La flecha que Estados Unidos tiene clavada en el corazón

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Crystal Torres y su hija Alyssa, de 7 años, participan en una vigilia con veladoras en Brackettville, Texas, el 25 de mayo de 2022, un día después de que un hombre armado matara a 19 estudiantes y dos maestras en una escuela primaria del barrio vecino de Uvalde, Texas. (Callaghan O'Hare/The New York Times)
Crystal Torres y su hija Alyssa, de 7 años, participan en una vigilia con veladoras en Brackettville, Texas, el 25 de mayo de 2022, un día después de que un hombre armado matara a 19 estudiantes y dos maestras en una escuela primaria del barrio vecino de Uvalde, Texas. (Callaghan O'Hare/The New York Times)

Dos días después de la masacre de niños en Uvalde, Texas, y doce días después del asesinato en masa con motivaciones racistas en Buffalo, Nueva York, Chenxing Han, quien es maestra y encargada de la vida pastoral de la escuela, relató una parábola budista.

Un hombre es alcanzado por una flecha envenenada, Han relató mientras llevaba a un grupo de alumnos del último año de preparatoria a visitar un templo tailandés en Massachusetts.

Con la flecha clavada en su carne, el hombre exige respuestas. ¿Qué tipo de flecha es? ¿Quién la disparó? ¿Qué tipo de veneno tiene? ¿Qué plumas tiene la flecha, de pavorreal o de halcón?

El problema es que todas estas preguntas distraen del verdadero contratiempo, le dice el Buda a su discípulo. Lo que verdaderamente importa es sacarle la flecha ponzoñosa y curar la herida.

“Necesitamos que nos conmueva el dolor de tanto sufrimiento. Pero es importante que no dejemos que nos paralice”, explicó Han. “Nos hace apreciar la vida porque comprendemos que es muy valiosa y muy breve, pues puede esfumarse en un solo instante”.

Estos días han revelado la presencia de una flecha clavada en lo profundo del corazón de Estados Unidos. Quedó expuesta en la matanza de diecinueve niños de primaria y dos maestras en Uvalde y en el asesinato de diez personas en un supermercado de Buffalo cometido por un hombre con una ideología supremacista blanca muy arraigada. Estados Unidos es un país que ha aprendido a vivir con un tiroteo masivo tras otro.

Además, hay otras flechas que se han incorporado a la vida diaria. Más de un millón de personas han muerto de COVID-19, un número impensable en otra época. El virus ya ocupa el tercer lugar entre las principales causas de muerte, con todo y que ya se tienen disponibles vacunas en una de las naciones más avanzadas del mundo en medicina. Un aumento en las muertes por estupefacientes, combinado con las debidas a la COVID-19, ha producido una caída en la esperanza de vida en Estados Unidos a niveles no vistos desde la Segunda Guerra Mundial. Los asesinatos de hombres negros desarmados a manos de la policía continúan después de mucho tiempo de que se hicieron promesas de reformar la legislación.

Unos deudos se toman de las manos durante el funeral de Katherine Massey, una de las víctimas del tiroteo masivo en Buffalo, en la iglesia bautista Pilgrim Missionary en Buffalo, Nueva York, el 23 de mayo de 2022. (Hiroko Masuike/The New York Times)
Unos deudos se toman de las manos durante el funeral de Katherine Massey, una de las víctimas del tiroteo masivo en Buffalo, en la iglesia bautista Pilgrim Missionary en Buffalo, Nueva York, el 23 de mayo de 2022. (Hiroko Masuike/The New York Times)

La montaña de calamidades y la parálisis en cuanto a opciones para superarla indican que vivimos en una nación que batalla con algunas preguntas fundamentales: ¿ha aumentado nuestra tolerancia como país hacia tales horrores, de tal manera que solo nos sacudimos el polvo después de cada suceso para darle paso al siguiente? ¿Cuánto valor le damos a una vida humana?

¿Acaso no hay un precio demasiado alto?

Después de Uvalde, muchos estadounidenses han comenzado a reflexionar en serio en busca de respuestas. La rabina Mychal Springer, encargada de educación pastoral clínica en el Hospital Presbiterano de Nueva York, ha retomado un texto judío antiguo de la Mishná que dice que, al principio de la creación, Dios creó a una sola persona.

