Gallifantismo de naftalina, por Marta Flich

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Soy la típica persona turras que me gusta conversar, saber qué piensa la gente. Se aprende, se toma el pulso a la calle. “Pedro Sánchez es un hijo de puta”. Me dicen. “Y voto izquierda, ¿eh?“, me aclaran. “Si yo que voto izquierda y no puedo criticar lo que hacen mal, dime tú”. Iba justo a explicarle la diferencia entre criticar e insultar, cuando se lanzó a contarme por qué un chaval joven como él, un trabajador de unos 40 años (muy MUY joven), con 2 hijos y el tercero en camino, un tío normal vaya, acababa de llamar hijo de puta al presidente.

“Pacta con todo quisqui”. Me dice pacta con todo quisqui como algo negativo. Llegar a acuerdos con el arco parlamentario para que salgan iniciativas referidas al escudo social, como algo negativo. Un escudo social del que me reconoció que él mismo se beneficiaba.

¿Por qué es importante esto? Bajo mi punto de vista, ha calado el discurso gallifante. Un discurso en el que se defiende justo lo contrario a lo que significa la política. ¿Desde cuándo dialogar, llegar a acuerdos con partidos legítimamente constituidos y votados en democracia no es política? De hecho política real, diría yo. Preguntado de otra forma: ¿Desde cuándo no ser capaz de escuchar a nadie es hacer política?, ¿desde cuándo entender España con su pluralidad y su heterogeneidad está mal? Desde que ha vuelto el claim “yo soy mejor que tú”. Tan infantil y erróneo como peligroso. Podríamos definir esta forma de hacer política como la política gallifante. Pero, ¿qué es un gallifante?

El gallifante es un animal imaginario mitad gallo, mitad elefante que te daban como punto logrado en un concurso de la tele tras interpretar la lectura que hacían de la realidad niños pequeños. Entender mensajes de infantes. La gallifancia la hemos visto cuando vemos trampear conceptos, desde la reinterpretación de la caducidad del CGPJ pasando por el sainete de querer invalidar la labor legislativa del Congreso de los diputados usando como herramienta anticonstitucional al Tribunal Constitucional o hacerlo directamente en el Senado. Así que nos dejamos llevar por la inmediatez del nuevo código penal llamado Twitter y ¡Hala! ¡A juzgar! A todo esto sin profundizar, sin reflexionar los porqués… que ya voy con prisa para dar mi opinión que por algo soy abogado de Twitter. Un beso a todos los abogados de verdad.

La Constitución no es un semáforo en ámbar. El gallifantismo es escabullirse de la toma de decisiones, de mojarse aportando soluciones a problemas reales porque pensar cansa y porque la perspectiva no da votos en el corto plazo. Es no ser valiente y parapetarse tras sillas que huelen a naftalina. Es en definitiva un peligroso mal camino del que solo salen beneficiados los populismos. Hasta ahora solo era usado por el populismo de la ultraderecha. Hasta ahora. La política gallifante divierte, indigna y despista a partes iguales. Lo tiene todo porque además, la política gallifante no va para ti, ciudadano. Hay algo en juego mucho más importante. En la superficie, son momentos televisivos dedicados a los medios para que se inflame a la sociedad. ¡Y funciona!

Esto que ha pasado es algo más medular. Es algo que vertebra intereses. Son hojas de ruta. No estamos hablando de ‘minucias’ como la desigualdad, le guerra o las pensiones. No hablamos de qué soluciones aportar a través de un proyecto político legítimo. No. Que somos unos ignorantes. Esto va de PODER.

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