Unas gacelas en peligro de extinción regresan a los confines de una zona de guerra

Carlotta Gall
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Unas gacelas de montaña jóvenes y heridas se alimentan en el santuario que creó la Dirección de Parques Nacionales y Conservación de la Naturaleza dentro de la zona protegida de Kirikhan, Turquía, en la frontera con Siria, el 2 de febrero de 2021. (Ivor Prickett/The New York Times)
Unas gacelas de montaña jóvenes y heridas se alimentan en el santuario que creó la Dirección de Parques Nacionales y Conservación de la Naturaleza dentro de la zona protegida de Kirikhan, Turquía, en la frontera con Siria, el 2 de febrero de 2021. (Ivor Prickett/The New York Times)
Yasar Ergun, a la derecha, con cuidadores en la zona protegida de Kirikhan, Turquía, en la frontera con Siria, el 3 de febrero de 2021. (Ivor Prickett/The New York Times)
Yasar Ergun, a la derecha, con cuidadores en la zona protegida de Kirikhan, Turquía, en la frontera con Siria, el 3 de febrero de 2021. (Ivor Prickett/The New York Times)

KIRIKHAN, Turquía — La frontera sur de Turquía con Siria se ha vuelto un lugar de adversidad y miseria, con campamentos de tiendas de campaña para la gente desplazada a causa de una década de guerra en el lado sirio y un muro de concreto que bloquea la entrada a Turquía para todo el mundo, menos para los más determinados.

No obstante, en medio de las salientes rocosas de una pequeña zona en el lado turco, la vida está pululando pues una especie de gacela silvestre en peligro de extinción se está recuperando en número y se multiplica.

La gacela de montaña, un antílope diminuto con la cara rayada y cuernos en espiral, alguna vez deambuló a sus anchas por el Medio Oriente y, como lo revelan los mosaicos romanos, también por todo el sur de Turquía. Sin embargo, a finales del siglo pasado, fue cazada casi hasta la extinción, y tan solo quedó una población menguante de 2500 en Israel, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

En Turquía, la gacela quedó en el olvido y se pensaba que ya no existía. Las únicas que se habían registrado de manera oficial pertenecían a una subespecie, conocida como gacela persa, en la provincia de Sanliurfa al sureste del país.

En su mayor parte, el redescubrimiento y la supervivencia de la gacela de montaña en Turquía se han dado gracias a un solo hombre y su amor por la naturaleza.

A mediados de la década de 1990, Yasar Ergun, un maestro rural que se volvió veterinario y profesor de la Universidad Hatay Mustafa Kemal en la ciudad de Antioquía, escuchó de boca de un viejo cazador que había gacelas silvestres en las montañas a lo largo de la frontera con Siria.

Ergun, un senderista entusiasta, se puso como objetivo encontrarlas. A tan solo unos 40 kilómetros de Antioquía —la antigua ciudad de Antioquía del Orontes—, los pobladores kurdos sabían de ellas y los pastores las veían de vez en cuando. Las gacelas viven en las colinas rocosas, donde sus marcas y colores las vuelven casi invisibles. No obstante, bajan en grupos a pastar y buscar agua en las tierras agrícolas.

El profesor divisó la primera en 1998 y, después de una década de haberlas observado, calculó que había unas 100 viviendo en la zona.

Con una pequeña beca para un proyecto de docencia, compró una cámara y teleobjetivos, gracias a los cuales tuvo un encuentro cercano y un descubrimiento revelador.

“Era la temporada de apareamiento”, recordó. “Corrí a la carretera y el macho corrió detrás de mí para defender a sus hembras. Fue muy poco común”.

Cuando examinó las fotografías, se percató de que las gacelas eran distintas de las que vivían al sureste de Turquía.

“Esta era de color café claro, con algunas partes blancas, y los cuernos eran completamente distintos”, comentó Ergun.

Estaba seguro de que se había encontrado con la gacela de montaña, pero el hallazago se topó con poco interés en los círculos académicos, señaló.

“Hice circular las fotografías… los profesores se rieron”, mencionó.

