El Frente de Todos celebra su triunfo

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Alberto Fernández mostró su particular interpretación del llamado de las urnas
Santiago Filipuzzi

El oficialismo perdió ayer en el plano nacional, tanto en las elecciones de diputados como en las bancas senatoriales en juego, y perdió en la provincia de Buenos Aires y por paliza en Córdoba. En suma, sufrió una derrota sin apelaciones. Sin embargo, no se dan por enterados ni el Presidente ni el heterogéneo núcleo gubernamental. Tesitura que los presenta exhibiendo una armonía de la que ciertamente carecen.

La retórica de Alberto Fernández a la noche quizás es la más expresiva: los K y sus compañeros, que se temían una derrota arrasadora, han vuelto a respirar. El Presidente recurre a los lugares comunes de siempre, para invocar la necesidad de consensos y, al mismo tiempo, maldecir y culpar a Juntos por el Cambio y su gobierno 2015-2019. Así la elección de ayer es un trámite que refleja la satisfacción pública con su gobierno.

Un período político de 18 años ha terminado

Es inverosímil, esta vez, una carta abierta de Cristina Kirchner como la que hizo resonar desde su olimpo tras los resultados de septiembre. Lo que posibilita esta reacción autocomplaciente, sumamente artificial, es que la elección tuvo por telón de fondo la sorpresa de la derrota contundente en las PASO. El efecto PASO difuminó el impacto de la derrota no menos contundente de ayer. Más aún, quienes esperaban o temían un triunfo arrasador de Juntos, pueden considerar que, al fin y al cabo, al oficialismo no le fue tan mal, y su repunte en el Gran Buenos Aires le permite levantar la frente.

En una perspectiva menos cortoplacista, parece claro que el cuadro que dejan estas intermedias muestra posiciones relativamente consolidadas, con una distribución geográfica sin mayores sorpresas. Y la gran novedad: el peronismo no tendrá quórum propio para sesionar en el Senado. Un cambio de importancia crucial, aunque sus efectos habrá que verlos. El oficialismo no controla el Poder Legislativo, aunque básicamente mantiene la iniciativa legislativa. Es imposible saber si se comportará como un bloque sólido, y si y en qué casos Juntos preferirá y podrá cooperar con propuestas gubernamentales.

Desde luego, esta “desdramatización” de las elecciones de término medio ha tenido lugar en un tembladeral político, social y económico dentro del cual el 15-N puede convertirse muy rápido en un brevísimo paréntesis. Pero hoy por hoy, hay preguntas inevitables (aunque no sepamos responderlas):

¿La derrota digna de Todos sacará al oficialismo de su ensimismamiento psicótico por el cual ha perdido toda capacidad de gobierno? Dudoso.

¿Podrá coordinar sus componentes para poder invitar a la oposición a una cooperación razonable? Dudoso.

¿Sus sectores más distantes de los dos núcleos oficialistas, encontrarán de cara a 2023 más incentivos para permanecer o para redefinir su campo? El impulso a la disgregación probablemente ha disminuido.

En cuanto a Juntos, ¿cuál será el efecto de una victoria moderada pero que consolida su recuperación desde 2019? Por de pronto, el de no incurrir en el triunfalismo, peligro letal. ¿Qué impacto tendrá en la conjugación, de por sí compleja, de sus componentes? Las urnas no han dejado ganadores claros en la interna de Cambiemos.

Salta a la vista que en el camino hacia las lejanísimas elecciones presidenciales no está dicha la última palabra. Ese camino no es muy diferente a un campo minado.

Cuando se habla de un “plan”, por lo general se omite que cualquier plan en la Argentina contemporánea supone una severísima, ineludible, asignación de costos sociales y políticos; que un “plan” es a la vez indispensable y políticamente imposible con este Gobierno (no tenemos otro); que una crisis dentro de la crisis podría estar a la vuelta de la esquina (en ese caso los cambios institucionales podrían ser de otra envergadura).

Quizás el 15-N, en su artificialidad, haya incrementado los incentivos a la cooperación, pero apenas un poco, muy poco.

El autor es politólogo y ensayista

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