El fútbol se blinda ante la violencia del narco en Guayaquil

Por segundo fin de semana consecutivo el balón y los hinchas no fueron los únicos protagonistas en el Estadio Monumental. Uniformados armados rodearon el templo del fútbol en Guayaquil ante la violencia del narco que tiene al puerto ecuatoriano en estado de emergencia.

El sábado 29 de octubre, el hogar del Barcelona Sporting Club recibió la final de la Copa Libertadores entre Flamengo y Atlético Paranaense con miles de policías y militares que cargaban chalecos antibalas y fusiles.

Entonces la ciudad de 2,8 millones de habitantes fue un remanso de paz por el que caminaban las "torcidas" brasileñas en un ambiente festivo. Sin embargo, desde el martes, ya sin visitantes extranjeros, volvieron los estallidos con carros bomba, los automóviles quemados y los ataques a bala.

Solo el balompié estuvo exento este último domingo del estado de excepción impuesto por el gobierno en medio de la guerra que adelanta contra las bandas del narco.

Una marea amarilla de fanáticos del Barcelona salió del encierro al que los obligó el temor y volvió a copar las calles desoladas para ver a su equipo en la final de ida de la liga contra el modesto Aucas de Quito. Un respiro en medio del yugo del crimen.

Caminando junto a miembros de la fuerza pública, Luis Zamorano (63 años) llegó hasta el Monumental con sus tres hijas y tres nietos menores de 10 años. Fanático del Barcelona de toda la vida, nunca vivió una situación como la que ya normalizan sus herederos, igual que él vestidos con la camiseta del "Ídolo de América".

"En otra época nunca tuvimos que vivir una situación así", pero "mientras que exista el peligro hay que jugar así", dijo resignado a la AFP antes de pasar las vallas levantadas como un punto de control a cuadras del estadio, blindado de nuevo para celebrar una fiesta.

- Sacudir el estrés -

El encuentro entre el equipo más popular del puerto, apetecido por los narcos por su posición estratégica para exportar cocaína, inyectó ánimo en una ciudad atribulada desde días atrás.

Seis personas murieron en diferentes actos violentos en las calles y el principal centro penitenciario de Guayaquil, testigo también de una batalla entre presos y uniformados que se extendió hasta el jueves.

El partido fue "una manera de que las personas se puedan sacudir de tanto estrés", apuntó César Menéndez, quien trabaja como ingeniero de datos en un hospital.

Por su labor reconoce el riesgo de haber ido hasta el Monumental. "Uno no sabe con que psicótico se va a encontrar en la calle", agregó.

Tras un tira y jala entre el presidente Guillermo Lasso y la alcaldesa de Guayaquil, Cynthia Viteri, el cotejo se jugó dos horas antes de lo planeado con una coraza.

Tres anillos de seguridad con casi 1.000 agentes policiales, vías cerradas, estacionamientos prohibidos (los coches bomba aterrorizan la ciudad) y decomisos de banderas, correas y morrales.

Aunque Aucas jugaba por primera vez en sus 77 años de historia una final de liga, el vuelo de los hinchas a Guayaquil fue cancelado para evitar riesgos.

- Una "desgracia" -

Kleber Naranjo pensó varias veces antes de decidir si ir al encuentro que pudo haber allanado el camino del Barcelona hacia su decimoséptimo título de la liga, pero terminó con resultado adverso de 1-0.

"La verdad todos estamos preocupados por el momento que estamos viviendo, porque nunca habíamos visto un nivel tal de violencia", dice.

A media hora del duelo, no podía dejar de inquietarse por una posible "desgracia".

"Por ejemplo en estas aglomeraciones uno teme que haya por ahí algún acto terrorista".

En tono más firme, Zamorano tomó el partido como un acto de redención de Guayaquil frente a la delincuencia. "No hay que demostrarles miedo o si no nos ganarán ellos", proclamó.

Después del pitazo final, los fanáticos tuvieron tres horas para regresar a sus casas, antes de que empezara a regir el toque de queda que se extiende desde las nueve de la noche hasta las cinco de la mañana.

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