El futuro en prisión de Harvey Weinstein solo es el punto de partida

Manohla Dargis
Harvey Weinstein llega a la Corte Suprema Estatal de Manhattan la mañana del lunes 24 de febrero de 2020. (Sarah Blesener/The New York Times)

El veredicto de Harvey Weinstein provoca al mismo tiempo una profunda decepción y una sombría satisfacción.

Hasta el momento en que se escuchó el veredicto, el único atisbo de satisfacción era saber que el legado que construyó se había hecho polvo. Sin embargo, ahora que ya fue declarado culpable de dos de los cinco cargos, violación y ataque sexual, sabemos que la primera línea de su obituario no hablará sobre sus óscares o “supuestas” acciones, sino sobre las condenas que se le impusieron por sus delitos. Además, su nombre siempre estará relacionado con los peores excesos del mundo del entretenimiento, una industria en la que los más poderosos e influyentes por lo regular han actuado como si se encontraran por encima de la ley. Harvey Weinstein irá a prisión, es un hecho y no se puede tomar a la ligera (enfrenta otros cargos similares en Los Ángeles).

Hasta ahí la historia de Weinstein. Por desgracia, no hay ningún lado positivo en este caso. Varias mujeres fueron lastimadas y quedaron traumatizadas; sus vidas y sus carreras sufrieron daños irreparables. El veredicto no cambia esa realidad en lo más mínimo. Es cierto que después de darse a conocer sus abusos en las noticias, en octubre de 2017, el activismo experimentó un repunte, pero de cualquier forma las mujeres ya estaban enfadadas y comenzaban a organizarse. La activista afroestadounidense Tarana Burke lanzó el movimiento #MeToo en 2006 y la primera Marcha de las Mujeres se realizó en enero de 2017, un día después de que Donald Trump se convirtió en presidente. A fin de cuentas, Harvey Weinstein solo es una parte del contexto mucho más amplio del activismo femenino contemporáneo, que también se vive en la industria del entretenimiento, donde las mujeres han combatido el sexismo desde hace décadas.

Ese sexismo no solo es sistémico, sino sintomático del largo historial de la industria, cuyos miembros se comportan como si estuvieran por encima de la ley. Esto ha provocado una gran variedad de formas de explotación, como el racismo y las muertes sobre el escenario, que por lo regular se han racionalizado como el precio que deben pagar quienes no tienen poder, pero quieren hacer negocios en una industria supuestamente glamorosa. Es difícil pensar en otra profesión, fuera de la de las trabajadoras sexuales, que se haya dedicado con tal descaro a la explotación sexual y cuyas prácticas abusivas, emblematizadas en el “casting de sofá”, hayan sido trivializadas, en algunos casos con todo y risitas y miradas lascivas. Es bien sabido que la industria explota descaradamente tanto a hombres como a mujeres; lo que debemos preguntar en realidad es por qué lo hemos tolerado.

Durante las décadas que duró la carrera de Weinstein, por ejemplo, llegué a escuchar algunos comentarios sobre su comportamiento atrozmente indignante, incluso amenazante: que había intimidado a un director, que les había gritado a algunos empleados y que había intentado hacer que despidieran a unos periodistas (entre ellos a mí, en la época en que trabajé como crítica de cine para el periódico Los Angeles Times). Desde que comenzó a hablarse de sus supuestas agresiones sexuales en 2017, con frecuencia me he preguntado por qué nunca se me ocurrió que sus actos de explotación podían incluir ataques sexuales. Uno de los motivos quizás haya sido que su apariencia física me parecía demasiado repulsiva para siquiera considerar que las relaciones sexuales o, más bien, el abuso de poder sexualizado, fuera parte de su “modus operandi”. Me resultó más fácil ni siquiera pensarlo.

