Falcioni y Crespo, dos maneras diferentes de entender el fútbol

Diego Latorre
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Un buen número de diferencias separa a Julio César Falcioni y Hernán Crespo. Por supuesto la edad, en buena medida la manera de ver y entender el fútbol, incluso el puesto que ocupaban cuando eran jugadores: arquero uno, goleador el otro. Sin embargo, se dieron en las últimas semanas un par de llamativas coincidencias que los ha unido.

Por un lado, Independiente acabó eligiendo entre ellos al director técnico con el que iniciará el año -lo cual, dicho sea de paso, demuestra el nivel de confusión de una dirigencia que parece no saber lo que quiere, algo que ya no sorprende en nuestro fútbol-. Por el otro, los dos han expuesto, a su manera y en función de sus circunstancias, lo que este juego puede significar como motor personal.

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A veces la vida nos enseña nuestra vulnerabilidad, nos pone a prueba. En esos casos, la motivación y el entusiasmo funcionan como un combustible que marca la línea entre salir adelante o no. En el caso de Falcioni, su reacción ante las adversidades -la enfermedad, el alejamiento, la pérdida de la voz- resulta tan admirable que genera empatía por sí misma, y su firme voluntad de seguir peleando nos genera ganas de que le vaya bien.

La motivación de Crespo pasa por otra vereda. Su primera experiencia en Banfield había dejado muy buenas sensaciones en cuanto a propuesta de juego, pero fue flaca en resultados. Sin embargo, él tenía ganas de quedarse y triunfar acá, aunque eso le significara estar alejado de sus hijas y de su hogar. El fútbol argentino es una buena academia y Crespo eligió muy bien por dónde empezar. No lo hizo en River o en alguno de los otros grandes donde cualquier mínimo viento en contra derrumba la estabilidad, sino en equipos como Banfield o Defensa y Justicia, sin tantas presiones cotidianas, en los que se puede ir rindiendo las materias necesarias para crecer y formarse para algún día llegar al gran escenario.

Mirado desde el vestuario, la llegada de entrenadores como Falcioni y Crespo generan un impacto e imponen respeto. Gestionar y preparar futbolísticamente a un equipo es hoy muy difícil, y lograr que funcione es casi una hazaña. Vivimos épocas extrañas en las que todo se renueva y aplasta muy rápido. Aun así, e independientemente de la edad de cada uno, dos entrenadores como ellos renuevan las energías en un grupo. La experiencia le otorga a Falcioni un capital, un resguardo. La seguridad y el aplomo con que expresa sus ideas Crespo consiguen que se escuche con atención aquello que está diciendo.

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Existe una distancia generacional evidente entre ambos que tal vez influya en la manera de llegarle a un chico joven, pero se trata de una circunstancia relativa. El futbolista necesita ver que su técnico tiene convicciones claras y la pasión suficiente para comunicar sus ideas con la mezcla exacta de fervor y serenidad. Le gusta apreciar que el entrenador está obsesionado con perfeccionar al equipo y a cada uno de sus jugadores, y eso puede lograrlo una persona de 70 años y una de 40.

No hay entrenadores que dejan de ser válidos por cumplir años, porque el fútbol es una cuestión de saber, no de la fecha que dice el DNI. Lo moderno, estar al tanto de las corrientes tecnológicas y las nuevas tendencias, fascina y conquista al público, pero para un jugador resulta más seductor un viejo sabio que le habla al oído para decirle justo lo que necesita que un moderno joven que solo aprendió lo que leyó en los libros, pero titubea ante ciertas situaciones y no sabe cómo pulirle un defecto futbolístico.

La clave, en todo caso, está en el conocimiento. Y nadie puede negarle ese caudal a Falcioni y a Crespo. Por supuesto que son importantes la gestión del grupo, la cercanía al futbolista o la manera de transmitir las ideas, pero en el momento que la pelotita comienza a rodar lo que queda son los aprendizajes y los conceptos que el entrenador supo inculcar y el jugador asimilar. El encanto del primer momento dura algunos semanas y será la sabiduría demostrada en cada práctica la que sostenga o no el liderazgo del entrenador.

El estilo, la forma de ver y entender el fútbol de cada uno viene un paso por detrás y depende de las miradas, y no solo sobre el fútbol, también sobre la vida. Personalmente, prefería los técnicos que en momentos de crisis me impulsaban a jugar y a no ser mezquino, que me creaban las condiciones para superar al adversario en lugar de esperar un error ajeno o una acción aislada para ganar el partido. Es algo que se vio en Crespo cuando los resultados se le negaban en Banfield; y que, en cambio, en alguna medida significó un obstáculo para Falcioni en clubes más exigentes y menos "pacíficos". Al hincha, en el fondo, además de ganar lo conmueve y emociona la forma, quiere sentirse orgulloso del cómo. En ese punto tiene un reto mayor en su regreso a Independiente.

Falcioni está dispuesto a seguir remando y Crespo, a seguir progresando. Los dos cuentan con las herramientas suficientes para motivar e influir en el comportamiento de sus jugadores. Cada uno por sus circunstancias merece que el fútbol argentino deposite su mirada en ellos.