El fanatismo llega a un extremo ilógico

Joe Coscarelli
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Las bufonadas de los superfans llegaron a la cultura principal este año, pero han tenido un ritmo constante desde que el internet ayudó a convertir la lealtad a la música pop en un trabajo de 24 horas al día. (Son of Alan/Folio Art via The New York Times)
Las bufonadas de los superfans llegaron a la cultura principal este año, pero han tenido un ritmo constante desde que el internet ayudó a convertir la lealtad a la música pop en un trabajo de 24 horas al día. (Son of Alan/Folio Art via The New York Times)

A Benjamin Cordero, un preparatoriano del oeste de Nueva York, le encantan las divas del pop, sobre todo Lady Gaga.

Antes era fanático casual de lo que sonara en la radio, pero su conversión se completó cuando la cantante se presentó en el espectáculo de medio tiempo del Supertazón en 2017, y en el periodo prolífico desde entonces —que incluyó “Nace una estrella”— su devoción ha seguido creciendo.

Este año, mientras Lady Gaga se preparaba para lanzar su álbum más reciente,
“Chromatica”, Cordero se unió a Twitter, la plataforma donde se reúnen los aficionados del pop, donde dedicó su cuenta a todo lo relacionado con Gaga. Tuiteó miles de veces durante la pandemia, a menudo usando jerga especializada y chistes locales, junto con cientos de fanáticos de la cantante, conocidos como Little Monsters, amigos de internet a quienes se refiere como sus “mutuos”.

Sin embargo, no todo es alegría y comunidad en estos círculos. También hay batallas que librar con grupos rivales o críticos. Y, para Cordero, eso implicaba trolear a los fans de Ariana Grande.

En octubre, después de que “Chromatica” se convirtiera en un éxito modesto, el nuevo álbum de Grande, “Positions”, se filtró en línea antes de su lanzamiento oficial. Cordero, a quien le agradaba bastante Grande pero le parecía que su nueva música no era tan buena, compartió un enlace con las canciones filtradas, lo cual consternó a los fans de Grande, a quienes les preocupaba que las versiones ilegales de las grabaciones dañaran las posibilidades comerciales de la cantante.

Adoptando el papel de detectives voluntarios del internet, los fans de Grande pasaron días denunciando los enlaces del álbum no autorizado que abundaban en la red. Sin embargo, Cordero, que estaba aburrido y percibía su desesperación, decidió jugarles otro truco mediante un tuit en el que declaraba —falsamente— que la disquera de Grande lo había multado por 150.000 dólares debido a que había compartido las grabaciones filtradas. “¿Cómo puedo salir de este embrollo?”, escribió. “Estoy muy asustado”. Incluso publicó una foto en la que se le veía llorando.

“Estaban muy contentos”, dijo burlonamente Cordero, refiriéndose a los fans de Grande a los que había engañado, quienes corrieron la voz por todas partes para avisar que al responsable de la filtración —fanático de Gaga, ni más ni menos— lo habían castigado. “Lo siento, pero no me causas empatía alguna”, escribió un fan de Grande en Reddit. “Presenten cargos en su contra y métanlo a la cárcel. No se puede filtrar un álbum de la estrella más grande del pop sin sufrir consecuencias”.

Así fue el fanatismo del pop en 2020: competitivo, arcano, obsesionado con las ventas, a veces inútil, caótico, adversario, divertido y un poco aterrador, todo casi por completo se desarrolla en línea. Aunque la música ha estado entrelazada durante mucho tiempo con las comunidades de internet y el auge de las redes sociales, una facción creciente de los entusiastas del pop más vociferantes y dedicados ha adoptado el término “stan” —tomado de la canción que Eminem lanzó hace veinte años sobre un superfan convertido en acosador homicida— y están redefiniendo lo que significa amar a un artista.

En lo que se conoce como Stan Twitter —y sus ramificaciones en Instagram, Facebook, TikTok, Tumblr y varios foros de mensajes— estos devotos comparan los número uno y las estadísticas de transmisión en continuo como los aficionados al deporte lo hacen con los promedios de bateo, las victorias en campeonatos y los porcentajes de tiro. Prometen lealtad a sus favoritos como los más rabiosos partidarios políticos o seguidores religiosos. Se organizan para ganar encuestas de entregas de premios, aumentar las ventas y recaudar dinero como activistas de base. Y se unen para molestar —o acosar e incluso engañar— a aquellos que se atrevan a menospreciar a las estrellas con las que han decidido alinearse.

“Estas personas ni siquiera saben quiénes somos, pero pasamos incontables días y meses defendiéndolos de algún desconocido en internet”, dijo Cordero, quien más tarde reveló su broma de Grande, con la que no ganó más que la capacidad de deleitarse con el contragolpe.

“Cuando alguien dice algo negativo sobre Lady Gaga, algo en tu interior se siente herido”, explicó sobre su propia lealtad. “Te ves a ti mismo en tus artistas favoritos; te asocias con ellos, ya sea por la música o por su personalidad. Así que cuando alguien insulta a tu artista favorito, lo tomas como un insulto personal, y luego te encuentras pasando horas tratando de convencer a alguien en China de que ‘Born This Way’ fue su mejor álbum”.

“Definitivamente es un campo de juego para nosotros”, añadió Cordero. “Los lanzamos al ruedo. Ellos se pelean. Los animamos”.

Este año, uno en el que gran parte de la vida cotidiana se limitó a los espacios virtuales debido al coronavirus, este tipo de bufonadas atrajeron la atención de los medios principales cuando los fans del grupo de K-pop BTS atacaron al presidente Donald Trump (e hicieron donativos a Black Lives Matter) o cuando los seguidores de Taylor Swift escupieron veneno a los críticos que pensaron que su nuevo álbum era menos que perfecto. Recientemente, la cadena NBC se vio obligada a disculparse después de que los fans de Selena Gómez se rebelaran en reacción a un chiste de mal gusto sobre la cantante en una nueva versión de “Salvados por la campana”.

