Las fuerzas de paz de la ONU deben regresar a Haití y esta vez hacerlo bien | Editorial

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Es hora de que las fuerzas de paz de la ONU vuelvan a Haití. La situación es así de grave. Y dicha intervención debe ser el centro de atención, cuando la administración de Biden convoca una reunión virtual de socios internacionales para “abordar los desafíos de seguridad, políticos y económicos” en la isla.

Pero no se pueden abordar los retos políticos y económicos –y mucho menos la posibilidad de celebrar elecciones– hasta que no se afronte la falta de seguridad cotidiana. Todas las buenas intenciones se quedan en el aire hasta que no se acabe con las pandillas violentas, se reduzcan los secuestros y las calles sean más seguras.

Cuando la pandilla haitiana llamada 400 Mawozo secuestró a 17 misioneros cristianos en octubre, Estados Unidos advirtió a los estadounidenses que se encontraban en la isla que se marcharan, ya.

Mientras tanto, el gobierno de Biden enviaba a su violento país de origen a aviones cargados de emigrantes haitianos que se encontraban en Estados Unidos. ¿El mensaje? Haití es demasiado peligroso para los estadounidenses, pero es lo suficientemente bueno para los haitianos.

Según la información de la Organización Internacional para las Migraciones de la ONU y de Witness at the Border, que supervisan los vuelos, Estados Unidos ha expulsado a más de 10,000 haitianos en 99 vuelos distintos desde el 19 de septiembre, y a unos 13,000 en total en 135 vuelos desde el comienzo del gobierno de Biden.

Es una política inequívocamente cruel e inhumana, y las expulsiones deben cesar.

Otro desastre

El secuestro de los misioneros –16 estadounidenses y un canadiense– centró la atención de la administración de Biden en Haití de una forma pública que suele reservarse a los huracanes y terremotos que azotan la asediada isla.

Pero estos secuestros, nacidos de la incesante violencia de las pandillas, no fueron un desastre menor. Y aunque los 17 rehenes han sido liberados –cinco inicialmente y los 12 restantes el pasado jueves– y están a salvo, la comunidad internacional, liderada por Estados Unidos, no debe considerarlo como el fin de la crisis. De hecho, el lunes salió a relucir que los 12 misionarios escaparon tras planificar su fuga y asumir grandes riesgos.

Este año han sido secuestrados 800 haitianos, una señal de que la crisis continúa. Después de todo, es una táctica de extorsión exitosa para las pandillas violentas, que operan con impunidad. Piden un rescate, y el rescate se paga. (La pandilla 400 Mawozo exigía $17 millones para liberar a los misioneros. No se sabe públicamente cuánto rescate –si acaso– se pagó para asegurar su libertad.)

No cuando la policía haitiana está superada, desmoralizada y mal pagada, y se vuelve corrupta aunque solo sea para poder alimentar a sus familias.

No cuando el país sigue sumido en el caos político tras el asesinato del presidente Jovenel Moïse en julio.

No cuando Haití sigue siendo un importante narcoestado de la región, un importante punto de transbordo de cocaína y heroína con destino a Estados Unidos. Las fuerzas del orden, tal y como son, ayudan e instigan a los traficantes.

El papel de la ONU

Cuando las fuerzas de paz de la ONU entraron en Haití en 2004, el país estaba sumido en el caos político, los violentos narcotraficantes y una fuerza policial corrupta y desbordada. Cuando las fuerzas de paz se retiraron unos 15 años más tarde, no habían cambiado mucho; además, las fuerzas de paz dejaron una epidemia mortal de cólera y a mujeres enfrentándose a la maternidad en solitario.

¿Por qué, entonces, pedimos que el Consejo de Seguridad de la ONU devuelva las fuerzas de paz a la isla? Si no es la ONU, ¿entonces quién? No una fuerza policial haitiana superada. No el gobierno de Biden solo. No hay apoyo en ninguno de los dos países para eso. Además, Estados Unidos siempre ha apoyado al bando equivocado, al corrupto y al antidemocrático para que lidere en Haití, buscando siempre un “sí”, y luego siempre estimulando la huida de los emigrantes desesperados, a los que, por supuesto, expulsamos.

Creemos que Naciones Unidas tiene la capacidad de evaluar honestamente lo que salió mal entre 2004 y 2019, recalibrar, escuchar verdaderamente a los haitianos en cuanto a lo que está sucediendo en el terreno. Garantizar que los haitianos de la sociedad civil sean socios, en lugar de imponerles una autoridad desinformada. Llevar alguna medida de paz y seguridad a la vida cotidiana de los haitianos.

No solo estamos viendo cómo se deteriora Haití; estamos siendo testigos de su implosión. Si la comunidad mundial se queda sin hacer nada, estará enviando otro mensaje inequívocamente cruel e inhumano.

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