Florida está marchita: las cuevas no pueden pagar el alquiler y se van del barrio

Sofía Terrile
·6  min de lectura
Dólares, recorrida por la ciudad, city porteña y venta de "arbolitos"
Ignacio Sanchez

Primero pintó el techo. Después instaló un durlock. A esa altura ya llevaba gastados $80.000. Estaban por llegar las bachas y los instrumentos de manicuría y pedicuría, que tendrían una función doble: primero, generar ingresos para la sociedad familiar; luego, actuar como “cortina” de lo que pasa en la parte de atrás del local, habitados por contadores de billetes y cajones que se cierran con llave.

Hoy, Pedro M., a cargo de un espacio en una galería de la calle Florida en el que funciona una de las tantas cuevas que venden dólar blue en el microcentro, acumula una deuda de alquiler de $600.000. Dice que solo hace “chiquitaje” y que el negocio “ya fue”.

También se fue la necesidad de esconderse: hay poco movimiento por la zona y las personas que entran lo hacen acompañadas de sus “promotores”, los arbolitos, el último eslabón de la cadena en el mercado paralelo. Le compran de a US$100, le venden de a US$50 como para hacerse de unos pesos a fin de mes. Los “grandes tickets” no existen más o se quedaron concentrados en unas pocas manos que los manejan por delivery, coinciden los operadores del blue.

Dólar blue hoy: a cuánto cotiza el miércoles 10 de marzo

La escena se repite en varios locales de esa galería, que son y no son. Nadie va a decir abiertamente que allí funciona una cueva, pero las pistas están: un calco que remite a viajes, una cabina con vidrio al viejo estilo de las casas de cambio, hombres y mujeres jóvenes que entran y salen desde y hacia la calle.

El escenario, siempre oscuro por la multiplicidad de pisos que tiene la galería y lo alejados que están de la luz solar, derivó en desolador. Pedro M. asegura que cerraron al menos 20 locales, y varios de ellos se dedicaban al mercado del dólar blue.

La pandemia fue un combo fatal para el mercado blue
Shutterstock


La pandemia fue un combo fatal para el mercado blue (Shutterstock/)

A tres locales del proyecto estético y cambiario que quedó trunco, una vendedora de productos venezolanos cuenta que varios de sus vecinos emprendieron la retirada de microcentro y que se mudaron a locales en barrios como Palermo o Belgrano.

La zona norte del Gran Buenos Aires también es uno de los nuevos destinos de las cuevas. “A veces se sorprenden porque en un local de ropa lejos de una avenida principal hay fila y lo que no saben es que ahí funciona una cueva”, se ríe la vendedora.

La pandemia fue un combo fatal para el mercado blue, que necesita de la presencialidad, ya que no hay factura ni rastro de sus operaciones, que son ilegales.

Buenos Aires se quedó sin turistas brasileños, uruguayos y chilenos, los más “avivados”, que recurren al dólar blue para el trueque porque saben que en el banco o en las casas de cambio recibirán hasta un 50% menos si transforman sus divisas en pesos allí.

Microcentro se quedó sin oficinistas
Shutterstock


Microcentro se quedó sin oficinistas (Shutterstock/)

Los cueveros, además, ya no pueden vivir “con lo nuestro”, como sugería Aldo Ferrer. El microcentro se quedó sin oficinistas y casi no hay gente en la calle.

Los datos de la Asociación Amigos de la Calle Florida muestran que esta es la peor crisis de la historia en la peatonal. De un total de 608 locales a la calle, hay casi 100 cerrados. Entre ellos, algunos de grandes superficies, como el que pertenecía a Falabella. En las galerías, de un total de 900, 450 cerraron.

Los canillitas dicen que ya no reconocen a los arbolitos que andan por la zona, porque muchos de los que estaban antes de la cuarentena tuvieron que buscar otros trabajos cuando el confinamiento los forzó a salir de las calles. La nueva camada de promotores del blue viene de La Boca, en busca de algo más de movimiento que en ese barrio, donde el negocio estaba atado al turismo.

Los canillitas dicen que ya no reconocen a los arbolitos que andan por la zona
Shutterstock


Los canillitas dicen que ya no reconocen a los arbolitos que andan por la zona (Shutterstock/)

Hoy, uno de los arbolitos con más años en la calle Florida, con actividad en el mercado paralelo ininterrumpida desde la década del 80, trabaja como chofer para una de las plataformas de movilidad y juega al póker con ganas y con cierto éxito. En la cuarentena hizo algunas operaciones con su cartera de clientes por delivery (aprovechando, de paso, su nueva condición de trabajador esencial al volante), pero ahora dice que ya no le interesa. Que no sabe cómo hacer la diferencia, que la brecha entre comprador ($140) y vendedor ($144) es muy baja y que “ya no hay un mango”.

El derrotero del dólar blue tampoco ayuda. En momentos de variaciones frenéticas hay más compradores, mejores chances de ganar por diferencias en cuestión de minutos y, lógicamente, también más riesgo de perder por no actualizar la cotización demasiado rápido. Así eran sus días en octubre de 2020, por ejemplo, momento en el que el tipo de cambio paralelo llegó a un récord de $195.

Mientras tanto, en los grupos de WhatsApp de quienes se dedican a la venta de blue circulan mensajes con una nueva cotización
Shutterstock


Mientras tanto, en los grupos de WhatsApp de quienes se dedican a la venta de blue circulan mensajes con una nueva cotización (Shutterstock/)

Ahora la historia es distinta. Desde mediados de febrero, el paralelo se ubica por debajo de los $150, su cotización aparenta ser predecible y por ahora no hay comportamientos erráticos que generen la expectativa de que va a estar más caro cada minuto que pasa.

Mientras tanto, en los grupos de WhatsApp de quienes se dedican a la venta de blue circulan mensajes con una nueva cotización. A la del blue y el real se suma la del USDT, una stablecoin. Son criptoactivos asociados a la cotización de una moneda, como el dólar. La más popular en el país es la DAI, seguida de las USDC y USDT. Todas son maneras indirectas de dolarizarse.

En la Argentina, hay una decena de plataformas de intercambio (exchange) que ofrecen alguna stablecoin atada al dólar en el país. Son lugares donde estos activos se consiguen de manera legal y están sometidos a controles de la AFIP y la Unidad de Información Financiera (UIF).

Las cuevas existen por fuera de estos controles y, en los tiempos de la digitalización, aprovechan una nueva unidad de negocio: venden criptomonedas de manera informal para quienes no quieren dejar rastro sobre su patrimonio.

La reinvención de los arbolitos y las cuevas es, como en todos los sectores, lejos de la presencialidad, cerca del trabajo a demanda y con la comodidad del delivery. Esperan ansiosos los meses que vienen: así como el Gobierno tiene la expectativa de que los pesos extra que ingresen a los bolsillos de trabajadores y jubilados por los cambios en Ganancias se vuelquen al consumo y así se recaude más por el IVA, los “cueveros” saben que parte de esos pesos se pueden canalizar por lugares que no tributan ni emiten facturas. Sería el florecimiento de un negocio marchito pese a lo que indica el nombre de la calle en la que desde hace décadas se hacen grandes negocios ocultos a la vista de todos.