Ergun consiguió la ayuda de Tolga Kankilic , un biólogo que reunió muestras de excremento, pelaje y piel de los restos de gacelas muertas para realizarles pruebas genéticas, y encontró que el ADN coincidía con el de las gacelas de montaña.

El descubrimiento le presentó una tarea mucho más importante a Ergun: ayudar a la supervivencia de las gacelas. Había varias amenazas —en especial, la falta de agua y hábitat—, pero por mucho el peligro más grande era la caza ilegal. En Turquía, se permite cazar solo con licencia y en áreas designadas, pero abunda la cacería ilegal.

Las gacelas habían desaparecido por completo de otras regiones, entre ellas Adana, al extremo occidental, donde los soldados estadounidenses apostados en la Base Aérea de Incirlik solían cazarlas hace 20 años, comentó Ergun.

“El fin de un origen genético es lo mismo que el colapso de la Tierra”, opinó Ergun. “La naturaleza necesita biodiversidad”.

Ergun obtuvo un subsidio de World Wildlife Fund en Turquía para un proyecto comunitario con pobladores locales y les compró equipo de montañismo y radiotransmisores para aficionados a varios pastores, quienes comenzaron a monitorear las gacelas. Cavaron abrevaderos en las rocas para acumular agua para las gacelas, aunque los animales tardaron meses en confiar en la fuente de agua.

Con su conocimiento de la vida rural, Ergun empezó poco a poco: primero obtuvo el apoyo de los pastores locales, luego educó a los niños para proteger a las gacelas e incluso promovió una leyenda local kurda sobre un santo que vivía con las gacelas y las ordeñaba.

Con los cazadores, Ergun y sus ayudantes adoptaron una estrategia de cortesía y respeto tradicionales: tomaban té con ellos, pero nunca mencionaban la caza.

“Nunca intentamos usar la fuerza para detenerlos”, comentó. “Les decíamos: ‘Hola, somos de The Nature Project’. A veces el silencio es más poderoso que las palabras”.

La gente local era kurda, un pueblo montañés con su propia lengua y cultura… y con una historia de resistencia en contra del Estado turco.

“Si te ganas un enemigo, tan solo uno, en diez años tendrás diez enemigos y en 100 años tendrás 1000”, comentó Ergun.

No obstante, cuando los pastores comenzaron a monitorear las gacelas, los cazadores entendieron el mensaje.

Ergun también necesitó la cooperación del ejército turco, el cual tiene una base en la zona. Las gacelas ocupan una franja angosta del territorio ubicado a lo largo de la frontera, de unos pocos kilómetros de ancho y menos de 32 kilómetros de largo, que en su mayor parte es una zona militar restringida.

Sin embargo, las restricciones militares y el estallido de la guerra del otro lado de la frontera en Siria hace diez años, ayudaron a las gacelas de maneras inesperadas. Turquía construyó un muro de cemento a lo largo de la frontera y desmanteló una antigua cerca de defensa, lo cual abrió más territorio para las gacelas y las protegió de dirigirse hacia Siria, donde la caza sigue siendo una amenaza.

El proyecto creció y consiguió apoyo gubernamental para un centro de crianza y santuario para las gacelas huérfanas y heridas. Las gacelas empezaron a prosperar: la población aumentó de unas 235 en 2012 a más de 1100 el año pasado, de acuerdo con un conteo oficial de las agencias del gobierno turco.

En 2019, el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, declaró un área protegida de 130 kilómetros cuadrados para las gacelas y se cancelaron los planes para la construcción de una fábrica de cemento y canteras en la zona.

No todos los pobladores están convencidos de la importancia de proteger las gacelas.

“De hecho, es una carga”, opinó Nuray Yildirim, una habitante del pueblo de Incirli, mientras horneaba pan sin levadura en un horno al aire libre. “Hay demasiadas y se comen los garbanzos y el trigo”.

Sin embargo, otros describieron las gacelas como una bendición, incluso como algo sagrado.

“Han vivido aquí desde la época de nuestros ancestros”, comentó Mehmet Hanafi Cayir , un agricultor. “La riqueza que traen llegará a nuestra puerta”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company