Las secuelas a largo plazo del COVID-19 que los Fitbits pueden detectar

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Jeff Williams, director de operaciones de Apple, habla sobre las funciones de electrocardiograma en el Apple Watch Series 4, en el Teatro Steve Jobs en Cupertino, California, el 12 de septiembre de 2018. (Jim Wilson/The New York Times)
Jeff Williams, director de operaciones de Apple, habla sobre las funciones de electrocardiograma en el Apple Watch Series 4, en el Teatro Steve Jobs en Cupertino, California, el 12 de septiembre de 2018. (Jim Wilson/The New York Times)

La primavera pasada, cuando los casos de COVID-19 en Estados Unidos se dispararon y las pruebas escaseaban, algunos científicos se preguntaron si una nueva estrategia de vigilancia de la enfermedad podría estar en las muñecas de los estadounidenses.

Uno de cada cinco estadounidenses usa un Fitbit, un Apple Watch u otro dispositivo de seguimiento del estado físico y, en el último año, varios estudios han sugerido que estos dispositivos (que pueden recopilar datos sobre la frecuencia cardiaca, la temperatura corporal y la actividad física, entre otros, de manera continua) podrían ayudar a detectar las primeras señales de los síntomas de COVID-19.

Ahora la investigación sugiere que estos “wearables” (o dispositivos ponibles) también pueden dar seguimiento a la recuperación de los pacientes de la enfermedad, al proporcionar información sobre sus efectos a largo plazo.

En un artículo publicado el miércoles en la revista JAMA Network Open, los investigadores que estudiaron los datos de Fitbit informaron que las personas que dieron positivo por COVID-19 mostraron cambios fisiológicos y de comportamiento, incluida una frecuencia cardiaca elevada, que podían durar semanas o meses. Los científicos descubrieron que estos síntomas duraban más tiempo en las personas con COVID-19 que en las que padecían otras enfermedades respiratorias.

“Se trata de un estudio interesante y creo que tiene relevancia”, afirmó Robert Hirten, gastroenterólogo y experto en dispositivos ponibles de la Facultad de Medicina Icahn del Monte Sinaí, quien no participó en el estudio nuevo. “Los dispositivos ponibles nos ofrecen la posibilidad de llevar un control de las personas de manera discreta durante periodos prolongados para ver, de manera objetiva, cómo les ha afectado el virus en realidad”.

Los resultados proceden del ensayo Digital Engagement and Tracking for Early Control and Treatment (DETECT, por su sigla en inglés), dirigido por investigadores del Scripps Research Translational Institute de La Jolla, California. Desde el 25 de marzo de 2020 hasta el 24 de enero de 2021, más de 37.000 personas se inscribieron en el ensayo.

Los participantes descargaron la aplicación de investigación MyDataHelps y aceptaron compartir los datos de su Fitbit, Apple Watch u otro dispositivo. También utilizaron la aplicación para informar los síntomas de la enfermedad y de los resultados de las pruebas de COVID-19.

En octubre, los mismos investigadores señalaron en Nature Medicine que, cuando cruzaron los datos de los dispositivos ponibles con los síntomas declarados por los propios pacientes, pudieron detectar los casos de COVID-19 con mayor precisión que cuando analizaron solo los síntomas.

No obstante, los investigadores se dieron cuenta de que los datos también podían ayudarles a registrar lo que les ocurría a las personas después de que lo peor de la enfermedad había pasado. Las personas que se recuperan del COVID-19 han informado una amplia variedad de efectos duraderos sobre la salud, como fatiga, “niebla mental”, dificultad para respirar, dolor de cabeza, depresión, palpitaciones y dolor en el pecho. (Estos efectos prolongados suelen conocerse como COVID persistente).

El nuevo estudio se centra en un subconjunto de 875 participantes usuarios de Fitbit que declararon tener fiebre, tos, dolor corporal u otros síntomas de una enfermedad respiratoria y que fueron sometidos a pruebas de COVID-19. De ellos, 234 personas dieron positivo por la enfermedad. Se asumió que el resto tenía otro tipo de infecciones.

Los participantes de ambos grupos durmieron más y caminaron menos después de enfermar y su frecuencia cardiaca en reposo aumentó, pero estos cambios fueron más pronunciados en las personas con COVID-19. “Hubo un cambio mucho mayor en la frecuencia cardiaca en reposo de los individuos que tenían COVID-19 en comparación con otras infecciones virales”, señaló Jennifer Radin, investigadora de salud pública en Scripps que dirige el ensayo DETECT. “También tenemos un cambio mucho más drástico en la cantidad de pasos y el sueño”.

Los científicos también descubrieron que, unos nueve días después de que los participantes con COVID-19 empezaron a presentar síntomas, su ritmo cardiaco disminuyó. Después de este descenso, que no se observó en aquellos con otras enfermedades, su frecuencia cardiaca volvió a aumentar y se mantuvo elevada durante meses; en reposo, esta tardó una media de 79 días en volver a la normalidad, en comparación con los cuatro días de los participantes del grupo sin COVID-19.

Este aumento prolongado de la frecuencia cardiaca puede ser un síntoma de que el COVID-19 altera el sistema nervioso autónomo, el cual regula los procesos fisiológicos básicos. Las palpitaciones y los mareos que reportan muchas personas que se están recuperando de la enfermedad pueden ser síntomas de esta alteración.

“Muchas personas que enferman de COVID-19 acaban sufriendo una disfunción autonómica y una especie de inflamación continua y esto puede afectar de manera negativa la capacidad de su cuerpo para regular el pulso”, afirmó Radin.

Radin y sus colegas descubrieron que los niveles de sueño y de actividad física también volvieron a la línea de base con más lentitud en las personas con COVID-19 en comparación con las que tuvieron otros padecimientos.

Los investigadores identificaron un pequeño subgrupo de personas con COVID-19 cuya frecuencia cardiaca permaneció más de cinco latidos por minuto por encima de lo normal uno o dos meses después del contagio. Casi el 14 por ciento de las personas con la enfermedad pertenecían a esta categoría y sus frecuencias cardiacas no volvieron a la normalidad durante más de 133 días, en promedio.

Estos participantes también fueron mucho más propensos a informar que habían tenido tos, dificultad para respirar y dolor corporal durante la fase aguda de su enfermedad que los demás pacientes con COVID-19.

Una de las limitaciones del estudio es que no se les pidió a los participantes que siguieran reportando sus síntomas en las semanas y meses posteriores al momento en que enfermaron, pero los científicos tienen previsto pedir a los voluntarios que lo hagan en investigaciones futuras.

“Queremos mejorar la recopilación de los síntomas a largo plazo para poder comparar los cambios fisiológicos que observamos con los síntomas que presentan los participantes”, dijo Radin. “Así que en realidad esto es un estudio preliminar que da paso a muchos otros estudios”.

En febrero, los Institutos Nacionales de la Salud de Estados Unidos anunciaron que proporcionarán 1150 millones de dólares en los próximos cuatro años para financiar la investigación sobre el COVID-19 persistente. Según Hirten, el nuevo estudio pone en relieve el papel que podrían desempeñar los dispositivos ponibles en esa investigación: “La combinación de este tipo de técnicas con otros estudios que se están llevando a cabo para analizar el tema de los síntomas prolongados podría ofrecer una buena visión objetiva de lo que les ocurre a las personas”.

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© 2021 The New York Times Company

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