Fabricando humanos sin usar óvulos ni espermatozoides

Embriones de erizo de mar desarrollándose en un laboratorio. (Imagen Creative Commons vista en Pxhere).

Hace unos pocos años, el bio-ingeniero e investigador Yue Shao (actualmente en el MIT y en la Universidad de Michigan) se encontraba trabajando con células madre en el laboratorio universitario cuando se encontró con algo que no estaba buscando, y que le dejó perplejo. Las células que manipulaba en el gel, se habían ensamblado entre sí formando una especie de círculo ladeado. En cuanto lo vio Shao supo que aquello se parecía muchísimo a un embrión humano en sus primeras fases de desarrollo.

Tan asombrado quedó que avisó a sus compañeros de trabajo, un equipo multidisciplinar formado por ingenieros y biólogos, que se propuso averiguar qué había pasado y extremar la cautela. Puede que el “pseudo-embrión” tuviese un aspecto muy similar a un embrión real, pero el equipo de Shao comprobó que las estructuras no estaban completas, razón por la cual no podrían transformarse en una persona. Simplemente, carecían del tipo de células especializadas que dan lugar a una placenta, un corazón o un cerebro.

No obstante, a primera vista el embrión formado en el laboratorio de Shao era idéntico a los que se adhieren a las paredes del útero y comienzan a formar el saco amniótico. A pesar de que, como digo, los investigadores llegaron a la conclusión de que el embrión artificial no lograría desarrollarse hasta formar un ser humano, encontraron su existencia lo suficientemente perturbadora como para permitir que el experimento prosiguiese, por lo que decidieron destruirlo con formaldehido y detergente. Algo perfectamente comprensible dadas las repercusiones éticas que hubiera tenido permitir que su desarrollo continuase.

Shao reconoce que estaba buscando otra cosa, y que el hallazgo se debió enteramente a lo que damos en llamar serendipia. Básicamente fue un golpe de suerte dar con esos “embrioides”, que así es como el equipo de Michigan los llama.

Un año antes de que Shao publicase los resultados de su hallazgo, lo cual tuvo lugar en 2017, un equipo nipón de investigadores logró traer al mundo una camada de ratones vivos a partir de embriones creados a partir de células epiteliales.

Ahora, cuarenta años después del nacimiento del primer bebé probeta, el potencial de estos descubrimientos anuncia la llegada de una nueva revolución biológica. Esta revolución nos obligará a pensar de nuevo en lo que significar reproducirse y crear un bebé. Obviamente hay muchas cosas que conviene tener en cuenta ante esta época que ahora se inicia. Imaginen que los investigadores logren concebir el hijo de alguien simplemente a partir de unas muestras de su piel, bien sea con o sin su permiso.

Rostro andrógeno de un muñeco con apariencia humana. (Imagen creative commons vista en pxhere).

A pesar del freno ético a los embrioides que el equipo de Shao decidió “pisar”, lo cierto es que el hallazgo ha abierto la caja de Pandora y sin duda incitará a otros científicos a crear embriones humanos sin necesidad de óvulos o espermatozoides. ¿El fin será simplemente adquirir conocimiento experimental o traer al mundo seres humanos?

Bien, de momento los investigadores se limitan a investigar para centrarse en la combinación de diferentes células madre con el objetivo de crear pedacitos de pulmón, intestino o neuronas con las que producir tejido humano que podamos emplear con fines médicos. Sin embargo, el descubrimiento de Shao abre una puerta (a la esperanza y a la controversia) para aquellos individuos o parejas cuyos intentos de ser padres por métodos naturales o in vitro hayan fracasado. El camino para ver algo así es sumamente incierto, sin edición de ADN para “mezclar” material genético de varias personas previa al desarrollo, un hijo así engendrado sería en realidad un clon del donante de las células madre.

Por ello, hay quien cree que este descubrimiento abre en realidad las puertas a la creación de androides biológicos indistinguibles de un ser humano, o si lo preferís “replicantes”. Si unimos los avances en bio-ciencias como este, a lo que estamos aprendiendo en otras ramas como la inteligencia artificial, es difícil que la imaginación de un empedernido lector de ciencia ficción (como yo) no se desboque aceleradamente.

Mientras me paro a analizar lo que esto supondrá en las décadas venideras, un equipo de investigadores de la Universidad Rockefeller de Nueva York que acaba de unirse a esta “carrera” científica acaba de acuñar un término para referirse a esta tecnología: “embriología sintética”. Si eso no suena ya a Sci-Fi y anuncia que el futuro está a la vuelta de la esquina, ya no se qué más prueba necesitamos. Esperemos que el final no sea distópico por el bien del mundo que mis hijos heredarán.

Me enteré leyendo New Scientist y IT gurus of Atlanta.