandes ciudades del norte reportaron sus votos. Se tendría que esperar al sábado, cuando Pensilvania anunciara el conteo a su favor, para confirmar que Biden había ganado más de los 270 votos necesarios del Colegio Electoral para asegurar la presidencia.

Pese a todo el júbilo demócrata ante la derrota de Trump, es posible que Biden no comparta el sentimiento de alegría pura. Rahm Emanuel, quien fue el jefe de Gabinete del presidente Barack Obama durante la Gran Recesión, dijo que le advirtió a Biden hace poco que la recompensa de la victoria sería efímera.

“Ganar es solo el comienzo”, le dijo Emanuel, aludiendo a lo que le esperaba en el Despacho Oval.

El hombre que pronto sería el nuevo presidente electo le respondió: “Y que lo digas”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company