Fort Myers Beach, una ciudad destruida por el huracán Ian

Ricardo ARDUENGO AFP

Pete Belinda y su esposa caminan lentamente al borde de una carretera de las afueras de Fort Myers Beach, en el suroeste de Florida. Están cansados y arrastran cada uno una maleta grande. "Esto es todo lo que nos queda", dice él, conmovido. La devastación allí es total.

Su pueblo, un lugar tranquilo a orillas del golfo de México, se convirtió el 28 de septiembre en el epicentro de la destrucción causada por el huracán Ian.

La pareja vivía en la planta baja de la casa de su hija, donde se habían mudado hace seis meses, pero el temporal los dejó sin hogar.

"Está todo patas arriba, húmedo, lleno de barro", cuenta Pete Belinda, de 52 años. "No sabemos muy bien qué hacer ahora. Estamos llamando a unos amigos y familiares para ver dónde podemos vivir por un tiempo".

Fort Myers Beach es tras el paso de Ian una localidad casi desierta, recorrida únicamente por los vehículos de los servicios de emergencias y unas pocas personas que regresan a casa para comprobar todo lo que perdieron. La parte del pueblo más impactada por Ian, la que está a orillas del mar, en Estero Island, es un campo en ruinas.

La policía impide el acceso a quien no sea habitante de ese barrio, pero un vuelo en helicóptero permite constatar la magnitud de los daños. Los vientos del huracán de categoría 4 destruyeron las numerosas casas de madera de la zona y en algunos lugares ni siquiera se ven escombros, solamente solares vacíos donde antes había una vivienda.

Rich Gibboni es uno de los habitantes que perdió su vivienda. "La segunda planta se derrumbó por culpa del viento, y la primera se inundó hasta el techo", explica, resignado.

Este hombre de 50 años ha acudido a otro barrio de Fort Myers Beach, situado en la pequeña isla de San Carlos, para buscar provisiones. Y ahora regresa a Estero Island, donde encontró refugio en un hotel con una veintena de personas.

"Nunca habíamos vivido algo así"

Cerca de ahí, Chris Bills, una mujer de 72 años, se hunde el sombrero en la cabeza mientras espera con su marido a que un autobús venga a recogerla. Esta tarde una patrulla de los servicios de emergencia les dio dos horas para recoger sus pertenencias y abandonar el apartamento que habían alquilado por unos días cerca del mar.

La pareja viajó desde Inglaterra hasta aquí para disfrutar del buen tiempo y no hizo caso de las previsiones sobre el huracán.

"No pensé que sería tan fuerte", reconoce. "Estaba muy asustada. Nunca habíamos vivido algo así".

En el barrio que dejan atrás, la fuerza del huracán dejó decenas de barcos varados en las calles –algunos de ellos amarrados todavía a un pedazo de atracadero– y arrastró coches hasta el agua de una bahía cercana donde flotan ahora.

Gibboni no pierde la esperanza pese a los daños causados por Ian. "El ánimo está alto. Tenemos que sobrevivir y esta es la única manera de hacerlo", dice. "Hay que volver a empezar. Nos va a llevar mucho tiempo, así que tenemos que recuperar las fuerzas".