De cualquier forma, debería haber considerado la posibilidad de que sus abusos también fueran sexuales. Una razón por la que no lo hice es la estrategia general de desdeñar cualquier rumor de violencia sexualizada cometida por hombres poderosos y asumir que se trata de chismes sin fundamento. El mundo de los chismes es la esfera en la que circula lo privado, anormal y prohibido, sea cierto o no. Para emplear una metáfora del sociólogo Erving Goffman, el chisme ocurre tras bambalinas, fuera de la mirada del público. En contraste, el proscenio es donde montamos el espectáculo que deseamos mostrarle al mundo; en el caso de Weinstein, representaba el papel de un magnate cinematográfico de la vieja escuela motivado por la “pasión, no las ganancias”, como alguna vez le dijo a Variety un ejecutivo cuyo nombre no mencionaré, de seguro con una expresión muy seria.

Durante gran parte de la llamada era clásica, la industria cinematográfica adoptó un puritanismo cultural en pantalla y una brillante fachada de felicidad en la vida pública de sus empleados estrella, quienes debían tener una imagen lo más parecida posible a las personas blancas de clase media comunes y corrientes, amantes de su hogar, que constituían su audiencia objetivo, solo que con ropa más fina, automóviles más deslumbrantes y mejores dientes. La industria presentaba una visión de sí misma en el escenario y mantenía un estricto control tras bambalinas, donde hombres y mujeres vivían su vida, bebían hasta perder la conciencia, abusaban de las drogas, engañaban a sus cónyuges, practicaban abortos ilegales, intentaban suicidarse y se veían obligados a ocultar sus deseos e identidad, además de lidiar con depredadores.

Evitar el abuso era difícil para las mujeres del antiguo Hollywood, no solo porque en general se les negaban las posiciones de poder en la industria, sino porque su valor frente a la cámara en ocasiones dependía de su atractivo. En lo que respecta a las actrices, comentó el director Elia Kazan, los dueños de los estudios aplicaban una “regla sencilla” que consistía en preguntarse: “¿Quisiera tener relaciones sexuales con ella?”.

Al igual que en el mundo exterior, dentro de la industria cinematográfica las mujeres trabajaban a pesar de las dificultades, y algunas incluso prosperaban. Seguían ahí porque necesitaban el trabajo, porque les gustaba el trabajo. Después de todo, es posible ser una víctima y de cualquier forma florecer. Sin embargo, como no tenían poder ni contaban con protecciones legales, se veían obligadas a rendirse, dejar pasar, evadir o contratacar.

Poco tiempo después de la muerte reciente de una estrella de cine, mi colega, la crítica Jessica Kiang, tuiteó: “Vamos a tener que encontrar una mejora manera de conmemorar a los grandes hombres con irrefutables legados profesionales impresionantes de quienes también sabemos que cometieron actos atroces, o tenemos bases creíbles para suponerlo”. Supe de inmediato que hacía referencia a la historia de una estrella adolescente que ya murió, pero que supuestamente, a mediados de los años cincuenta, fue violada por cierta estrella varonil. No voy a mencionar el nombre de ninguno de ellos porque no he encontrado ningún relato convincente sobre el episodio.

Al igual que Kiang, no sé todavía qué deberíamos hacer con respecto a los chismes. Lo que sí sé es que necesitamos decidir qué hacer con los rincones sombríos. “Debido a los mecanismos silenciadores característicos del sexismo del siglo XX”, escribió Kiang en tuits subsecuentes, “la fábrica de rumores es el único espacio en el que ha quedado constancia de muchas historias reales de violación/abuso y, si las ignoramos por completo solo porque es imposible verificarlas, perpetuaremos un sistema descompuesto”.

Es indispensable acabar con esa cultura. Debo aclarar que eso no significa que debamos correr el riesgo de destruir más vidas por simples rumores. El punto es que, si algunas historias siguen circulando, deberíamos ponerles atención. Tal vez esos rumores ameriten un escrutinio más a conciencia, o por lo menos que mantengamos una actitud crítica hacia el poder, en vez de hacer bromas vulgares y desconfiar de ellos. Los poderosos e influyentes que se comportan como si estuvieran por encima de la ley dependen de esa desconfianza, de nuestros guiños y gestos de desdén llenos de prejuicios, para mantener el statu quo.

This article originally appeared in The New York Times.

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