Una familia de seis integrantes camina durante días para escapar de Mariúpol; esta es su historia

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Yevhen Tishchenko y su esposa, Tetiana Komisarova, con sus hijos, el domingo de Pascua en un refugio en Leópolis, Ucrania, el 24 de abril de 2022. (Finbarr O'Reilly/The New York Times)
Yevhen Tishchenko y su esposa, Tetiana Komisarova, con sus hijos, el domingo de Pascua en un refugio en Leópolis, Ucrania, el 24 de abril de 2022. (Finbarr O'Reilly/The New York Times)

LEÓPOLIS, Ucrania — Yevhen Tishchenko estaba de pie en el andén del tren, tratando de acomodar abultadas maletas deportivas de plástico tejido en un viejo carrito de equipaje, mientras su esposa levantaba a su hija con discapacidad, para subirla a un triciclo de plástico.

Tishchenko, vendedor de muebles, y su esposa, Tetiana Komisarova, llegaron a esta estación de tren en el oeste de Ucrania después de caminar durante cinco días con sus hijos para ponerse a salvo. No sabían a dónde iban, pero sabían que era mejor que el lugar de donde venían: la ciudad de Mariúpol, en el este de Ucrania, bombardeada por las fuerzas rusas desde hace semanas.

La casa de la familia estaba lejos de la fábrica de acero donde los militares se refugian bajo tierra y contienen a las tropas rusas que intentan tomar el último vestigio de territorio de la ciudad que aún está en manos de Ucrania.

No obstante, Mariúpol ha quedado devastada por los combates, hay escasez de medicamentos, alimentos y electricidad.

La pareja no tenía automóvil. El 17 de abril, cuando las condiciones se volvieron insoportables, empacaron ropa y alimentos en las bolsas raídas y comenzaron a caminar con sus cuatro hijos. Su hijo mayor tiene 12 años y la menor, de 6, padece microcefalia, una enfermedad poco común que requiere un control neurológico frecuente y consultas psiquiátricas.

Dejaron a la madre de Tishchenko, una mujer de la tercera edad que no podía caminar, y a su gato gris con blanco, al cual Uliana, la niña de 6 años llamó Mosia.

Su viaje fuera de la ciudad fue macabro: cuerpos en descomposición, bombardeos a la distancia, convoyes militares rusos y puestos de control.

“La ciudad se convirtió en un gran cementerio”, aseveró Komisarova, de 42 años. “Vivíamos cerca del bulevar Shevchenko. Había una franja de tierra entre dos carreteras y los cadáveres se quedaron ahí durante mucho tiempo. Nunca había visto tantos cadáveres en mi vida”.

En cada puesto de control ruso, decían que Komisarova tenía una hermana en el siguiente poblado y en cada puesto de control, quizá conmovidos por una familia numerosa que batallaba con sus hijos, los militares los dejaban pasar. Algunos les mostraban fotos de sus propios hijos.

“En uno de los puestos de control, un militar ruso empezó a preguntarnos a dónde íbamos”, narró ella. “Le respondí: ‘Al poblado de Orikhove’. Entonces, me dijo: ‘No, no vayan allá. Lo están bombardeando. Vayan a algún lugar del oeste’”.

Komisarova comentó que se detenían en los poblados donde la gente les permitía quedarse.

En un pueblo cercano a Rozivka, descubrió que la amiga con la que esperaba quedarse había escapado, así que pasaron la noche en una casa desierta con otros desplazados.

“Prendimos un horno de barro para mantenernos calientes y luego llegaron los vecinos. Nos hirvieron papas con huevos fritos. Nos alimentaron bien”, relató.

Al quinto día, un hombre que llevaba un cargamento de rábanos los recogió y los llevó a la estación de tren de Zaporiyia.

Al llegar a Leópolis, Komisarova y los niños esperaron fuera de la estación junto a la pila de equipaje mientras Tishchenko iba a preguntar dónde podían encontrar refugio. Al ver a los vehículos que iban y venían, la exprofesora de bachillerato dijo que había olvidado cómo era el tráfico.

Su hija mayor, Anna, de 10 años, llevaba una mochila de Hello Kitty y un peluche verde idéntico al que le habían regalado a su hermana en el camino. Un voluntario les dio a los niños chocolates de Pascua que se metieron a los bolsillos, pero no se los comieron.

Tishchenko, de 37 años, no ha podido ponerse en contacto con su madre, pero los niños dijeron que su padre había tapiado las ventanas destrozadas antes de salir y que creían que su abuela estaría bien.

Volvieron a subir las maletas a un tranvía para llevarlas a una oficina de reubicación donde les darían un lugar para alojarse en una escuela convertida en refugio para desplazados. En la oficina, una de las guardias, que estaba sentada con los niños, se secaba las lágrimas mientras entrevistaban a los padres.

Komisarova, exprofesora de Lengua y Literatura Ucranianas, señaló que tenían la intención de regresar cuando Mariúpol volviera a ser segura.

“Sinceramente, no tenemos un plan específico sobre dónde ir hasta entonces”, comentó. “Recuerdo el momento en que llegamos al primer puesto de control ucraniano y vimos nuestras banderas y escuché a un militar hablar en nuestro idioma. Estaba sentada en el auto llorando. De verdad queremos que Mariúpol vuelva a ser ucraniana”.

© 2022 The New York Times Company

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