Sin embargo, estas batallas también ocurrieron a un ritmo casi constante a menor escala, en gran parte debido a los incentivos de las plataformas donde ahora nos reunimos.

En el pasado, “los medios que teníamos no facilitaban estos enormes espacios públicos donde la atención es una mercancía”, dijo Nancy Baym, una autora e investigadora que ha estudiado el comportamiento de los fans en línea desde la década de 1990. “Ha habido un proceso muy largo en el que los fans han ganado atención cultural, han ganado influencia y reconocimiento de cómo ejercer esa influencia; y ahora lo vemos más porque los medios están en un punto en el que realmente lo están poniendo delante de nosotros”.

Antes de destinos como Twitter, YouTube y Spotify —donde los números y lo que está de moda son fundamentales para la interfaz— existían listas de correo de selección propia, tablones de anuncios, grupos de noticias de Usenet, sitios de fans y URLs oficiales donde los fans de Grateful Dead o Prince podían reunirse para digitalizar las letras de las canciones, vender entradas o intercambiar cintas.

“Se trataba más bien de la comunidad interior —conectar con otros fans del mismo artista— y no era tan competitivo”, dijo Baym. “En cierto modo era competitivo, pero se trataba más de cosas como: ‘¿Cuántas veces los has visto en vivo?’”.

A principios de la década de 2000, Myspace marcó un punto de inflexión, presagiando una era de redes sociales en la que los fans podían conectarse directamente con los artistas de una manera que no habían logrado antes, causando que algunas personas se volvieran más hostiles, abusivas o se sintieran legitimadas, dijo Baym. Al mismo tiempo, “American Idol” enfrentó a las legiones de fanáticos entre sí mediante la votación popular, y lo que una vez más se trató de conversaciones insulares entre los entusiastas comenzó a proyectarse al exterior.

Paul Booth, profesor de Estudios de Medios de Comunicación en la Universidad DePaul, investiga cómo la gente utiliza la cultura popular como apoyo emocional y para obtener placer. En una entrevista, señaló que, en la última década, “se ha pasado de una comprensión general de que hay gente que se llama a sí misma fan, pero que no sabemos realmente quiénes son o qué hacen, a una cultura en la que se dice: ‘Yo soy fan; tú eres fan; todo el mundo es fan’. Se ha convertido absolutamente en una discusión diaria”.

“Antes esas personas existían, pero se reunían en el sótano gritándose unos a otros”, añadió. “Ahora se reúnen en Twitter y se gritan unos a otros, y todo el mundo puede verlo”.

“Todo se reduce a las emociones, que es algo que no tomamos lo suficientemente en serio en nuestra cultura”, dijo Booth. “Cuando la gente se apasiona por algo hasta el punto de identificarse con ello y se convierte en parte de lo que es —ya sea un partido político, una persona política o una celebridad— van a luchar”.

También van a comprar. A medida que los artistas han ido reconociendo su influencia directa en sectores de su público en línea —a veces, haciéndolos caer en manos de sus detractores o, al menos, sin pedirles que se detengan— también han llegado a depender de su consumo constante, especialmente en la era de la transmisión en continuo.

“Quizá haya un local” —la palabra que usan los “stan” para referirse a un fanático casual— “que compra un disco”, dijo Cordero, el fanático leal a Lady Gaga. “Pero una persona en Stan Twitter probablemente compró ese disco diez veces, reprodujo una canción en tres listas de reproducción separadas, y acumuló cientos y cientos de reproducciones”.

Añadió, “Es básicamente promoción, trabajo gratis; estamos prácticamente encadenados contra la pared con nuestros teléfonos”. (Lady Gaga recientemente anunció las galletas de la marca “Chromatica” como un “Oreo Stan Club”).

Además de alimentar el auge de la mercancía, estos fans del pop se han encargado de aprender las reglas que rigen los gráficos de Billboard y las plataformas de transmisión en continuo que proporcionan sus datos, con la esperanza de maximizar el impacto comercial a cambio de poder fanfarronear.

No obstante, algunos ven estas relaciones entre fans e ídolos como parasociales, interacciones en gran parte unilaterales con figuras de los medios de comunicación que se disfrazan de amistad, y se preocupan por los efectos de salud mental a largo plazo de tal devoción.

Haaniyah Angus, una escritora y ex-stan durante su adolescencia que ha escrito sobre sus experiencias en la subcultura, señaló que el “standom” era “muy dependiente del capitalismo y la compra” de una manera que convenció a los consumidores, en nombre de “la gente realmente rica”, que “su victoria es tu victoria”.

“Para mí y para mucha gente que conocía, mucho de ello se derivaba de que estábamos muy solos, muy deprimidos y ansiosos, diciendo: ‘Voy a olvidar lo que estoy pasando en este momento, y me voy a enfocar en esta celebridad’”, dijo.

Esta dinámica sirvió a menudo para acabar con la disidencia en las filas, que una vez fue vista como un componente crucial del “fandom”.

“No creo que el ‘fandom’ tóxico sea sinónimo de la cultura ‘stan’”, dijo Booth, el investigador de los estudios sobre fans. “Pero creo que uno de los peligros de la cultura ‘stan’ —es decir, el peligro de un grupo de fans que son tan apasionados por algo que acaban con los comentarios negativos— es que a menudo puede eliminar conversaciones muy necesarias cuando nuestros medios y celebridades nos defraudan”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company