Felipe VI y los mensajes que minan su influencia

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El rey Felipe VI durante uno de sus últimas apariciones. REUTERS/Vincent West
El rey Felipe VI durante uno de sus últimas apariciones. REUTERS/Vincent West

Del dicho al hecho hay más que un trecho. A veces, la desconexión entre las palabras y las acciones de los estratos de poder al comunicarse con la sociedad ha dejado de ser sutil -si alguna vez lo fue- para convertirse en una suerte de alimento para la literatura costumbrista; en una caricatura donde las frases salen como de una manguera a prueba de inmundicia. Ese enorme espacio que separa el discurso de la realidad se llena de tantos sentimientos que unir ambos polos es imposible; se repelen. En medio de ambos, la vergüenza ajena convive con la indignación, el conformismo e incluso la comprensión. Probablemente por todos estos estadios -y más- habrá pasado esa parte de la sociedad que presta atención a los discursos del rey Felipe VI.

Durante las últimas semanas han aparecido algunos ejemplos de cuán alejada está la realidad del pueblo con la suya y la de los suyos. Su intervención más reciente fue en Almería, durante la entrega del “Premio Reino de España a la Trayectoria Empresarial”, allí aplaudió el esfuerzo de empresarios y emprendedores por su arduo trabajo.

Felipe VI durante un acto oficial. (Carlos Alvarez/Getty Images)
Felipe VI durante un acto oficial. (Carlos Alvarez/Getty Images)

“En actos como al que hoy hemos sido convocados, tenemos la oportunidad de aprender de personas y experiencias que, gracias al espíritu emprendedor, hacen un gran bien a la economía y la sociedad de un país; algo que no siempre recibe el reconocimiento que merece. Sin la contribución de empresarios y emprendedores, no sería posible el progreso ni la modernización de España. Sois vosotros quienes, asumiendo riesgos, sois capaces de ver oportunidades a menudo difíciles de identificar. Tenéis sin duda una fuerza especial, una pasión y una capacidad de esfuerzo y sacrificio que son la base del crecimiento y de la creación de empleo. Por eso es tan importante que la sociedad sepa reconocer vuestra labor”, afirmó en el Auditorio Municipal Maestro Padilla de la ciudad andaluza.

Se pueden escuchar estas palabras desde varios prismas y uno de ellos es el de los empresarios, emprendedores y autónomos asfixiados que no hacen más que vivir en primera persona los obstáculos que el sistema, que España, les pone a diario. A decenas de miles de ellos nadie les da premios y se conformarían con unas leyes fiscales que no les roben el oxígeno.

“Me parece muy bien pero lo que de verdad tienen que hacer es ayudar más a los autónomos para que sean capaces de salir adelante. Eso significa que deberían reducir la presión fiscal a las personas que quieren emprender. Cuántas costureras o zapateros no pueden salir adelante por los gastos que tienen que afrontar en forma de impuestos”, señala Antonio Ojeda Monge, socio fundador de la empresa de ingeniería e innovación GoAhead, una startup que comenzó a crear hace apenas dos años. “El objetivo principal de un español no debería ser el de aspirar a una plaza de funcionario para poder desarrollar una vida estable en este país. Debería tener facilidades para poder perseguir sus sueños”.

Felipe VI durante un acto oficial. (Carlos Alvarez/Getty Images)
Felipe VI durante un acto oficial. (Carlos Alvarez/Getty Images)

De las palabras a los hechos hay más que un trecho porque los aplausos y los premios a un grupo empresarial no cambian la realidad en la que viven tantos españoles que no pueden cumplir con sus aspiraciones laborales. Para personas como Ojeda, es estupendo que el Rey valore a los empresarios, innovadores y autónomos, pero hace falta más, y discursos como el que dio recientemente en Almería alimentan la desconexión. Las arengas del monarca no calan a una parte de la sociedad que está hastiada y no se cree lo que dice alguien que no sabe realmente cómo es vivir día a día como autónomo y que habla desde el privilegio de sangre, no desde el sudor o la angustia.

Otra de las últimas apariciones de Felipe VI fue en Santa María del Puerto, Somiedo. Allí habló de la importancia que tiene el que los jóvenes permanezcan en las zonas rurales de España para que éstas no caigan en el olvido de la despoblación.

“Una vida, un modo de vivir, que los más jóvenes, con su permanencia en el pueblo y su deseo de formar aquí sus familias y de educar a los más pequeños en el respeto y la valoración de la vida rural, habéis conseguido fortalecer y acrecentar. Por esos sois ejemplares”, apuntó en un pueblo que cuenta con alrededor de 20 ganaderos de los que 10 tienen menos de 40 años de edad. A ellos les dijo que la vida en el campo no es como era. “Ahora ya no vivís alejados, porque estáis en permanente contacto con el mundo. Ya no os veis obligados a iros lejos, porque estáis dispuestos a transformar los obstáculos y dificultades en posibilidades de futuro. Porque lucháis por convertir cada oportunidad en una realidad llena de potencial (…) seguir adelante, seguir trabajando con el mayor ánimo, con espíritu positivo, lleno de ilusiones y de sueño, pues la mejor forma de construir el mejor porvenir. La Asturias emprendedora, esforzada, esperanzada tiene aquí, en Somiedo, el mejor de los ejemplos”, agregó.

No le falta razón, pero los chascarrillos son inevitables.

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El interés hacia los discursos del Rey no se miden a través de la cuota de pantalla (más de 10 millones de televidentes en sus comparecencias de Navidad), sino a base de conexión, de relevancia, de impacto y aunque eso es más difícil de cuantificar, con apariciones como los anteriores, el alejamiento con su gente es cada vez mayor. Quizás si en lugar de destacar el heroicismo de los autónomos, innovadores y empresarios introdujera en sus comparecencias guiños que ayuden a destensar la presión fiscal sobre ellos, o si abogara por incentivos que eviten la despoblación en lugar de apelar a los adjetivos que ensalzan la figura de aquellos que permanecen en los pueblos, la confianza de la gente sería mayor. La influencia del monarca pierde fuelle porque su discurso se hace viejo, porque se trata de otro ejemplo en el que altos cargos nos hablan de la vida, de nuestra vida, como si fueran a hacer algo por nosotros. Al final, el mensaje y el tono es el de siempre, “Luis, sé fuerte”.

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