Una fallida respuesta global al virus en medio de un vacío de liderazgo

Mark Landler
El presidente Donald Trump se reúne con banqueros en la Casa Blanca para discutir una respuesta al coronavirus, el 11 de marzo de 2020. (Doug Mills/The New York Times)

LONDRES — En Frankfurt, Alemania, la presidenta del Banco Central Europeo advirtió que el coronavirus podía detonar una crisis económica tan grave como la del 2008. En Berlín, la canciller alemana alertó que el virus podía contagiar a dos tercios de la población de su país. En Londres, el primer ministro del Reino Unido desplegó un paquete de rescate de casi 40.000 millones de dólares para amortiguar el impacto del brote en su economía.

Mientras el saldo de los afectados por el virus continúa en aumento y los mercados financieros desde Tokio a Nueva York siguen cayendo, los líderes mundiales finalmente empiezan a hablar de la gravedad de lo que ya es oficialmente una pandemia.

Sin embargo, esas voces siguen sonando más a una cacofonía que a un coro, un balbuceo disonante de políticos, todos con sus propios problemas para afrontar los múltiples retos causados por el virus, desde su abrumadora carga a los hospitales y trabajadores de la salud hasta su devastación económica y el creciente número de fallecidos.

Al coro también le hace falta un director, un papel interpretado por Estados Unidos durante la mayoría de la era posterior a la Segunda Guerra Mundial.

El presidente Donald Trump no ha trabajado con otros líderes para diseñar una respuesta en conjunto, y ha preferido promover su muro fronterizo que hacerle caso al asesoramiento científico de sus propios médicos expertos. Durante un discurso en el Despacho Oval realizado el 11 de marzo, impuso una prohibición de 30 días a los viajes de Europa a Estados Unidos alegando, sin ninguna evidencia, que la laxa respuesta inicial de la Unión Europea había traído más casos del virus a través del Atlántico, con “un gran número de nuevos grupos” sembrados por viajeros de ese continente.

El secretario de Estado de Trump, Mike Pompeo, ha decidido llamar a la epidemia como el “virus de Wuhan”, lo que denigra al país donde se originó y complica los esfuerzos para coordinar una respuesta global.

El mismo desprecio por la ciencia y el impulso de bloquear extranjeros ha caracterizado a líderes desde China a Irán, así como a populistas de derecha en Europa, lo cual está sembrando el cinismo y dejando a las personas sin saber a quién creerle. Lejos de intentar erradicar el virus, líderes poderosos como el presidente de Rusia Vladímir Putin y el príncipe heredero de Arabia Saudita Mohamed bin Salmán, se han aprovechado de la conmoción para encubrir medidas que consolidan su poder.

Y aun así es muy simple achacarle todo a Trump o a los líderes mundiales en colectivo. Parte del problema es simplemente la naturaleza malvada del patógeno.

El coronavirus ha resistido las herramientas que los países han usado contra calamidades mundiales previas. Misterioso en su transmisión e implacable en su propagación, ha hecho que los países intenten respuestas totalmente divergentes. La falta de estándares comunes en las pruebas de diagnóstico, en la cancelación de concentraciones públicas y en las cuarentenas, ha profundizado la ansiedad de la gente y debilita la confianza en sus líderes.

Las crisis simultáneas en la oferta y demanda —fábricas de iPhone cerradas en China; góndolas vacías en Venecia, Italia; y pasajeros abandonando cruceros, hoteles y aerolíneas en todas partes— son fenómenos inéditos que es posible que no respondan a las medidas que los gobiernos utilizaron contra el desajuste que vino después de los ataques terroristas de septiembre de 2001 y la crisis financiera del 2008.

“La naturaleza de esta crisis es cualitativamente diferente a la ocurrida en 2008 porque las herramientas tradicionales para superarla no son tan efectivas”, afirmó Richard Haass, presidente del Consejo de Relaciones Exteriores. “Incluso si Estados Unidos tomara el rol de liderazgo, el manual tradicional no sería tan relevante en este caso”.

El Reino Unido, por ejemplo, recibió elogios por su sólida respuesta económica la cual, además de los miles de millones de libras destinados a hospitales y a los trabajadores marginados por la enfermedad, incluyó una marcada reducción de la tasa de interés del Banco de Inglaterra.

Aun así, las acciones en Londres cayeron, si bien no tan abruptamente como en Wall Street, donde los inversionistas desestimaron la propuesta del secretario del Tesoro Steven Mnuchin de permitirle a los estadounidenses posponer el pago de sus impuestos sobre la renta, el cual afirmó le aportaría 200.000 millones de dólares a la economía.

La otra gran idea de Trump, una reducción del impuesto sobre la nómina, fue declarada “imposible” por los demócratas del Congreso, quienes se apresuraron a introducir una ley para proporcionar ayuda financiera a los pacientes, trabajadores y familias afectadas por la veloz epidemia, con la intención de someterla a votación de la cámara este 12 de marzo.

Para Haass, la intensidad del enfoque que busca limitar el golpe económico es comprensible, dada la masacre en los mercados, pero fue prematura. Afirmó que los países necesitaban dirigir sus energías a frenar y mitigar la propagación del virus antes de embarcarse en programas fiscales para reparar el daño económico.

El problema es que, con algunas escasas excepciones, sus esfuerzos han sido desafortunados. En Estados Unidos, la demora en desarrollar los paquetes de pruebas de diagnóstico y la escasez de pruebas del coronavirus le ha imposibilitado a los funcionarios, incluso semanas después de que los primeros casos aparecieran en el país, tener una verdadera perspectiva de la magnitud de la epidemia.

En la afectada Italia, los políticos y médicos expertos tuvieron fuertes disputas acerca de si las autoridades estaban examinando a demasiadas personas en la Lombardía, inflando las cifras de contagio y alimentando el pánico en la población. La respuesta de Italia podría ser debilitada aún más por el movimiento antivacunación que en algún momento fue apoyado por los populistas del Movimiento 5 Estrellas, quienes ganaron poder en el último gobierno.

Incluso comparar el conteo oficial de casos entre dos países es casi imposible, debido a los diferentes procedimientos de pruebas y criterios de diagnóstico en todo el mundo, afirmó Chris Smith, especialista en virología de la Universidad de Cambridge.

En el ejemplo más extremo, el conteo de casos en China se disparó cuando empezó a registrar diagnósticos positivos basados en los síntomas de las personas, en vez de en las pruebas de laboratorio, que es el método que la mayoría de los países sigue usando. Sin embargo, incluso las pruebas de laboratorio podrían producir resultados diferentes en distintos lugares, dependiendo de los objetivos que tengan los laboratorios y los métodos usados por el personal médico para recolectar y procesar muestras.

La advertencia de la canciller Angela Merkel de que el virus podía contagiar del 60 al 70 por ciento de la población alemana —una cifra que ella le atribuye al “consenso entre los expertos”— fue la admisión más franca de la magnitud del problema hecha por cualquier líder mundial. Mostró plena coherencia con su naturaleza de una física que se convirtió en política, y reforzó su posición como el contraste que el Occidente liberal le muestra a Trump.

“Haremos todo lo que sea necesario”, afirmó. “No vamos a preguntarnos todos los días, ‘¿Cómo afecta esto a nuestro déficit?’”.

Y sin embargo, incluso la posición de Merkel ha sido debilitada por el resurgimiento de la extrema derecha en su país. Alemania rechazó la solicitud de Italia de equipos médicos, y China terminó ofreciéndole a los italianos un paquete de ayuda que incluyó dos millones de mascarillas y 100.000 respiradores.

This article originally appeared in The New York Times.

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