“La enseñanza es que cada persona es tan valiosa que todo el mundo está contenido en esa persona, así que debemos honrar a esa persona por completo”, explicó. “Si una sola persona muere, todo el mundo muere, y si una sola persona se salva, todo el mundo se salva”.

Mencionó que la única forma de valorar la vida es estar dispuestos a hacer duelo de verdad, a enfrentar en realidad lo crudo del sufrimiento. Citó un pasaje bíblico de lamento, la primera línea del salmo 13: “¿Hasta cuándo, Señor?”.

“No es que no nos importe. Ya llegamos al límite de nuestra capacidad de llorar y sufrir”, agregó. “Sin embargo, debemos hacerlo. Debemos valorar cada vida como el mundo entero y estar dispuestos a llorar por lo que significa que se haya perdido ese mundo entero”.

No obstante, en vez de impulsarnos a hacer duelo juntos y tomar medidas colectivas, ahora las crisis parecen sumir al país cada vez más en la división y recrudecer los enfrentamientos respecto a las acciones que debemos aplicar en respuesta.

Los cerebros humanos lamentan la muerte de un ser querido de una manera distinta a la muerte de personas que no conocemos y, en tiempos de crisis, no solo sentimos aflicción, comentó Mary-Frances O’Connor, profesora asociada de psicología clínica y psiquiatría en la Universidad de Arizona, que estudia la relación entre el cerebro y el duelo.

“No podemos subestimar la necesidad de pertenencia”, afirmó, y añadió que cuando sucede algo terrible, las personas quieren estar en contacto con “su grupo”, al que sienten que pertenecen, lo que puede hacer que las personas se instalen más en campos partidistas.

La pregunta sobre lo valioso de la vida está presente en algunos de los debates más intensos del país, como el centrado en el aborto. Millones de estadounidenses creen que la anulación del fallo en el caso Roe v. Wade elevaría el valor de la vida. Otros creen que ignoraría el valor de la vida de las mujeres.

La cultura estadounidense por lo regular valora la libertad individual por encima de las necesidades colectivas. En cualquier caso, los seres humanos nacen con una tendencia a apreciar a los demás y no darles la espalda, indicó Cynthia Bourgeault, ministra episcopal y maestra de Teología Mística. Reflexionó acerca de la miríada de crisis y las comparó con las nubes que oscurecen un día de primavera en Maine.

“Los seres humanos nacen para buscar significado”, dijo. “Tenemos almas muy muy grandes. Nacemos para la generosidad; nacemos para ser compasivos”.

Añadió que el obstáculo que nos impide valorar debidamente la vida es “nuestra relación tan desordenada con la muerte”.

Cuando Tracy K. Smith, antigua consultora de poesía para la Biblioteca del Congreso, escuchó las noticias sobre los tiroteos de Buffalo y Uvalde, su reacción inmediata fue de enojo y furia contra “esta gente monstruosa”. Comentó que es fácil estancarse en ese sentimiento e incluso tenemos alicientes para hacerlo, para pensar que se trata de “casos excepcionales”.

“Pero cuando se asienta la emoción, me percato de que hay algo vivo en nuestra cultura que ha dañado a esas personas”, aseveró. “Sea lo que sea, nos está dañando a todos, todos somos vulnerables a su acción, ejerce cierta especie de influencia sobre nosotros, sin importar quién seas”.

En la graduación de la Universidad de Harvard el 26 de mayo, leyó un poema. Mencionó que era una reflexión sobre la historia, la violencia en que vivimos y lo que requiere nuestra época. Explicó que en su versión del poema, pensó en sus hijos, pero también fue un deseo para sus estudiantes. Muchos de ellos han lidiado con enormes problemas en años recientes, desde enfermedades hasta tener que cuidar a sus familiares.

“Quiero que sobrevivan”, dijo. “Quiero que sus cuerpos sean inviolables. Quiero que la Tierra sea inviolable”.

“Es un deseo, o una oración”.

© 2022 The New York Times Company

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