Un final precipitado y un comienzo oscuro

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Tanques rusos abandonados en la base de una colina que da a Kunduz, Afganistán, misma que los talibanes capturaron en 2015, el 7 de marzo de 2018. (Jim Huylebroek/The New York Times).
Tanques rusos abandonados en la base de una colina que da a Kunduz, Afganistán, misma que los talibanes capturaron en 2015, el 7 de marzo de 2018. (Jim Huylebroek/The New York Times).

El fin de la guerra más larga de Estados Unidos no fue muy ceremonioso: la basura volaba por la única pista de aterrizaje del aeropuerto de Kabul, los afganos estaban afuera de las puertas de embarque con la vana esperanza de poder ser evacuados del país y los talibanes lanzaban disparos de triunfo hacia el firmamento nocturno.

En sus últimos días, dos marines estadounidenses se despedían con un apretón de mano de los combatientes talibanes en el tenue resplandor de la terminal de vuelos nacionales. Había filas de personas hambrientas y deshidratadas que serían evacuadas en aeroplanos grises que las llevarían a futuros inciertos. La dirigencia de los talibanes era la que dictaba las condiciones mientras una generación de afganos sopesaba el final de 20 años de una especie de esperanza generalizada.

Por todo Estados Unidos había pasos a desnivel y bancas en parques bautizados en honor de personas fallecidas en la guerra.

El final, al menos para los estadounidenses y sus aliados occidentales, llegó un lunes, después de que, en las últimas horas de una guerra perdida, los miles de soldados estadounidenses que defendían el Aeropuerto Internacional Hamid Karzai salieron en oleadas en enormes aviones de transporte, uno tras otro, hasta que ya no quedó ninguno.

A diferencia del legado de los soviéticos derrotados antes que ellos, el de los estadounidenses no fue un entorno plagado de restos de vehículos blindados destrozados. Más bien, dejaron todas las armas y el equipo necesarios para abastecer a los talibanes, los vencedores, durante los próximos años, el resultado de dos décadas y 83.000 millones de dólares gastados en entrenamiento y equipamiento para el ejército afgano y las fuerzas policiales que se desmoronaron frente a un mal liderazgo y un respaldo estadounidense cada vez más escaso.

Una vez más, Afganistán ha concluido un ciclo que ha definido en repetidas ocasiones los últimos 40 años de violencia y conmoción: por quinta vez desde la invasión soviética de 1979, ha fracasado un mandato y ha surgido otro. Lo que ha venido después de cada una de esas conclusiones ha sido venganza, ajuste de cuentas y, con el tiempo, otro ciclo de guerra y caos.

Ahora les toca a los talibanes decidir si van a perpetuar el ciclo de venganza, como lo hicieron en 1996 al arrebatarle el poder a un grupo de caudillos en conflicto, o si en verdad emprenderán el nuevo rumbo que sus dirigentes han prometido en los últimos días: uno de tolerancia y reconciliación.

Un punto en el cielo del atardecer: el avión militar de transporte C-17 mientras sale de Kabul, Afganistán, el 30 de agosto de 2021. (Jim Huylebroek/The New York Times).
Un punto en el cielo del atardecer: el avión militar de transporte C-17 mientras sale de Kabul, Afganistán, el 30 de agosto de 2021. (Jim Huylebroek/The New York Times).

Han pasado casi 20 años desde que Osama bin Laden y Al Qaeda llevaron a cabo los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos y el presidente George W. Bush anunció que su país invadiría Afganistán como la primera acción de una guerra mundial contra el terrorismo. Ahora, Estados Unidos tiene que definir su relación con los mismos gobernantes islamistas que derrocó en 2001 —una vez más, una cuestión de venganza o tolerancia— y tratar de evitar el resurgimiento de cualquier amenaza terrorista internacional que provenga de Afganistán.

Ahora son menos probables los ataques aéreos en las zonas rurales afganas que convierten a los muertos anónimos en puntos de datos en una gráfica de barras de colores dentro de un informe de Naciones Unidas que casi nadie lee. No más bombas enterradas a orillas de la carretera a toda prisa al caer la noche, mismas que podrían explotar al paso de un vehículo gubernamental o un minibús lleno de familias.

Lo que hay es una angustia generalizada sobre la verdadera forma que adquirirá el gobierno talibán ahora que los estadounidenses se han ido en realidad. Además, existe temor de que la caótica precipitación del desmoronamiento del gobierno durante el avance de los talibanes deje una economía irreparable, hambre y desgracia.

El conflicto de Estados Unidos en Afganistán fue una guerra larga con un final apresurado, o eso pareció. Pero los planes de la retirada se prepararon hace más de 18 meses, cuando el gobierno de Trump firmó con los talibanes un acuerdo para retirarse del país antes del 1.° de mayo de 2021. A cambio, los talibanes acordaron dejar de atacar a los estadounidenses, suspender los ataques en los que hubiera un gran número de víctimas en ciudades afganas y evitar que Al Qaeda y otros grupos terroristas hallaran refugio en el territorio.

La influencia de los talibanes, adquirida tras años de luchar contra el ejército más desarrollado del mundo, se multiplicó cuando tomaron el control de retenes y puestos de avanzada más remotos, seguidos de distritos y aldeas rurales y luego, las carreteras que los conectaban. Para inicios de este año, los talibanes se habían apostado cerca de varias ciudades clave, al tiempo que el recién inaugurado gobierno de Biden sopesaba si respetar el acuerdo de retirarse firmado por el presidente Donald Trump.

En abril, para cuando el presidente Joe Biden y la OTAN anunciaron el retiro de Estados Unidos y de las fuerzas de la coalición antes del 11 de septiembre, los talibanes ya estaban tomando un distrito tras otro. Las fuerzas de seguridad afganas se estaban rindiendo o estaban siendo diezmadas de manera masiva. Pese al poderío aéreo de Estados Unidos y a un ejército afgano que, según Biden y otros altos funcionarios, tenía casi 300.000 soldados, las capitales de provincia pronto se encontraron sitiadas. Pero, de acuerdo con las autoridades estadounidenses, en los días finales, las fuerzas de seguridad afganas solo contaban con una sexta parte de eso.

Más que pelear, los soldados afganos huían, pero quienes murieron enfrentando al enemigo, lo hicieron por una causa en la que, al parecer, ni siquiera sus líderes creían.

Hace un año, o diez, o quince, los talibanes eran sombras detrás de una fila de árboles cercanos, eran los fantasmas ocultos que abrían la tierra frente a los soldados de Estados Unidos, de la OTAN y de Afganistán para entrar a un infierno atestado de minas. Cada paso planteaba el problema de qué hacer si de pronto un amigo que estaba enfrente explotaba en dos: el torniquete va aquí, el tipo de sangre es O positivo.

Sin embargo, en las últimas horas de la guerra estadounidense, los talibanes se materializaron en toda su expresión: justo en la carretera o al otro lado de la reja de la capital del país. De pronto estaban por todas partes, con sus banderas blancas con negro ondeando en torno a las posiciones estadounidenses, para controlar a la multitud y dejar que Estados Unidos terminara la guerra… pero no bajo sus condiciones.

© 2021 The New York Times Company

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